martes, 28 de febrero de 2012

La mirada apolínea del Maestro Martínez que estaba allí.


Por circunstancias de la vida vine a dar en una cierta afición por el arte flamenco. No por la pintura tan famosa, que admiro, de aquella parte de los Países Bajos, si no por esa forma tan característica de expresar sentimientos por medio del cante, el baile y la guitarra. Bueno, si me apuran les podría asegurar que el arte flamenco es bastante más que eso, es decir, una forma de entender la vida desde perspectivas que podríamos considerar como caballerescas. Como si fuese un entronque con lo mejor de nuestra tradición, aquella que quería restaurar Don Quijote con sus ímprovos esfuerzos. Pero ya ven lo que son las cosas, si usted le cuenta esto a ciertos sectores tenidos por cultillos de este país se le reirán en las barbas. Para ellos el flamenco es un folclore cutre más o menos relacionado con lo peor de lo peor, o sea, los gitanos y el franquismo. ¡Pobrecillos! No saben de lo que hablan. 


Una cosa más, si me apuran les aseguraría que ni Instituto Cervantes, ni leches, el verdadero embajador de la cultura española es el arte flamenco. Más de cincuenta mil peñas flamencas repartidas por todos los rincones del mundo. Y eso tiene un corolario que se suele ignorar: la cuestión crematística. Los flamencos se traen de sus giras millones en divisas. No creo que haya empresa que les pueda igualar en beneficios de todo tipo para la patria. 


Pues bien, el Maestro Martínez es un genuino representante de esa estirpe caballeresca. Nacido en Burgos y criado en la calle Leganitos, apenas le apuntaba el bozo y ya dominaba a la perfección todos los palos del flamenco. Pronto, fiel a su estirpe, se le quedó estrecha la patria y se fue por esos mundos en busca de fortuna y emociones. Poco de lo primero y mucho de lo segundo fue lo que encontró. De vuelta ya de todo, en el París de los artistas, se lo contó a Manuel Chaves Nogales, un periodista desencantado de las utopías que encontró en los relatos de Martínez justo lo que andaba buscando: una visión clara y limpia, desde la distancia, de la realidad. Una mirada de las que se dicen apolíneas, libre de todo prejuicio y simpatía. Un imposible casi en aquellos tiempos y, sin casi, me atrevería a apostar, en estos que ahora vivimos.


La resultante de todo eso es una que pudiera ser novela, pero mejor reportaje, o documento, en donde se da pormenorizada cuenta de las andanzas del Maestro Martínez por la Europa convulsa de los primeros años del siglo XX. Constatinopla, Moscú, San Petersburgo, Kiev. Odesa. Guerra, revolución. Condición humana en estado de naturaleza en definitiva. Se podría hablar de literatura gótica por aquello del horror que no cesa. De picaresca por el arte de sobrevivir en medio del horror. De lección de historia en el sentido más puro del término, es decir libre de todo indicio de opinión. Cuento lo que veo y punto. Y, claro, la magia del relato estriba en que la condición de artista le proporciona a Martínez las mejores atalayas para observar la realidad. Los cabarets, los casinos, los teatros,  los palacios, los trenes, las comisarias, todos los sitios, en fin, en donde se representa la tragedia de la vida.  


Resumiendo: la novela de Chaves Nogales, "El Maestro Martinez que estaba allí" deja claro hasta que punto los seres humanos tenemos propensión a enchusmatizarnos a nada que las circunstancias nos aprieten las costuras. Pero, también, abre una puerta a la certeza de que no todos somos iguales. Los hay que se salvan en medio de la hoguera. Por lo que sea, que no voy a entrar.     

2 comentarios:

  1. Buena sinopsis del libro, a mi también me sedujo su escritura y me sorprendió su ausencia de opiniones, es lo que da la diferencia a los buenos escritores de los mediocres. Los escritores valiosos dejan que el lector saque sus propias conclusiones, por supuesto que eligiendo la información que se da ya se está tomando partido, pero es mas elegante omitir pareceres. Vamos, digo yo...

    ResponderEliminar
  2. Sí, Anónimo, fíjate lo que escribe Ortega: "Quien quiera decirnos una verdad que no nos la diga, simplemente que aluda a ella con un breve gesto, gesto que inicie en el aire una ideal trayectoria, deslizándonos por la cual lleguemos nosotros mismos hasta los pies de la nueva verdad.

    ResponderEliminar