lunes, 30 de mayo de 2011

No hay mal que...

Uno ya está curado de espanto, pero eso no quiere decir que deje por ello de sorprenderse por los pequeños sucesos que adornan la vida de cualquier mortal.

Bien, pues el viernes pasado madrugué como cualquier día y una vez desayunado me puse a los mandos de mi destino. Era todavía antes de que el sol asomará por las cumbres cuando, estando yo enfrascado en las explicaciones de Walter Lewin, va y empieza a sonar el ahuyentador de pájaros de los vecinos. No habían pasado ni diez minutos y ya tenía los nervios a flor de piel. No lo dudé, cogí, agarré, me puse unas galas decentes y me fui a Palencia a buscar piso. ¡Dios, qué gloria de mercado inmobiliario! A las doce ya tenía apalabrado un ático junto a la estación. Con su terracita y todo. Y unas vistas que ya les mostraré un día de estos. Una monada a la que espero tardar en encontrar los inconvenientes. En fin, que el jueves por la tarde, cuando vuelva de Madrid, firmaré el contrato de arrendamiento.

Total, que contento como unas Pascuas por el éxito de la operación me vuelvo para casa para organizar la intendencia propia de un fin de semana con visitas. Yo, mísero de mí, confiado en que las largas conversaciones mantenidas con las fuerzas del orden hubiesen dado su fruto. Pero no, que las fuerzas a lo que se vio, o escuchó, no habían hecho sino marear la perdiz: el ahuyentador seguía allí metiendo su irritante bulla. Así que tampoco esta vez lo dudé, cancelé las visitas y me autoinvité en un lugar junto al mar.

Sábado en Laredo: agradable impresión. Había gente, pero casi no se notaba. Bueno, los eternos adolescentes vascos daban un poco el cante con sus parafernalias deportivas. Cargan como burros con tal de deslizarse un rato sobre lo que sea. A los 12 o incluso 17 años, lo comprendo, pero a los cuarenta...

Laredo. Llano, con grandes recorridos para la bicicleta. La playa apropiada para interminables paseos. Los servicios parecen los adecuados. Varios autobuses diarios que te llevan a Bilbao en media hora. En fin, un lugar al que no perder de vista. No por nada sino porque, además, la oferta inmobiliaria es de película fantástica. Allí te puedes alquilar un apartamento  por poco más de dos reales y, entonces, fíjense qué bicoca, para intercambiar con Palencia. Que llueve en la costa, te vas a Palencia. Que hace calor en Palencia, te largas pa Laredo. Y todo, Palencia y Laredo, por menos de lo que te cuesta alquilar un apartamento de mierda en una gran ciudad. Aunque claro, ni de lejos se me ocultan los encantos inigualables de las metrópolis. En fin, que todo se andará si Dios quiere.

Domingo en Suances: agradable sorpresa. Sólo había estado una vez allí cuando de niño me apunté a la excursión anual que organizaba la parroquia de mi pueblo. Altamira, Santillana, Suances. Tortilla de patata y filetes empanados en caja de zapatos. Canciones regionales en los bancos colocados sobre la baca del autobús. Cincuenta y pico años hace ya. Lo que no habrá llovido.

El caso es que a Suances no se iba porque estaba maldito. Las aguas envenenadas del Besaya acababan    sus días lamiendo las arenas de la playa de Suances. Mal rollo. Pues no, mira, si alguna vez existió eso, hoy día ni el recuerdo queda. Aquello está tan apañado que hasta se diría que tiene un toque francés. Su paseo marítimo, su puerto deportivo, sus dunas alfombradas de césped, su abrumadora oferta hostelera... su pequeño balneario de cuando veraneaban cuatro gatos, toda una joya de la arqueología turística de entreguerras. En su terraza nos sentamos. Atendía un chico de inconfundible look patibulario. No sólo por la escasez de dientes que exhibía al sonreír sino, también, por el pelo ensortijado y engominado que coronaba su rostro de tez cerúlea y viruelenta. Como de demasiado tiempo a la sombra fumando canutos sin parar. Pedimos cañas y unas aceitunas. Al tipo pareció extrañarle. Lo correcto sin duda hubiese sido pedir rabas como todo el mundo. Unas rabas, todo hay que decirlo, que por su aspecto y olor parecían fritas con el aceite que sobró en las bodas de Canaan. Por lo menos. Nos trajo la bebida. Las aceitunas se demoraban. Pero todo acaba por llegar. Venía el tipo todo sonriente con una fuente orlada de lechuga en cuyo centro podrían muy bien haber vertido el contenido de media docena de botes de aceitunas de los que venden en Día. ¡A dónde vas con eso, hijo!, le dijimos. No, no, llévatelo que no lo queremos. Había allí, probablemente, más aceitunas de las que yo he consumido en toda mi vida. El tipo ni chistó.

Apuradas las cañas, nos fuimos a una terraza de las que hay tras las dunas en la que ofrecían un menú de 12 €. No estuvo mal. Algo de nouvelle cuisine. Se les notaba que estaban en el trance de captar clientela. Habrá que ver porque la competencia parece allí extenuante. Y más porque la gente, mayormente, estaba sobre las dunas comiendo lo que habían traído de casa. Total, que sobre las dunas extendimos el saco y dormitamos un rato, entre todas aquellas familias, como en un acto de comunión dominguera al estilo del Jarama de Ferlosio.

Bueno, de despedida nos dimos una vuelta por los alrededores, y, sí, lo previsible, muchos desaguisados y la eterna pregunta ante tanta deconstrución del territorio: ¿cómo estará esto dentro de cuatro días? Porque no concibo esfuerzo humano capaz de mantener practicable tanta infraestructura para el ocio. En fin, que si juzgamos por las apariencias no podemos concluir sino que  ¡qué trabajoso es divertirse!  

Continuará.

jueves, 26 de mayo de 2011

¡Hasta dónde hay que aguantar?

A mí, uno de los chistes que más gracia me hacía de niño era aquel en el que un francés, un inglés, un alemán y un español, disputaban sobre la superioridad de sus respectivos países. El francés apelaba a sus montañas, el inglés a sus praderas, el alemán a su bandera y el español a su ingenio. Decía el español: pues en mi país hay un perrito, ¡cómo no!, que salta las montañas, caga en las praderas y se limpia el culo con la bandera.

Nunca me habían importado las banderas, aunque de niños jugábamos a reconocer las de los diferentes países. Siempre me había parecido que de la sacralización de los símbolos no se pueden derivar más que inconvenientes. Y me sigue pareciendo, pero acepto que vivimos en el mundo que vivimos y que, hoy día, en gran medida, las antiguas guerras a porrazos se han convertido en guerras de símbolos. Despreciar los símbolos del que consideras diferente es una forma de decirle que te cae fatal.

Digo esto porque me he enterado que en el parlamento de Cataluña se está debatiendo sobre la oportunidad de colocar la obligatoria bandera española en un lugar en donde nadie pueda verla. Verdaderamente, esa gente es retorcida, pero sobre todo plasta. Y no sé a cual de esas dos "virtudes" se deben las enormes ganas de mandarles a la mierda que me entran con sólo que me los mienten.

El caso es que la estrategia de los nacionalistas es meridiana. Primero exaltan sus símbolos hasta la náusea.   Así, una vez convencido todo el personal de la importancia de esas cosas, van y se dedican a menospreciar los símbolos comunes. De tal forma es como crean un clima insano, y hasta asfixiante, del que la gente sólo puede escapar doblegándose a su designio.

Bien, pues que la escondan, que ya se encargará la naturaleza pervertida de engalanar las carreteras con la odiada enseña. Dense una vuelta por el campo y le verán como en la foto. El rojo y gualda orlando los caminos. Bien es verdad que si no fuese por la ingente cantidad de venenos que los campesinos vierten en sus campos esa maravilla no se daría. Pero esa es otra historia.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Los chinos.

Ayer vi la entrevista que le hacía Léa Salamé a Nathalie Kosciusko-Morizet. Un duelo de titanes. O titanas si quieren. Y no es que uno sea parecido, ni de lejos, a DSK, pero reconozco que cuando veo a ciertas mujeres me quedo con la boca abierta. Bueno, en realidad siempre tengo la boca abierta por un defecto de nacimiento en las vías respiratorias nasales. En cualquier caso, valga la metáfora.

Trataron todo tipo de temas de actualidad con especial incapié en la reunión internacional de alto nivel que estos días tiene lugar en París. Debaten los capitostes sobre la seguridad en internet. No dejemos, dice Sarkozy, que esta revolución sea utilizada por los que atentan contra nuestra libertad. Y otras cuantas cosas más por el estilo. Y claro, como lo dice el patrón, ahí tienes ya a todos los conspiranoicos levantándose en armas para tomar la Bastilla. Entonces, interviene Nathalie para decir lo que no por obvio deja de convenir recordarlo: internet es una tecnología y, como tal, no tiene condición moral. La tiene el que usa esa tecnología. Los que la usan para bien y los que la usan para mal. Por eso, como todas las demás tecnologías, necesita de alguna regulación para evitar en lo posible sorpresas desagradables.

Ya digo, en lo posible. Porque la realidad es que, no sé qué es más peligroso, si esos malvados inteligentes que se organizan a través de la red para poner bombas en cualquier sitio o esos inocentes blogueros y youtuberos con ansias de notariedad. Yo mismo, no me duelen prendas confesarlo, largo en este blog sin ser muchas veces consciente de lo que escribo. Quizá barbaridades. Y así me entretengo. Incluso me divierto. Por no hablar de afianzamientos narcisistas.

Digo todo esto porque hace días llego a mi correo un mensaje que contenía un vídeo del profesor de la UPM D. Julián Pavón, cuyo título reza así: "Modelo Parasitario Chino de Expansión Económica".  ¡Ahí es nada! Nunca le había costado menos a D. Julián explicar un modelo económico. Los chinos nos parasitan. O sea, que nos chupan la sangre. Malas artes en definitiva. Y se quedan con todo. Y se están haciendo los dueños del mundo. Bueno, si quieren saber más sobre la invasión de los amarillos no les será difícil encontrar ese vídeo en you tube.

¿Entonces, qué hacer? ¿Ir a matar chinos? Como si fuesen los nuevos judíos. No, bromas fuera, hay que andarse con cuidado con lo que se escucha, sobre todo si son mensajes contundentes, sin vuelta de hoja, con ideas que caen por su propio peso... fáciles en definitiva. Porque calan hondo entre las gentes sencillas  que no entienden de las complejidades del mundo. Y claro, todos sabemos las barbaridades que pueden llegar a hacer las gentes sencillas cuando alguien les calienta el coco.

Sí, desde luego que Nathalie tiene razón. Se necesita algún tipo de control  en internet. Pero el verdadero control, a mi juicio, sólo puede venir de la mano de un mayor nivel cultural de los internautas. Así que ya saben: ¡a estudiar!

martes, 24 de mayo de 2011

La casita en Canadá

Yo tengo una casita en Canadá. No es exactamente pequeñita, pero en su conjunto se podría decir que es envidiable. Espacios diáfanos, amplios muros cortina para que el sol y la luz inunden el espacio a gusto del consumidor. Un aquilatado jardín para disfrutar del aire libre sin tener por ello que esclavizarse con su mantenimiento.  Unas vistas amplias y, por así decirlo, naturales. Una verdadera bicoca, en fin, si la consideramos como hecho aislado, la casa en sí, libre de contingencias. O sea, la quimera del paraíso.

Porque el caso es, como todo el mundo sabe, que no existe hecho aislado, ni casa en sí, sino que todo, para gracia o desgracia de los mortales, vive y se desarrolla en un determinado medio que condiciona la libre circulación de los fluidos y otras cuantas cosas más. Y así es que se da el caso de que mi casita en Canadá no está exactamente en Canadá sino en un pueblo del altiplano por donde Cristo dio las tres voces. Un lugar, a primera vista idílico, en medio de una vega frondosa a la que circunda un entorno semisalvaje de campos cerealeros y montes mediterráneos. Y, además, inmejorablemente comunicado. Y, por si todo ello fuera poco, con un aire y unos cielos que es difícil concebir más puros. ¡Ay, si no fuera...!

Si no fuera porque un pueblo tiene vecinos. Y, además, para ser más exactos, vecinos de pueblo. O sea, gente que no ha tenido que hacer virtud de la necesidad de compartir el espacio. El espacio para ellos es infinito y, por tal, lo utilizan a su antojo. Como si no hubiese nadie alrededor al que, no digo ya dar cuentas, sino tan solo respetar.

Bueno, les contaría y no acabaría la de mamonadas que hacen estos vecinos por lo demás iletrados. Las mierdas mortales que echan a todo lo que la naturaleza tiñó de verde, las condiciones higiénicas de las cuadras que colocan junto a tu ventana, la obsesión arboricida... -están empeñados en cortar el árbol del amor que tengo junto a la galería porque no da nada. Ya, pero perfuma las noches de verano, les contesto. ¡Bah, eso no sirve para nada!, me dicen. Ellos a lo suyo, pragmáticos empedernidos-. Y en esas estaba yo, con las sevicias propias del convivir con la ignorancia enriquecida más o menos aceptadas, cuando van unos vecinos, los del perro que no calla, y ponen un aparato que emite unos sonidos espantosos con el fin de preservar a sus cerezas del afán depredador de los pájaros.

Bien, qué hacer. Aquí quisiera ver yo a Lenin que al parecer tenía respuestas para todo. ¿Ir a la Guardia civil? ¿Quejarme en el Ayuntamiento? Me tomarían por loco. Porque de una cosa pueden estar ustedes absolutamente seguros: el ruido no molesta lo más mínimo a mis vecinos. A ellos no les distrae de lo que tienen entre manos. Más bien todo lo contrario.

En fin, se lo advierto, piénsenlo dos veces antes de tomar la decisión de comprar una casita en Canadá. Se lo digo yo que tengo esa experiencia. No vean qué tostón es vivir entre iletrados. No hay la menor posibilidad de enmendar los numerosos desajustes de convivencia causados por su ignorancia. Porque ya saben, ignorancia y susceptibilidad, todo es una. Y donde hay susceptibilidad, hay rencor. Y donde hay rencor, mejor te vas.

domingo, 22 de mayo de 2011

La provincia humillada

 
No es que me crea lo que escribo, pero me gusta fantasear. Y es que, como supongo se habrán enterado, ayer hubo elecciones regionales y, en la de soltera Santander y de casada Cantabria, la gente ha tenido a bien darme la alegría de mandar a la oposición, o sea, a la nada, al Sr. Revilla, alias "La Provincia".

Después del comunismo y el nazismo, por este orden, no hay nada peor que "la provincia".  Aunque, bien es verdad, las tres ideologías tienen serias concomitancias religiosas que en el terreno de lo práctico se traducen en limitaciones a las libertades individuales. Unas más que otras, es cierto, pero no por falta de ganas sino de medios. ¡Ay, si "la provincia" dispusiese de FF.AA! Se iban a enterar los tibios.

Ya sé que habrá más de uno que pensará que estoy paranoico perdido. Bueno, allá él. Que se fíe de la Virgen y no corra. Miren, si no, lo que dice al respecto de "la provincia" Félix de Azúa:

 "¿Veremos esta vez el final del terrorismo en el País Vasco?
Yo no. Los jóvenes sí. Veréis un País Vasco sin terrorismo, pero con nacionalistas. Será mejor, desde luego, pero se mantendrá la sojuzgación. Se mantendrá una población sojuzgada, cautiva, gregaria… de algo que en realidad es un movimiento religioso, pero todo eso yo no lo veré. No creo que ETA se disuelva en los próximos diez años."

En fin, ya digo, me alegro por toda la gente que vive en Cantabria y quiero, porque se ha alejado el espectro de la sojuzgación y el gregarismo. Además, de la sojuzgación y el gregarismo de la peor especie, es decir, del que va calando a la chita callando, a golpe de campechanías y palmaditas cariñosas.

Aunque, a qué engañarse, "la provincia" sigue creciendo en España. Bien es verdad que en la España más retrógrada: País Vasco, Cataluña, Asturias. Pero confío en que sea pasajero. Mi optimismo se basa en lo que ha pasado en Quebec. El espejo Quebec, en el que tan guapos se veían los nacionalistas catalanes, se ha roto. Los secesionistas allí, en las últimas elecciones al parlamento regional, han pasado de cincuenta a cuatro diputados. Un magnífico augurio para los que detestamos a "la provincia".

A partir de ahora el combate será libre. Un libro poco sencillo.

El caso es que Rafael Barrett, mira tú por donde, también es cántabro aunque nadie en Cantabria parezca haberse enterado.  Y no sólo es cántabro, también es un gran pensador. Seguramente el más grande pensador nacido en Cantabria desde la Restauración para acá. ¿Y saben por qué nadie quiere ni oír hablar de Barrett? Pues me temo que porque Barrett no era un tipo sencillo. Había tenido la osadía de leer a los grandes de su época. Y aún peor: se había permitido reflexionar sobre ellos. ¡Insoportable para la provincia!

No hace muchos años publicaron en España un libro suyo: "A partir de ahora el combate será libre".   Verdaderamente sorprendente para un español de su época. Feud, Wittgenstein, Kraus, estaba más que al corriente de lo que se cocía en el mundo y quería participar en el festín. Lo malo es que se lo llevó la tuberculosis cuando todavía era muy joven. Como a tantos otros.

Pero no se preocupen, "la provincia" está segura. Revilluca, un tipo sencillo,  declaraba el otro día en una entrevista que tiene en su mesita de noche las obras completas de Manuel Llano, que, por si no lo saben, es un escritor cántabro que escribe de forma sencilla para las gentes sencillas sobre las sencillas costumbres de las sencillas gentes de Cantabria.

sábado, 21 de mayo de 2011

Botellón en Sol

Un clavo saca otro clavo. Una demagogia trae otra demagogia. Una mentira, otra mayor. Como una bola de nieve que rueda montaña abajo, crece y crece, hasta que choca con la realidad y queda en nada.

Hoy, la superlumbrera de la prensa catalana se despacha a gusto. Sin duda no le están gustando nada los sloganes que se airean en la plaza de Cataluña de Barcelona y se quiere vengar. África vuelve a empezar en los Pirineos, dice. Y todo lo demás por estilo, para dejar claro que no hay otra salida que la secesión. El agua a su molino. El ascua a su sardina. Cada cual sólo piensa por dónde hincarle el diente para sacar la mayor tajada posible.

Pero ni una reflexión al respecto de lo que nos concierne. ¿Es posible mantener la economía de un país desarrollado a base de bares, fiestas, noches blancas... o de vino y rosas? Y de Cancunes. Y de segundas viviendas. Y de clanes familiares inamovibles. Y de "mi niño no sirve para los estudios". Y de un millón de cosas más que son incompatibles con la verdadera buena vida, la de la persona que se constituye en individuo por medio de la acción en soledad.

En fin, allá cada cual. Yo, como ha dicho Lars von Trier en Cannes, "vale, soy un nazi, y qué".

viernes, 20 de mayo de 2011

¡Quel beau c...!


Hay que reconocer que pocas veces ha estado la cosa tan fácil para los periodistas. Ni cuando se muere un Papa, ni cuando se elige al líder supremo, ni, ni siquiera, cuando hay una hecatombe nuclear. Lo de ahora es diferente porque toca en lo más profundo de la fibra humana.

Si nos atenemos a lo que emiten las cadenas de televisión galas, lo que pasa en el país vecino es de proporciones homéricas. Nada parecido desde la famosa revolución que les puso en el centro del mundo. Ni siquiera cuando les invadieron los alemanes hubo tanto revuelo. Lo de ahora da la sensación de que se les hace insoportable. Los americanos, un pueblo zafio, que come basura, les ha dado en donde más les duele, en su incontestable superioridad espiritual. Y así es que todos a una se han puesto en pie de debate. Es decir,  a rajar sin dar tregua al discrepante. Desmenuzan una y otra vez, sin dar signos de cansancio, el sistema judicial americano, la democracia americana, el sistema de valores americanos, y, claro está, ni que decir tiene, siempre llegan a la conclusión, y dios les libre de lo contrario, de que todo ello es una verdadera mierda por comparación con lo francés. Y lo mejor de todo, de lo que se le acusa a DSK, ni una palabra. Bueno, sí, ayer vi a una señora diciendo algo así como que a los franceses lo del rape, o sea, la violación, se la trae al pairo. Una mentira piadosa, claro, pero dadas las circunstancias... la guerra es la guerra y cuando la patria está en peligro todo sirve.

Por no hablar de las revueltas de los "indignados". Nada, nunca, ni siquiera la victoria de la selección de fútbol, concitó tanta cohesión entre las diversas Españas. Miras La Vanguardia, por así decirlo el paladín de las esencias catalanas, y, día tras día, abre con fotos de La Puerta del Sol. Y los artículos de sus más sobresalientes espadachines citan sin que por ello se les caigan los anillos la spanishrevolucion. ¿Lo cogen? Spanish. España. ¡Vade retro! Hasta en las pancartas que se exhiben en la Plaza de Cataluña de Barcelona se puede observar lo del spanish. Y esto sí que es una revolución.

Por lo demás, todo ello, folklore de pacotilla. Pasto para jubilados curiosos y turistas aburridos. Esos niñatos que quieren divertirse cambiando el mundo porque no quieren tomarse la molestia de cambiarse a sí mismos. Comprendo que son cosas propias de la juventud descarriada, pero algún alma piadosa se lo debiera recordar... y en vez de eso, la mayoría les jalea, ya sea por pura imbecilidad, ya sea pensando en espúreos beneficios. Aunque, no me engaño, porque nunca se sabe como puede acabar lo que bien empieza.

Y luego, lo de las elecciones. ¿A quién le importa un rábano? Bueno sí, a los que piensan que pueden pillar. Cuatro desgraciados. Por cierto que ayer vino a visitarme Juan. Se presenta a alcalde en este municipio por el partido socialista. Me pidió que le echase una mano. Quizá se la eche yendo a votar por él. Me parece un buen tipo. Y, sobre todo, es que hizo un buen trabajo cuando puso la instalación electrica de esta casa. Y, además, su competidor, del partido popular, es un obeso de 150 Kgs. que no para de organizar eventos encaminados a conseguir pasar desapercibido entre sus vecinos. De las ollas ferroviarias, a las paellas de Vicente, las que dan de comer a más gente, pasando por chorizadas, y demás ordinarieces, es un no parar de engullir. Convendría, reconocerán conmigo, un cierto periodo de contención alimenticia. En fin. Sin interés para el vulgo.

¡Quel beau cul! ¡Qué culo más bonito! Fueron las últimas palabras que pronunció DSK antes de ser detenido. Iban dirigidas a la azafata que le hubiera debido atender en el vuelo que nunca llegó a realizar. Desde luego,  hay que reconocer al tipo genio y figura... porque no puede ser que no anduviese con la mosca detrás de la oreja. Pero, claro, qué vamos a saber de eso los que nunca hemos tocado pelota. El poder y el dinero, juntos, al parecer, produce priapismo crónico. O sea, que tenemos que ser más tolerantes con esta pobre gente.

jueves, 19 de mayo de 2011

¿A que no nos vamos a hacer daño?

La verdad, no le veo la gracia. Pero entiendo que a la gente se la haga. Porque, si por algo se caracterizan los tiempos en los que vivimos es por la creencia de que todo tiene una solución fácil y, además, gratis. Entonces, es natural que se piense que si el dentista te hace daño cuando interviene en tu boca es porque es un manazas o un descuidado o un soberano hijo de perra. Dado lo cual, lo correcto es agarrarle por sus partes y amenazarle con retorcérserlas si te hace daño. Así, se supone, quedarán balanceadas las previsibles pulsiones sádicas del galeno.

Bien, les tengo que dejar porque se aproxima la hora que tengo concertada para que me saquen una muela. Y no pienso agarrar al dentista por ninguna parte. Y pienso aguantarme las molestias de rigor, que, no me cabe la menor duda, serán las menos que puedan inflingirme.

Ya digo, no le veo la gracia al chiste si no es desde la perspectiva del infantilismo que señorea a la sociedad en general.

Perdón.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Fin de época?



No sé para cuantos años irá ya, acaso quince, que me enganché al ASTRA. El caso es que desde entonces veo el mundo de otra manera. Y sobre todo lo propio, que se me hace de una pequeñez insoportable. Ahora salto de Tokio a Qatar, de Londres a Seul, de Atlanta a Pekín, de New York a París, y tiro porque me toca. De los Pirineos para abajo, muy de vez en cuando, paseo por las regionales más que nada para darme un homenaje de masoquismo que, como todo el mundo sabe, es gran fuente de placer cuando uno está ahíto de golosinas.

París, capital de L´Héxagone, que dicen los franceses para referirse a Francia. Porque es que, saben, los franceses no pueden parar de hablar ni tampoco de cambiar el nombre de las cosas. No sé, quizá, como dijo Noséquién, cuando no se tienen nuevas ideas se cambia el nombre de las cosas para tener la sensación de que se sigue siendo ingenioso.

Al hablar por hablar le llaman bavarder. No me negarán que suena gracioso. Bien, pues hay como media docena de canales franceses en los que no paran de bavardear expertos de lo que sea que se esté tratando.  Y lo bueno es que cuando bavardean, quien quiera que sea, parece como si estuviese sentando cátedra para los siglos venideros. Yo creo que es cosa del idioma, que predispone de forma natural a enfatizarlo todo y, por tal, a establecer una delgada linea entre lo serio y lo ridículo.

Bueno, pararé  de extenderme más en consideraciones de orden general e iré a lo concerniente, es decir, a la orgía de bavardeo provocada por el asunto de marras. DSK y la camarera de mi amor. Francia y EEUU.  Virtudes públicas, vicios privados. Fin de una época en definitiva.

Les images de DSK marquent "une terrible fin d´époque", sentencia el experto. Un fin de época, un fin de la política que es extremadamente fúnebre. La ejecución mediática del poderoso sin derecho a presunción de inocencia. El fin de la neta separación entre la vida privada y la pública. El fin de la democracia. La victoria del mayflower sobre los sans-coulottes. Del modelo anglosajón sobre el francés. Porque es que, les parecerá curioso, pero para un francés comme il faut los americanos son cualquier cosa menos demócratas. Y si alguien tenía dudas ahí están las fotos de DSK para confirmarlo. Claro que, quién sabe, si DSK no fuese francés... porque es que los americanos, de todos es sabido, no pueden soportar la sombra que les hacen los franceses... y, aun riesgo de sinécdoque, han intentado humillar a "La France" vía DSK. Interesantísimo.

martes, 17 de mayo de 2011

Felaciones.

A veces me pregunto si toda esa gente importante tiene realmente algún poder sobre la vida de los demás. Desde luego que lo que no me pregunto es si tienen algún poder sobre su propia vida, porque de eso estoy seguro de que no tienen ninguno. Es más, si me apuran les diría que los condenados a ejercer la representación del poder sufren de un acelerado proceso de degeneración neuronal que es el que les lleva a decir y  hacer todo tipo de tonterías. Y es que, claro, a saber a que tipo de sustancias se verán obligados a recurrir para poder mantener el ritmo frenético de viajes, reuniones y demás. Porque a palo seco, imposible. Ni el mismísimo Hércules lo resistiría.

El caso es que muchos de esos tipos, por esa degeneración neuronal de la que les hablaba, por el continuo bombardeo de halagos y adulaciones al que les someten los que les deben un puestecillo, por lo que sea, en fin, vienen a dar en creerse Zeus. Y ya saben lo que le pasaba a Zeus, que coño que veía, coño que se le antojaba. Y, para conseguirlo, se disfrazaba de toro, de cisne, pero, sobre todo de lluvia dorada. O sea, que tiraba de chequera cuando sus encantos no bastaban para conseguir el objeto de su deseo.

Bueno, les recomiendo que echen un vistazo a las televisiones francesas estos días. Están todas ellas, sin excepción, sous le shock. DSK, la esperanza presidenciable de la izquierda, ha sido pillado en funciones de Zeus. El tío tenía asumido el papel, pero a la hora de la verdad, no ha sabido dar la talla. Quizá el fallo le haya venido por ser de izquierdas, que, esa gente, como dice Sostres, se creen lo del "todo gratis".

En fin, mejor quédense con las aventuras de Pandora Rebato que esas sí que llegan a buen fin. Las pueden seguir en el blog, La cama de Pandora.

lunes, 16 de mayo de 2011

Indignados

Los viejos debiéramos opinar menos. Tenemos experiencia, sí, pero experiencia pasada de moda. Por así decirlo.

No debiéramos opinar ni siquiera de lo que opinan otros viejos. Pero claro, es ley natural que cuando menos futuro tienes más presente te sobra. Y de todos es sabido que exceso de presente es sinónimo, o casi, de batallitas cebolleta. O sea, que no sólo es que no puedas estar callado, si no que, además, cuando largas, largas pastillas contra el insomnio.

Viene todo esto a cuento de las pastillas contra el insomnio que vienen de largar unos cuantos viejos de cierto renombre estos días de atrás. Y claro, como suele pasar con frecuencia, las pastillas han sido recogidas con entusiasmo por los que menos las necesitan. Es decir, por los que de suyo viven en estado de perpetua somnolencia.

Pastillas en forma de panfleto en el que invitan al personal a indignarse. Indignarse con los que nos han llevado, dicen, a esta situación. O sea, los banqueros y los políticos. ¡Para qué quieres más! Todos a la calle a seguir durmiendo en los laureles.

Indignación, dijo el ilustre Nosequién, es aquello que reviste de respetabilidad a un idiota. Que cada cual lo interprete como quiera.

Por lo que a mi respecta, ni de lejos me he convertido al panglossismo. Sigo pensando que el mundo en su conjunto es una mierda. Una mierda sin solución. Pero también pienso, e incluso estoy convencido, de que nunca hubo tantas oportunidades para quien se las trabaja. Se han permeabilizado fronteras, se han abierto los grifos del conocimiento... no quiero seguir con las ventajas porque son de todos conocidas.

Pero ya digo, las pastillas se las toman los que menos las necesitan. Los "Rebeldes sin casa", como rezaba una pancarta de entre las que han paseado por Madrid los "indignados". Jóvenes que colocan la propiedad de una casa en la cima de sus aspiraciones. ¿Saben por qué? Porque quieren un sitio seguro para poder seguir durmiendo sin que nadie les despierte.

domingo, 15 de mayo de 2011

Con el viento nordeste.

Como ha amanecido con un cielo ceñudo y un fuerte viento del norte nos ha parecido que lo más apropiado para pasar el día sería subirse a la bicicleta y encaminarse hacia el sur. Hemos tirado por los caminos de sirga, canal abajo, hasta  Herrera. Allí hemos girado a la izquierda para tomar la carreterita que sigue la margen izquierda del Pisuerga. Al llegar a Zarzosa hemos cruzado el río y hemos seguido por la carretera de la margen derecha. Tan llano y con el viento de popa, era como si llevásemos motor. Casi sin enterarnos hemos llegado a Olmos de Pisuerga. Un poco más y San Llorente de la Vega. Y ya se veía entre la espesura de las choperas la torre de la iglesia de Melgar. Melgar de Fernamental quiero decir. Ni dos horas nos ha llevado el viaje. Tal era la fuerza del viento que nos impulsaba por entre el fuerte oleaje de los trigales.

Melgar no estaba como el último día que estuvimos que parecían celebrarse las fiestas en honor de Dionisos. Hoy, quizá por lo desapacible del tiempo, quizá porque no tocaba, el tráfago entre bares era mortecino. La plaza estaba desierta y hemos tenido que esperar un rato a que apareciese alguien adecuado para preguntar por un restaurante. Nos han indicado tres y ante nuestra insistencia de una mayor precisión se han despachado con imprecisiones, salvo una señora que pasaba por allí y ha dicho como si no fuese con ella, Casa Leo donde mas barato y mejor.

En Casa Leo nos han recibido como a clientes de toda la vida. El padre, la hija y el nieto. Mientras esperábamos a ser atendidos, el patriarca de la casa nos ha puesto al día. Enterados que se han de que procedíamos de Alar del Rey ya todo han sido confidencias no exentas de cierto calado ideológico. La familia provenía de Herrera de Pisuerga en donde gracias a su espíritu emprendedor habían montado muy diversos negocios. Un bar, un supermecado y una barra americana. Entonces, María, que a veces parece estar encaramada en el guindo de por vida, ha preguntado al viejo: ¿una barra americana?  ¿Qué es eso? Y el viejo, sin cortarse un pelo, ha contestado a la vez que hacia  el típico gesto procaz de codos hacia atrás y caderas hacia delante: pues chicas de meter. Después se ha extendido en una serie de consideraciones referentes al relativismo moral y la excelencia del dinero. Luego ha dicho que la semana que viene se irá Murcia con los ciegos. ¿Es que está ciego?, ha inquirido María. Sí, bueno, no, pero me lo hago. Y en esto han llegado las alubias y el tipo se ha largado.

Alubias, albóndigas, tarta al güisky. Aceptable en su conjunto.  Estábamos de sobremesa cuando he escuchado que la hija del ciego ordenaba imperiosa, "palillos a la dos". Entonces he caído en la cuenta de que estaba intentando sacarme de entre los dientes un molesto residuo de albóndiga con mis uñas de guitarrista. Al instante ha venido su hijo con los palillos. La madre y el hijo, de buen ver los dos, parecían formar un equipo indestructible. Desde mi puesto en el comedor he podido ver como se echaban bailongos en la cocina mientras el cocinero les preparaba las comandas. Eso sí, el chaval, universitario por lo visto, siempre con el gintónic a mano.

Hemos ido a tomar café a la terraza del bar Carmelo. Un sitio moderno y hasta lujoso aunque, visto de cerca, aquello tenía algo de Slumdog Millonaire. No por nada, sino por la cantidad de mierda que cubría suelos y mesas. De todos modos nos hemos quedado allí porque daba un solecillo muy agradable y estaba a resguardo de los vientos. Dentro del bar, la animación era notable. Sin duda la clientela se siente atraída por  la  confortabilidad que proporciona al lugar un espeso suelo flotante a base de cascaras de gamba. En fin, que el café estaba estupendo, y eso es lo que cuenta.

Por la carretera hacia Osorno el viento nos daba de lado. Así que para aliviar la molestia hemos vuelto a los caminos de sirga del canal que están flanqueados de chopos y un sotobosque de olmos. ¡Pena de olmos! Cuando crecen tres metros o así, mueren irremisiblemente.

Osorno siempre sorprende. En esta ocasión se celebraba por todo lo alto la Feria de Abril. En la plaza, adornada con girnaldas, sonaba Camarón y la gente bebía finos y comía pescaitos fritos. Todo el mundo estaba vestido para la ocasión de riguroso andaluz. Ellos y ellas. Y unos cuantos de ellos, de ellas. Y los caballos engalanados. No faltaba detalle. En la estación nos han dicho que acababa de pasar el tren, así que hemos vuelto a la fiesta. Sonaban sevillanas y las señoras las bailaban. Hemos entrado al café de toda la vida a tomar un café. Estaba lleno de hombres. Sólo hombres. Los hombres del pueblo de toda la vida. Campesinos curtidos por los elementos. Todos miraban por la cristalera lo que pasaba en la plaza. Ni un comentario, ni un gesto que delatase sus pensamientos. Como si estuviesen viendo pasar el aire.

Y vuelta para la estación a tomar el tren.  La estación de "Bad day at Black Rock" que les contaba un día ya lejano.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Los perros ladran

Los perros ladran. No me estoy refiriendo a aquella especie de memorias que escribió Truman Capote que, por cierto, encontré la mar de divertidas cuando las leí a instancias de Rogelio, mi implacable proveedor de literatura, allá, por los años que pasé en Salamanca. Truman Capote, una portera con mucha inteligencia y no menos mala leche. Si una pija de New York quiere fastidiar a un gobernador por ser judío va y se le liga un día en el que la mujer del gobernador está de viaje y ella con la regla. El desenlace de la historia consiste en una mancha roja del tamaño de Brasil en la cama del gobernador y la gobernadora. Y Capote lo cuenta al detalle y el todo New York no habla de otra cosa.

No, no es a ese tipo de ladridos al que me quiero referir. Son ladridos en el sentido literal de la palabra.

Es que no sé si se habrán percatado ustedes, pero si hay algo, no sé si síntoma o consecuencia, de esta crisis que dicen venimos padeciendo ya va para dos o tres años, es el incremento exponencial del número de perros que inundan todos los espacios públicos. Así es que es prácticamente imposible ver a cualquiera que sea que vaya paseando, haciendo footing, cicloturisteando, o que esté cultivando su huerto de la vega, que no esté acompañado de su chucho. No muerde, te dicen todos cuando su perro te ladra porque, supongo, olfatea que no eres uno de los suyos. Faltaría más, les suelo contestar.

Sí, convénzanse ustedes, la era Zapatero no será recordada ni por las ansias infinitas de paz, ni por las barandillas que se colocaron por todos los sitios, ni por la infatigable escalada de peldaños del colectivo femenino, no, la era Zapatero será recordada por ser los años en los que todos los españoles, salvo los sin remedio, descubrieron el poder taumatúrgico del can.

Mi vecino, por ejemplo, un proscrito como otro cualquiera, te contaba, recontaba y te volvía a contar las mismas historias de su apasionada vida en las márgenes izquierdas del  Nervión. Se le veía disfrutar con eso. Y luego, por las mañanas, una dosis de Federico para sostener el subidón. Era la felicidad. Pero llegó la crisis, Zapatero, o lo que fuere, y los curas echaron de su púlpito a Federico, los otros proscritos se cansaron de escuchar las historias del Nervión  y mi vecino andaba por ahí como alma en pena. Gracias a Dios sus hijas y yernos corrieron en su auxilio. Le trajeron un perro de alguna perrera perdida en las márgenes izquierdas del Nervión. Néstor le llamaron. Como el rey de la Arcadia, les dije yo sin que nadie me entendiera. Néstor, todo hay que decirlo, venía un poco salvaje. O mal educado si quieren. Pero una castración, unos cuantos palos y la aplicación sistemática de descargas eléctricas ante cualquier incumplimiento de órdenes, le pusieron en menos de un mes tan dócil como el más empollón de la clase. Y tendrían que ver a mi vecino el proscrito ahora, el hombre más feliz del mundo. Ni historias del Nervión, ni leches, ahora todo es contar y no parar sobre las monerías de Néstor. ¡No es fantástico!

Recuerdo que no hace mucho un chucho se comió, o casi, a una niña en la capital palentina. Nada, en definitiva, más allá de lo que podría ser considerado un lamentable efecto colateral. El caso es que el suceso suscitó cierta aprehensión en la ciudadanía y, como consecuencia, menudearon los foros internéticos acerca de las presuntas peligrosidades caninas. Este asunto, opinaba un interviniente, habría que analizarlo en clave freudiana. Porque, díganme ustedes, ¿qué es lo que lleva a una persona a necesitar la lealtad, o el amor si quieren, ciego de un animal del que hay que recoger las deyecciones varias veces al día? Y ya no digamos, añadía el inquiriente, cuando se trata de un animal como el que se ha comido a la niña, o sea, que son conocidos por su peligrosidad. ¿Por qué hay gente que para pasearse, o simplemente vivir, entre personas de reconocida solvencia cívica necesita de la asistencia de  esos energúmenos? ¿Qué carencias se esconden tras tan extrañas adicciones? ¿Alguna patología psíquica acaso? O, si quieren, simple patología social por aquello de que disolver lo individual en el magma de lo global lo hace todo mucho mas llevadero. Ni les cuento las respuestas que, como chaparrón devastador, bloquearon todo intento de comprender. Yo y mi perro. Mi perro y yo. Y luego está el resto del mundo.

Bueno, no les molesto más. Sólo añadir que siguen ladrando sin cesar y no vean como se nota en medio del silencio de la noche esteparia. Y por el día también. Sin parar.

martes, 10 de mayo de 2011

Idleness

Siempre he envidiado a las personas que dicen que nunca se aburren. Que no encuentran el tiempo para hacer todo lo que tienen que hacer.

Los que me conocen saben hasta que punto me identifico con aquellas confidencias de Serlock Holmes al Dr. Watson a través del aire espeso de su cubículo en Baker Str. "Podemos congratularnos de nuestra buena suerte que nos ha rescatado por unas horas de las insufribles fatigas de la ociosidad". O bien: "... and hand me my violin, for the only problem we have still to solve is how to while away these bleak autumnal evenings."

La verdad es que no sé cómo me las he podido apañar, pero el caso es que, incluso en las épocas de la vida en las que más ocupado he estado, siempre tuve la sensación de disponer de un exceso de tiempo libre que no sabía de qué manera llenar como no fuese yéndome por ahí un rato a ejercer de vampiro.

Por todas estas cosas que les cuento es, quizá, por las que me inspira tantas simpatías el Dr. Samuel Johnson. Él, como con frecuencia me pasa a mí, vivía abrumado por las "insufferables fatigues of idleness" y una de las maneras que tenía de zafarse de tan incómodo flagelo era la de reflexionar sobre él. Así es que escribió una serie de artículos dedicados a analizar el carácter del ocioso. O sea, su propio carácter. "The Idler", tituló esa serie de artículos.

Dice Johnson que algunos practican la ociosidad con sorprendente entereza. Blasonan de no hacer nada. Dan     gracias a los dioses por permitirles vivir sin pegar sello. Duermen hasta que no pueden más y sólo se levantan para hacer el ejercicio que les permita volver a dormir. Su único trabajo consiste en elaborar justificaciones para su vaguería.  Son, en definitiva, verdaderos devotos de la ociosidad para la que tejen guirnaldas de amapolas y por la que brindan en copas llenas con las aguas del olvido.  Que viven en un estado de continua y llana estupidez, olvidadizos y olvidados. Es decir, que hace mucho tiempo que dejaron de vivir y que, cuando mueren, los que les sobreviven dicen: ha dejado de respirar.

Pero lo bueno del caso es que la ociosidad predomina en vidas que nadie tildaría de ociosas. Como es un vicio que se agota en si mismo, puede ser disfrutado sin perjudicar a terceros. Nada que ver, por tal, con el Fraude, que daña la propiedad de otros, o el Orgullo, que busca su satisfacción  humillando a supuestos inferiores. La ociosidad, por contra, se vive silenciosamente y en paz sin levantar las envidias propias de la ostentación ni las iras de la oposición. Nadie por tanto suele detectarla  y, por ende, criticarla.  

Curiosamente, lo mismo que el Orgullo se suele esconder tras la humildad, la Ociosidad se oculta tras la imagen de hiperactividad y prisa. Me voy porque tengo un montón de cosas que hacer, suelen decir los parados. Aquellos que desprecian su propio trabajo se esfuerzan para llenar su mente con algo que pueda enmascarar su locura y hacen todo tipo de tonterías con sorprendente diligencia como queriendo convencerse a si mismos de que hacen algo importante.

Algunos tienen especial habilidad para permanecer en estado de permanente preparación para lo que ha de ser la tarea definitiva. Medidas previas, planificaciones, acumulación de materiales... proveyendo siempre para el negocio final. Esos, ciertamente, son prisioneros de la ociosidad. Nada se puede esperar del trabajador que siempre anda a la búsqueda de mejores herramientas. Una vez le oí decir a un pintor de cierta fama que nadie obsesionado con la calidad de los pinceles y las pinturas llegará alguna vez a pintar algo que merezca la pena.  

En otros la ociosidad se manifiesta bajo otro expediente. Ellos dilapidan el tiempo sin por ello sentir el tedio de las horas vacías. El arte consiste en pasar el día ocupado en negocios insignificantes. Tener siempre entre manos algo que suscite curiosidad, pero no esfuerzo. La mente entretenida, pero no activa. Este arte ha sido largo tiempo practicado por mi viejo amigo Sober (grave, serio, formal, sobrio). Sober es un tipo que, por un lado, tiene grandes deseos y rápida imaginación y, por otro, un desmedido amor a la comodidad, cosa que le incapacita para llevar a cabo cualquier actividad que entrañe dificultad. Resumiendo, no hace nada de particular que sirva para algo, pero tampoco se aburre.

La principal afición de Mr. Sober es conversar. Nunca se cansa de hablar o escuchar por que imagina que así nunca para de, ya sea enseñar, ya sea aprender. Lo malo es que llega un momento en la noche en el que hay que parar para que los amigos puedan irse a dormir. Mr. Sober tiembla ante la llegada de ese momento. Sin embargo, Mr. Sober, no se arredra. Tiene recursos para combatir la miseria de esos momentos vacíos. Se ha persuadido a sí mismo de que las artes manuales están inmerecidamente infravaloradas. El ha observado que para su práctica se precisa  ejercitar el pensamiento más ajustado que dar se pueda. De esta especulación se ha lanzado a la práctica. Para empezar se ha agenciado todas las herramientas necesarias para el oficio de carpintero. Ha reparado la carbonera con notable éxito  y anda a la expectativa de nuevos deterioros para entrar de nuevo en acción.

No hay oficio que haya dejado de lado. Zapatero, fontanero, cacharrero. Ha fracasado en todos, bien es verdad, pero porque no les ha dedicado el tiempo y la atención debida. Aunque su verdadero hobby es la química. Se ha comprado un horno y una retorta para destilar todo lo que sea destilable. Y se sienta a ver como van saliendo las gotas de la retorta. Y las cuenta olvidando que, mientras la gota cae, el tiempo se va.

¡Pobre Sober! A veces le tomamos el pelo y el no se lo toma a mal. Y dice que va a cambiar. Porque una cosa es cierta: nadie es menos apegado a sus convicciones que el ocioso. Lo que no es poco.

sábado, 7 de mayo de 2011

La solución: Calvinismo

El otro día pasaron un documental en ARTE sobre la guerra civil que se está viviendo en México. La narcoguerra la llaman por aquello de que una de las partes del conflicto se financia con los beneficios que produce el narcotráfico. Parece mentira, pero así es. El narcotráfico es una industria tan floreciente y produce tanto dinero que da para mantener un ejercito capaz de poner en jaque la estabilidad de un Estado tan poderoso como el mexicano.

Se vertieron a lo largo del programa muchas autorizadas opiniones sobre el problema en cuestión y sus posibles soluciones. Soluciones que casi siempre consistían en aceptar como mal menor la legalización del consumo y tráfico de lo que genéricamente se conoce como drogas. Al ser libre la circulación de estas sustancias, argumentaban, se las priva del enorme valor añadido que les proporciona la prohibición. Sin ese valor añadido, seguía el razonamiento, sería imposible enriquecerse con su  tráfico. O sea, que desaparecerían las mafias y con ellas los problemas del Estado mexicano. Bueno, como hipótesis no está mal.   E incluso todos sabemos que hay un país, Holanda, en el que las drogas están legalizadas hace mucho sin que se produzcan especiales problemas por ello... a no ser que se considere problema la sorprendente invasión de adolescentes de cada primavera con motivo de los viajes fin de curso que organizan las instituciones educativas de todo el continente. Pero claro, también sabemos que Holanda es el  país calvinista por excelencia. Lo cual que, allí, drogado o no, tienes que andar derecho como una vela si no quieres que se te eche encima el peso pesado de la ley sin paliativos. ¡Pues menudo era Calvino!

Pero hubo uno de los intervinientes que llamó mucho mi atención. Un señor ligado a la industria del cine. Decía que lo que a él le costaba entender era el porqué de que la gente de reconocido prestigio profesional y elevado nivel de vida, o sea, que en teoría lo tiene todo, necesita consumir compulsivamente esas sustancias. En las fiestas de Hollywood a donde acuden todos esos astros del espectáculo no se para de esnifar cocaína. Y mira que esos astros, por lo general, son progresistas y están a favor del amor cósmico. Y fundan oenegés caritativas. Y adoptan a paladas a niños desnutridos. Y batallan a favor de los derechos humanos allí donde se vulneran. Pero la cocaína que no se la toquen. Y por eso es, en parte al menos, que la cocaína tiene ese prestigio social. Así que, argumentaba el tipo, si todos esos astros dejasen de esnifar, a lo mejor decrecía el prestigio de la droga y con ello su consumo, y por consecuencia, el poder de las mafias que ponen en jaque al Estado mexicano.

El consumo, un verdadero enigma. La angustia existencial. El nihilismo. O la simple y necia insaciabilidad. Cuando yo era treintañero y parecía que lo tenía casi todo, también me vi metido en eso. Y lo mejor de todo, la facilidad con la que surgían los argumentos que justificaban tan estúpida actitud. Uno se engancha de lo que sea y todos los espejos alrededor se deforman. Y no hay forma de enterarse de nada... a no ser, dijo yo, que venga Calvino con la rebaja. Pero, claro, Calvino trabaja en muy pocos sitios. Así que mucho me temo que tenemos narcoguerras para rato.

jueves, 5 de mayo de 2011

Sigo sin fiarme del Caserío


Tengo entendido que estos días se anda debatiendo con la acostumbrada virulencia de rigor sobre la pertinencia o no de que el brazo político de ETA entre en las instituciones. Hombre, me increpará alguien, ¿por qué dice usted que esos señores son el brazo político de ETA? Recuerde que han rechazado la violencia política. Y yo voy y me caigo del guindo.

Como si a una gente que lleva medio siglo quitando de en medio a todo el que les estorba les fuese a costar mucho decir digo donde dijeron Diego. Para seguir con su estrategia necesitan pillar dinero y, eso, en este país, no hay mejor forma de hacerlo que convirtiéndose en representantes de la soberanía popular. Y me temo que lo van a conseguir. Les diré en qué me fundo.

Es que anoche, en ese zappeo final que suelo hacer antes de irme a dormir, fui a dar en una especie de rueda de prensa que estaba dando el lekandari en la televisión del País Vasco. De Euskadi, como repetían hasta la sociedad todos y cada uno de los participantes. Y no crean que todos los periodistas eran, en teoría, de medios afines al Caserío, no, que allí estaban representantes de El Mundo y El País. Pero daba igual, todas las preguntas y respuestas llevaban implícita la idea de que "El Caserío" es un país como cualquier otro de la Unión Europea. Por lo menos diezcientas veces lo escuché: como cualquier otro país de la Unión Europea. Y no crean que la frasecita era privativa de los medios nacionalistas, no, ni mucho menos, que al lekandari  le salió con mucho salero varias veces, por no hablar de los corresponsales de los medios, por así decirlo, españoles.

O sea, nada que ver. Como les gusta decir a los catalanes cuando se ponen filósofos: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Dos entidades con historias y tradiciones completamente distintas y que como buenos vecinos de vez en cuando deben ponerse a la greña para resaltar sus identidades correspondientes. Así que, qué derecho tienen los españoles a vetar en las instituciones a los que tienen demostrada su calidad de patriotas de su país que es como cualquier otro de la Unión Europea.

En fin, más o menos, ese era el tenor de la rueda de prensa que estaba dando el lekandari. Un lekandari, convine recordarlo, que se dice no nacionalista. Y por eso es que, como les iba diciendo, sigo sin fiarme del caserío. Pero es que ni un pelo.

miércoles, 4 de mayo de 2011

La moral del mundo

Tengo entendido que dentro de esa parte de la filosofía que llamamos lógica hay una figura, la aporía, que plantea dificultad para el paso. Es decir, es uno de esos razonamientos que no hay forma de llevarlos a un fin determinado. Por muchas vueltas que le des siempre quedas cojo de alguna pata. ¡Qué le vamos a hacer! Así es el mundo que no todo tiene una solución inmaculada.

Viene a cuento lo dicho de lo que vengo observando en los medios desde que se publicó la noticia de la muerte, o asesinato si quieren, de Ben Laden. Sobre todo en los medios franceses que no hacen otra cosa que debatir para poner de relieve las sombras de la operación llevada a cabo por "los americanos". Bien es verdad que para cualquier francés que se precié de tal, ya sea gaullista, ya sea de gauche, no hay cosa que le pueda producir mayor satisfacción que pescar a "los americanos" en flagrante impureza. ¡Abrenuncio, Satanás!

Porque vamos a ver, ¿no hubiese sido mucho más correcto que "los americanos" le hubiesen dicho a Ben Laden: date preso en nombre de la ley, rey de los muyahidines? Y luego, haberle organizado su particular calvario para que la chusma hubiese podido expresar la suya. Y etc., etc., para que el mito se hubiese podido hinchar tanto que no siglos sino milenios fuesen necesarios para desgastarlo.

Fíjense, que, además, la pista que les llevó a Ben Laden, la obtuvieron mediante tortura. ¡Hay que fastidiarse!  Esta gente no respeta ni derechos humanos ni nada. ¿A dónde vamos a llegar? Porque esa es la grandeza de nuestro sistema político, que concedemos a nuestros enemigos los derechos que ellos nos niegan. Y si nos sacan un ojo, en vez de ir a por el suyo, debemos ponerles a güevo el otro para demostrarles nuestra superioridad moral... que no hay nada como eso para bajarles de su quimera.

Me recuerda mucho todo esto al estruendoso rasgar de vestiduras que se produjo cuando  el Reino de España decidió ir a cazar etarras a la República de Francia. Por aquel entonces, el Reino se debatía con una tremenda aporía. La República daba cobijo a los etarras y se negaba a cualquier tipo de colaboración con el Reino. Y en el Reino, los etarras no paraban de hacer de las suyas que no eran precisamente visitas al Santísimo. ¿Qué hacer entonces? ¿Usted por dónde hubiese tirado? Pues bien, se tiró por donde se tiró, de forma chapucera, todo hay que decirlo, y los resultados fueron óptimos. No por nada sino porque la República vio las orejas al lobo y empezó a colaborar. Lo cual, como que no les gustó nada a todos los que hubiesen querido, por lo visto, que se hubiese convencido a los franceses por medio de la reentronización de Pepe Botella en Madrid, o cosa por el estilo.

Pues sí, señores, hay aporías que sólo tienen una salida, la que dio Margaret Thatcher cuando unos policías  de los servicios secretos británicos mataron a tiros en Gibraltar a unos terroristas del IRA. "He disparado yo", dijo entonces Margaret.

lunes, 2 de mayo de 2011

¡Aleluya!

Desde luego que las cosas importantes siempre llegan de forma inesperada. Así llegó aquel infausto september eleven y así ha llegado este dos de mayo en el que nos desayunamos con la inmejorable noticia de la muerte de Ben Laden. Ben Laden o, por así decirlo, la encarnación del mal. Como Moriarti, como Mabuse, como Fumanchú, o, sin ir tan lejos, como el mismísimo Hitler, o sea, el ansia ilimitada de poder sin reparar en los medios. 
El caso es que por aquel entonces, solía yo escribir una especie de diario en el que anotaba las muchas genialidades que se me ocurrían sobre los más diversos asuntos que abarcaban mi actualidad. Del terrorismo, por ejemplo, opinaba lo siguiente:
 "Y ya que en ello estamos, hablemos de la fecha fatídica, la que marcó un antes y un después: september eleven. Nada que ver con la conmemoración de “lo que les hicimos” los castellanos a los catalanes, allá, por mil setecientos y pico, que, por lo visto, fue que les privamos del régimen feudal de que disfrutaban con fruición: nunca nos lo podrán perdonar. Ni tampoco con aquel nefasto día de 1973 en el que el general Pinochet se cargó al bueno y, a lo que se vio,  poco avisado, Salvador Allende, dando al traste con ello a una larga tradición democrática. En fin, pelillos a la mar por comparación a lo que pude ver en directo ese mismo día de 2001 cuando, recién comido, me repanchingué en el butacón superrelax dispuesto a tragarme cualquier cosa que quisieran enseñar los muchachos de la CNN. ¡Leches, qué sorpresa! Por un lateral de una de las torres gemelas de New York salía una espesa columna de humo. El locutor no daba crédito a lo que veía: ¿ha sido una explosión?, ¿un despistado que ha estrellado su avioneta? ¡Increíble! De terrorismo ni una palabra, o muy como de pasada y más que nada para descartar tan terrible hipótesis. Y en esas estábamos, sin salir del asombro, cuando, visto y no visto, zas, un nuevo avión entra en el objetivo de las cámaras y le podemos ver estamparse contra la otra torre. ¡Horror! Ahora si que ya no hay duda: acabamos de presenciar en directo el más espantoso acto terrorista que concebir se puede: una verdadera obra maestra del género. Tan fantástico era el “exploit” de la empresa que, tengo que confesarlo, no acertaba a identificar el estado de mi conciencia: ¿era realidad?, ¿estaba soñando? Claro, uno está tan acostumbrado a ver este tipo de apoteosis destructivas -y aún más espeluznantes... o gloriosas, que cada cual las califica a su acomodo-  en la ficción y sólo en la ficción, que, así, de entrada, era difícil situarse y, menos, entender las propias emociones: ¿admiración?, ¿pena?, ¿rabia? No sé, pero, en  cualquier caso, miedo no; más bien un cierto alivio, que en esto del terror ya tenemos  la suficiente experiencia como para saber que la ola viene y pasa y si no te arrastra con ella, pues eso, que te has librado y, nada, todo queda en un poco más de degradación moral generalizada, así, como el que no quiere la cosa, el típico río revuelto en el que no faltan pescadores que sacan provecho. Y no flaco. ¡Dios, menuda coartada le dan los terroristas a estos poderes de pantomima que pretenden gobernarnos! Estaba Mr. Bush de tal manera, como entre haciéndose el simpático y tratando de pasar desapercibido para hacernos olvidar la vergonzosa forma en que fue elegido y, cataplum, le cae este regalo del cielo -nunca mejor dicho-; unos momentos de zozobra, como siempre pasa cuando una gran presa acaba de morder el anzuelo y, luego, ya, todo sobre ruedas: ir  soltando y recogiendo hilo con maestría hasta que la bestia -en este caso la opinión pública- está completamente agotada  y lista para comérsela con patatas o cualquier otra guarnición: el patriotismo, por ejemplo, tan eficaz él para enaltecer los sentimientos que brotan de los más bajos instintos del personal “enchusmatizado”: no os aflijáis, se les dice, que vosotros sois inmensamente más guapos, más listos y de mejor pasta que todos los demás, y tenéis todo el derecho a odiarles y, si se tercia, a soltarles una hostia para que se enteren de quién es el que manda aquí. Y, así, la nave va sin que a nadie le importe ni se acuerde de las graves averías que entorpecen sus motores ni las vías de agua que amenazan con echarla a pique: mientras dura la ilusión, vida y dulzura, y el que venga detrás que arree: en esto, en esencia, consiste toda la ciencia política; lo demás, como dijo Alguienunavez, la espuma de los días, o sea, lo que sirve para que los ociosos especulen y hagan así alarde de la agudeza de su ingenio y demás mandangas, que, ¡ay!, ¿qué sería de nosotros sin ellas?  
Pues bien, hoy, pasados ya diez años, quiero que el tono de mi respuesta carezca en lo posible de todo atisbo de escepticismo o cinismo. Me declaro ingenuo a conciencia y me entrego sin paliativos a la celebración de la noticia. El mundo es hoy un poco mejor porque un símbolo del mal ha sido destruido. La chusma ha perdido a su mejor paladín. El imperio de la razón ha cosechado una gran victoria. ¡Tan necesitado que estaba...!

domingo, 1 de mayo de 2011

Nomadismo

Dice Valentí Puig, que no es uno de tantos articulistas al uso, que los días de mudanza "nos dejan tan desprotegidos que se nos hace una eternidad lo que tardaremos en localizar de nuevo el sacacorchos". 


El caso es que se nota que Valentí no se ha mudado muchas veces de domicilio. Porque si lo hubiese hecho sabría de sobra que para localizar el sacacorchos sólo se  precisan dos euros y  el tiempo necesario para llegar al bazar chino de la esquina que siempre está abierto. 


Y otras muchas cosas dice Valentí que dejan ver a las claras hasta que punto vive carcomido por la enfermedad del apego a las cosas materiales. Sufre porque el traslado le ha descubierto una grieta en la parte trasera de la cómoda que heredó de su abuela. ¡Por dios bendito! ¿A dónde va a sus años con la cómoda de la abuela? ¿Cuánta porquería necesita guardar? ¿Acaso desconoce que existen Ikea, Zara, Carrefour, y un largo etc. de cuernos de la abundancia en los que suministrarse de todo lo necesario por menos de lo que monta el sueldo de un mes? 


Lo necesario, ese concepto tan resbaladizo. Cada cual lo interpreta a su manera. Pero una cosa es segura, cuanto más cambias de casa más lo estilizas. Hasta llegar, quizá, a aquello que exclamó  Sócrates al pasear por un mercado: ¡cuántas cosas hay que no necesito!


Nomadismo que libera de ataduras. Te deshaces de colegas que te desprecian y abusan porque no compartes sus aspiraciones. De conocidos que pretenden ser tus amigos. De vecinos que no respetan tus descansos. De la tupida y asfixiante red de complicidades que sin querer se va tejiendo alrededor de todo lo que permanece estable. De, en fin, tantas y tantas ataduras sentimentales que, sin saber cómo ni por qué, se van estableciendo con los objetos inútiles que un día se te adhirieron porque estabas con la guardia baja. 


Nomadismo que consolida esencias. Los amigos de siempre que deben esforzarse para conservarse como tales. Las aficiones que ayudan a dar sentido a la vida. El aguzamiento de los sentidos promovido por la necesidad de adaptarse a un nuevo medio.


Y, luego, ahora, esta crisis económica que va y te lo pone a huevo. Porque lo cierto es que millones de personas que pensaron forrarse invirtiendo en pisos, ahora no saben que hacer con ellos y se los alquilan al mejor postor. Coges, agarras, entras en cualquier portal inmobiliario y encuentras miles de pisos para todos los gustos y economías en el lugar que mejor se acomode a tus preferencias.  


Y es que, así corre el mundo. Y no todo es lo que parece. Y el que más lejos va, puede que sea el que más cerca se queda. Y, al revés, el que se queda, el que más se aleja.