viernes, 16 de marzo de 2012

Picnic en Abiada


Sé que pocos o nadie va a estar de acuerdo conmigo en lo que voy a decir: para mí lo mejor de la Cornisa Cantábrica es que tiene La Meseta a tiro de piedra. Apenas una hora de cómoda conducción desde que todo lo llenaron con túneles y viaductos y de la espesa bruma pasas al sol radiante. ¿Hay quien dé más? 

Así lo siento y así lo digo. Porque es que todo es subir esos 800 metros y empezar a respirar mejor y no sólo por los pulmones, también por el estómago y, ni que decir tiene, por la cabeza. Es como si la mente se expandiese. 

Y no te digo nada ya si cuando asciendes lo haces en la mejor compañía. Vas por esos caminos del bosque desde Proaño a Villar y desde allí a Abiada. Es terreno para la fértil disertación. La primavera apenas incipiente. Prímulas y dientes de perro asoman entre la hojarasca. Brotes tiernos en los espinos negros. Poco más. Pero es que, además, fue por esos caminos por los Chisco condujo a Marcelo desde Reinosa a Tudanca. Un relato memorable que cualquier amante de las excursiones campestres gustaría repetir aunque El Sordo ya no esté en Proaño ni haya osos de los que asustarse:


"Estaba... como a cincuenta brazas de nos, jechu un reguñu, a la vera de un busquizal. tomaríale usté por un cantu gordu de los muchus que hay en el Puertu: el que no está avezau a verli de esi arti, confúndilos. Suele asomar en veces por ayí; gustalí el oreu a lo mejor y soleáse un pocu, si tien ocasión de eyu. Pero no hay que temeli cosa mayor, porque del hombre ajuyi siempre como el hombre no se meti con él. Con tóo y con esu, güenu es teneli a distancia por un por si acasu... Conque vamos palanti, si le paez, y no arreceli alcuentrus talis, que por aquí no se usan, y de nochi mayormenti." 


¡Jo!, lo que darían los del Conceju Nacionaliegu Cantabru por saber hablar como lo hacía Chisco. Una pena que se pierda. Pero bueno, a los amantes de lo auténtico siempre nos quedará Peñas Arriba, sin duda la mejor literatura del género conocido como naturalista que se hizo en este país.  


Total, que llegamos a Abiada y allí hicimos pícnic en la terraza de la taberna. Pedimos unas croquetas y unas bebidas para tener derecho a mesa de piedra al socaire del nordeste. Parecía el paraíso. 


De vuelta inspeccionamos una casona en Villar. La clave de su encanto quizá proviniese de ser su propietario inglés. Estaba a la venta. Motivo por el cual nos dimos a las más peregrinas fantasías. ¡Lo que hubiésemos podido hacer con aquello de no ser nosotros de los que toda la fuerza se nos va por la boca. 


De regreso, ya en casa, le pegamos un buen repaso al séptimo arte. Ya digo, se nos va la fuerza por la boca, pero no sin resultado de mucha satisfacción

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