viernes, 28 de septiembre de 2012

La monja que repartía bebés




Comentaban ayer en casa de mi madre a propósito de un caso ciertamente detestable. Al parecer un militar español de alta graduación había recibido medio millón de pesetas de los de entonces por proporcionar un bebé a un militar chileno de cuando Pinochet estaba en el poder. Se daba la circunstancia de que el militar español había llegado a la dignidad de ministro en uno de los gobiernos de la transición. Y todo indica que en este caso no se trata de habladurías porque ha sido noticia de telediario en la televisión estatal. Ni que decir tiene que todo ello ha producido gran desconcierto entre mi familia dados los vínculos que han mantenido con las FF.AA. y su convencimiento de la honorabilidad de la mayoría de sus miembros.

Bueno, como se suele decir, el mejor escribano echa un borrón y en la mejor casa hay un cabrón. Si el tipo llegó a ministro, pongamos que cuando lo de Suárez, bien podemos suponer que era un trepilla de los que no se paran en mientes. El hombre necesitaría dinero para promocionarse a golpe de puntuales invitaciones a señalados prebostes en restaurantes de postín. Lo normal de lo que suele pasar por las alturas. Un caso aislado de cualquier manera, me consta, entre los miembros de las FF.AA.

Y ya que estábamos en ello, pasamos a comentar lo de los niños robados. Los niños robados en España, el escándalo del siglo. La BBC, la CNN, Rusia Today, no ha habido gran televisión del mundo que no haya machacado sobre el asunto, ahora, que, además, todo son pulgas en España. Yo, la verdad, ver aparecer el asunto y cambiar de cadena todo era uno. Me parece un regodeo mezquino, con muchas similitudes a lo que vimos en “El Lector”, aquella película que tanta resonancia tuvo no hace demasiado tiempo. Se trataba de juzgar a una pobre mujer con las leyes actuales por lo que hizo cuando había otras leyes. Un típico caso de chivo expiatorio. Todos los alemanes fueron buenos menos esa pobre mujer. Caiga todo el peso de la ley sobre ella y quedaremos exonerados de culpa. La Edad Media que siempre acaba por volver para quemar a las brujas e iluminados.

Así fue que, al llegar anoche a lo de Angelines, me enchufé a la red y traté de informarme. Un artículo aparecido en El PAÍS el 13 de mayo de 2012 y firmado por Natalia Junquera fue el que confirmó mis sospechas. EL PAÍS que, como los mentados alemanes de la película “El Lector”, tan necesitado está según parece de exonerarse de culpas. Vomitivo en cualquier caso. Se dedica la reportera a recoger testimonios que sin matiz ni excepción denigran hasta el esperpento a “la monja que repartía bebés”, sor María Gómez Valbuena. Fría, calculadora y ya, como para apurar las heces, Doctor Jekill y Mister Hyde. Mala, mala, malísima. Quitaba los hijos a madres amorosas para dárselos a padres desalmados. Y luego les seguía la pista y “hasta les preguntaba por las notas que sacaban”, dicen como para rematar la teoría. ¡Qué imbecilidad!

Ahora sitúense ustedes en aquella España de cuando los hechos comentados, los años 70, con un veintitantos por ciento de paro, sin colchón social y unos prejuicios respecto de las madres solteras de corte medieval. Chicas sin oficio ni beneficio que quedaban embarazadas y automáticamente eran repudiadas por los suyos. Matrimonios estériles que querían hijos y no podían recurrir a lo que todavía no existía, es decir, la fecundación in vitro. Sólo se necesitaba un mediador para resolver la ecuación: la monja de marras. Y ahora, claro, hasta los parados tienen ayudas y no digamos ya si es madre soltera. Que es que ser madre soltera es como si le diera a la maternidad un plus de prestigio. En fin, que considerado con la óptica actual es como para mucho revestirse de respetabilidad por medio de una bien orquestada indignación respecto de los manejos de la pérfida monja que, sí, puede que fuese antipática, calculadora, cometiese equivocaciones y todo lo que quieran, pero… parémonos a pensar en el destino de la inmensa mayoría de esos niños: ¿salieron ganando o perdiendo?

Bien, claro, no se me escapa que es difícil ponerse en la piel de los interesados. De pronto descubrir que tu madre era otra y que de tu padre ni se sabe. Seguramente algo se romperá por dentro en la mayoría de los casos. Y si algo se rompe, pues, entonces, cualquier cosa que sirva de consuelo. Identificar a los culpables por ejemplo. En fin, que qué mal asunto me parece dar pábulo a estos trances que fueron cuando las cosas eran de otra manera muy diferente. Y qué miserables los que alimentan rencores en espíritus atormentados por las circunstancias de la vida. En vez de tratar de apaciguar… como hace Bruno Ganz en su papel de profesor universitario en la película El Lector.








4 comentarios:

  1. Cuando en los años de hierro de principio de los ochenta casi cada día veíamos un atentado con muertos no era raro oír por las tabernas o delante de las televisiones aquello de "lo que tenía que hacer el Gobierno cuando coja a alguno de estos es hacerle lo mismo, sacarle los ojos, torturarlo una semana" o lindezas por el estilo. Diez años después, cuando el PP decidió romper el pacto tácito de silencio que imperaba durante la Transición y salieron a la luz los casos de torturas, la misma gente que las pedía una década antes se rasgaba las vestiduras. Lo curioso es que en la mayor parte de los casos esas rasgaduras vestimentales eran sinceras; la memoria es piadosa y selectiva cuando se trata de uno mismo. Supongo que si fuera de otra manera y se nos presentara nuestro pasado de forma cruda y sin filtros sería muy difícil lo de la paz de espíritu.

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  2. Sí, algo de eso debe de ser. Porque reconocerse uno en lo que realmente es lleva directamente a la depresión y a nada que te descuides al suicidio. Ya lo dijo Shopenhauer.

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  3. Volviendo a los niños y la monja, el caso es que había muchos bebés que no eran hijos de la vergüenza de entonces, eran hijos de cualquier familia poco poderosa y engañarles no suponía ningún peligro, se les decía que el bebé había muerto al nacer, éste lo entregaban a una familia con posibles y negocio para la Iglesia y demás implicados. Caso cutre donde los haya , aunque en aras a la originalidad se pueden justificar toda suerte de conductas depravadas.

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  4. Seguramente, Anónimo, hubo casos reprobables, pero hay que andarse con mucho cuidado con la sinécdoque que ya sabemos que,en definitiva, es la que da de comer al periodismo.

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