lunes, 25 de junio de 2012

A tumba abierta




El tren, en principio, va un poco lento. Una hora y tres cuartos para unos setenta kilómetros. Pero, luego, si tienes en cuenta que asciende 850 metros, la cosa ya cambia. Son muchas las vueltas y revueltas que hay que dar para conseguir tal hazaña. En cualquier caso, qué son una hora y tres cuartos con el frescor de la mañana y mientras vas leyendo una novela y echando furtivas miradas a un paisaje abrupto e invadido por la rutilante vegetación de un principio de verano considerablemente húmedo. 


Lo había comprado el pasado martes en Madrid. "Nos séparations" de David Foenkinos. Ya se sabe, los franceses son maestros en lo de convertir su propio ombligo en el centro del mundo. Como en las películas de Truffaut, que no cuentan cosa de qué preocuparse, pero lo cuentan muy bien. Literatura existencialista, quizá se podría decir, con un toque de cinismo que frôle l´humour. Una especie de ducha escocesa literaria que va de la boneur a la détresse sin dar tiempo para echar una mirada alrededor, cosa que, hay que reconocerlo, es de agradecer porque los alrededores de hoy día están sumamente emponzoñados por ideologías estúpidas y cosas por el estilo. En fin, el caso es que ya casi remataba -"Tu vas bien?" "Oui. Et toi?" "Oui, ça va."- cuando han aparecido las primeras casas de Reinosa. 


En Reinosa corría un airecillo del norte que a buen seguro iba a contribuir a proporcionar un día perfecto. La gente, a las doce, ya llenaba las terrazas. Tomamos un pincho y un café en "Las Nieves", compramos un pan de Orzales en un kiosco, dimos una vuelta por allí y nos dispusimos a emprender aquello para lo que habíamos hecho tan significativa ascensión, es decir, descender.


Descender a tumba abierta. Sin tocar el freno, aunque bien es verdad que el viento del norte encañonado hacía las veces de tal. Nos daba de frente impidiendo la emoción de una caída vertiginosa. De Requejo a La Concha de Barcena Mayor hay, calculo, unos 600 metros en vertical para unos 6000 en horizontal. Saquen la calculadora y echen cuentas. Teniendo en cuenta que hay tramos planos e, incluso, alguna subida ya pueden hacerse idea de cómo serán las pendientes mayoritarias. Por así decirlo, homérico. Esas curvas a derecha e izquierda tomadas a toda pastilla...  


Apenas nos adelantaron media docena de coches y, de frente, ninguno, en todo ese tramo perfectamente asfaltado conocido como Las Hoces. Esa carretera, si no estoy mal informado, fue la primera para rueda que se hizo en España para comunicar la Meseta con la costa Cantábrica. Hacia 1730. Curiosamente se hizo por allí y no por Orduña como hubiese sido mas lógico a efectos económicos, por causa de estar los vascos enzarzados en una de sus particulares querellas fratricidas, en este caso las que luego se conocieron como Guerras de Linaje. En fin, detalles sin importancia pero curiosos que, a la larga, poco o nada cambian el curso de la historia ya que, cualquiera que hubiera sido la secuencia de los hechos, Reinosa hubiese acabado siendo lo que es por las meras razones geográficas. 


Llegas en un tris-tras a Barcena. Luego Molledo. Todo el valle de Iguña. Las Fraguas. Otras pequeñas hoces y ya estás en los Corrales. Guerras Cántabras, Corocota y tal. Nos dirigimos a un lugar que es centro cultural o cosa por el estilo en donde el mayor encanto de la comida es que se puede hacer a la sombra de un magnolio centenario, pero, ¡oh, desgracia!, había allí un acto de exaltación regional con pito, tamboril y trajes de época. Salimos pitando de allí a la búsqueda de algún lugar menos exaltado. Vimos un mesón, Cántabro de nombre, y entramos. No llegamos a sentarnos. Estaba vacío, pero el bullicio era insoportable, Formula Uno mediante. Seguimos hasta Barros. Allí hay un mesón, El Bog, con pretensiones de vanguardia. De entrada María le colocó un par de rejones a una camarera que sin duda era adepta a las peluquerías, también vanguardistas. "Es que está Fernando Alonso", se revolvió ella como si le hubiesen dado en mitad de donde más duele. Total, que era ya muy tarde y difícilmente íbamos a encontrar ya quien nos diese de comer. Y yo estaba hambriento, así que me puse a templar gaitas. Por experiencia sé que en estos casos lo que se impone es urgir la llegada de la bebida para agarrar la botella y pegarle un par de buenos meneos, los que se precisan para adquirir ese puntito en el que ya te da igual que sea Fernando Alonso o la Misa Mayor quien amenice la velada. En fin, una mierda de comida con muchas pretensiones y no menos carestía, pero el vino, ay, con su aroma retronasal adecuado y toda la mandanga al uso, no debía ser malo porque, a pesar del abuso, no me dio el menor reseco en toda la tarde. Y eso se agradece y mucho. 


Una siesta en la adecuación recreativa que nunca falta por el camino y, luego, por la pista cyclable que bordea el Besaya hasta Torrelavega a tomar el tren de vía estrecha para Santander. 


Estuvo bien la cosa.   








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