miércoles, 15 de agosto de 2012

Ali ben Ymete



A mí todas estas estrategias que se traen entre manos los moros con la estúpida ilusión de que sus mujeres no les pongan los cuernos  no me cogen en absoluto de nuevas. Al fin y al cabo no otra cosa es lo que intentaban los cristianos de aquí cuando yo era niño. Don Emilio subía al púlpito y tronaba contra la libertad de costumbres que creía percibir, con muy buen criterio por cierto, entre la menguada clase pudiente del pueblo. Él abogaba, como los moros de ahora, porque la mujer fuese el complemento natural del hombre. Sin duda en el seminario le habían enseñado que una cosa cualquiera, un color por ejemplo, y su complementario, da como resultado algo neutro. ¿Y qué hay en mundo más manejable que lo neutro? 

El caso es que esos putos moros de la parte de Túnez se olvidan de donde vienen. El miedo a los cuernos es más fuerte que las piedras que les rodean por todos los lados para resfrescarles la memoria. Porque quieran o no quieran son los herederos de la Reina Dido, ejemplo donde los haya de mujer con un par. 

En resumidas cuentas, que los moros de Túnez han hecho su revolución más que nada para meter a las mujeres en cintura. Ahora, han pensado, redactamos una constitución en la que se deja meridianamente claro que la mujer es, como quería Don Emilio por aquel entonces, complemento natural del hombre. Y ya está. Todo solucionado. Nunca más nos volverán a poner los cuernos. 

Y un jamón con tres chorreras, han dicho ellas. Y se han tirado a la calle y no ha habido televisión del mundo que no las haya mostrado en sus noticiarios. Que las mujeres tunecinas no quieren ser complementarias ha sido propalado a los cuatro vientos. Y había que verlas. A esas no las para ni Alá ni Ali ben Ymete.  ¡Complementarias, ya te digo! Habrá que ver quién es aquí el complemento. Esos pobres desgraciados. 

No sé, pero o mucho me equivoco o a Alá le quedan muy pocos telediarios. Los mismos que le quedaban a Dios cuando D. Emilio subía al púlpito a tronar.  


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