martes, 14 de junio de 2011

Las élites.

Afortunadamente las cosas no son ni blancas ni negras. Siempre hay matices que desfiguran el tópico. Así es que, por poner un ejemplo, la prensa socialdemócrata por excelencia va, agarra, y se suelta hoy con un artículo de Cesar  Molinas que muy bien pudieran suscribir cualquiera de los aguerridos defensores de la ideología neoliberal-conservadora. Desde luego que nunca lo suscribirían los que velan armas por la pureza de la justicia distributiva... aunque no haya mucho que distribuir.


Cita Molinas una frase de Ortega, el, por así decirlo, techo del pensamiento español. "Lo característico de España no es que la Inquisición quemase a los heterodoxos, sino que no hubiese ningún heterodoxo importante que quemar. Cuando por casualidad ha habido algún heterodoxo español importante, se iba fuera, como Servet, y era fuera donde lo quemaban".


Esa es la cuestión, que debido a esta irrefrenable pulsión redistributiva nunca tuvimos heterodoxos para nada que mereciese la pena. Y cuando alguien apuntaba formas, como ahora se dice, no tuvo otra obsesión la chusma que destruirle. El otro día les comentaba sobre Barret, un tipo nacido en Cantabria por los finales del XIX. Pues bien, nunca escuché a Revilluca decir nada sobre él. Me imagino la causa: Barret era, además de la mar de culto, un poco heterodoxo. Por eso fue que, a falta de mejores argumentos, le tacharan de maricón. Para que se fuese allende los mares. Y allí es donde le recuerdan con cariño y admiración. Borges, Onetti, y mataos por el estilo, le tuvieron por maestro. Nada que objetar. 


Uno, que ya está en esa edad en la que se empieza a reconsiderar lo que fue la propia vida, tiende a pensar que, en general, fue afortunado. Muy afortunado, acaso. Pero eso no quita para que eche la fantasía a volar para transformar lo que creo que fue en lo que pudiera haber sido para mejor. Y siempre voy a dar en lo mismo: la educación. Y no es que la tuviese mala, que bien se pudiera considerar que fue privilegiada dadas las circunstancias del momento. Pero eso no quita para soñar, ¡ay!, con profesores geniales, con academias abiertas. Uno no es ingenuo al respecto. Sé de sobra que el bienestar en la vida, la pública y la privada, depende de infinidad de variables en su mayoría dependientes del mero azar. Pero estoy bastante convencido de que si hay alguna variable de sobresaliente influencia y ligada a la propia voluntad, esa es la educación. La voluntad de saber, la voluntad ser. La voluntad de poder. Sentimiento elitista en definitiva. 


Porque el meollo de la cuestión es que en una sociedad sin élites culturales nadie tira del carro. Y sin fuerza tractora no hay otra que seguir innovando en lo de las "raciones y cazuelitas", o sea...   











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