martes, 22 de marzo de 2011

La cabra tira al monte



 
Hace ya bastantes años, alguien que paseaba en compañía de un famoso torero le dijo señalando a uno que pasaba por allí: "mira, ese es Ortega y Gasset". "Y a qué se dedica ese señor", preguntó el torero. "A la filosofía", le respondió. "Desde luego que tiene que haber gente pa to", apostilló el maestro.

 Una verdad como una catedral. Hay gente pa to. Y a veces poca y a veces mucha gente pa lo mismo. Y cuando es mucha, entonces, decimos que eso se ha puesto de moda. Y, de ahí, a la moda me mola para unos, a la moda me mata para otros.


Porque la realidad es que hay gente que piensa que determinadas actividades se engrandecen cuando se practican en petit comité. Kant, por ejemplo, decía respecto de sus actividades sociales que "ni menos de tres, ni más de siete". Bueno, para mí ese es un buen modelo.

Un modelo que, sin lugar a dudas, aplicaría con gusto a los paseos por la montaña.  Y siento decirlo, porque más amable no pudo ser toda la gente con la que trabé conversación en la reciente excursión por los Collados del Asón. Pero es que no conseguí evitar en momento alguno la sensación de multitud en movimiento. Como de éxodo en busca de la tierra prometida. Y ya no digo nada de cuando nos topamos con la centuria de Suances, todos tan equipados... para esto, me dije, mejor la Calle Preciados.


Lo de ir a la montaña, creo, tiene algo que ver con lo del famoso "eterno retorno". En este caso, al "estado de naturaleza". A un mundo regido por la fuerza y el deseo. Es, por así decirlo, una forma de ponerse a prueba, de medirse con los elementos.

También, si quieren, una forma de ascesis, de intento de purificación del espíritu por medio del esfuerzo y la privación. Porque, ¿acaso no hubiesen podido todos aquellos esforzados paseantes pasar el día tumbados sobre las doradas arenas y a régimen de sandwiches de pularda, espárragos "cojonudos" y cervezas refrigeradas?

Aunque no siempre tiene por qué ser así. Para muchos cuenta sobre todo la vida social. Un marco de incomparable belleza para una jornada de convivencia. Se ha de suponer que así, condicionados por tal entorno, se engrasa el fluir de las buenas vibraciones. ¡Qué duda cabe! Dos pájaros de un tiro: cultivo de la amistad en comunión con la naturaleza.

Luego, no lo olvidemos, está el placer del conocer. Saber qué es lo que ves y el porqué de que así sea. Y la naturaleza es un libro abierto para aprender sobre nosotros mismos. Y si la naturaleza es salvaje, más abierto todavía. Entonces, ya sólo falta tener al lado alguien que sepa leer en él y guste comunicarlo.

En fin, Teresa, me pedías que escribiese algo sobre la salida del domingo y, dado que los hechos, tal como fueron, ya los relataste tú de forma que creo insuperable, he creido que divagar un poco sobre las cosas de la vida podría venir a cuento. Lamentaría mucho haber ofendido a alguien. Porque el caso es que me lo pasé muy bien y estoy muy agradecido por la invitación a participar que me hicisteis. Pero soy como soy y,  no sólo por razones sentimentales sino también prácticas, prefiero adaptarme al modelo kantiano para este tipo de acvtividades. Es que, además, a estas edades, economía obliga. Uno no puede, ya, despilfarrar ni un ápice de la energía que le queda. Que no es mucha. Y las multitudes, no lo ignoremos, chupan de eso de lo lindo. 

Coda.- Aunque, no me cuesta reconocer que, entre siete y veinte, tampoco es tanta la diferencia. 

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