viernes, 15 de abril de 2011

El Criticón

Qué gran intuición la del clásico: en no teniendo mocos, no gustan de gargajos.

-Primeramente que no sólo puedan, sino que deban dezir las verdades, sin escrúpulo de necedades, que si la verdad tiene muchos enemigos, también ellos muchos años y poca vida que perder.

-Tenéis buen gusto -les decía-, nacido de un buen capricho, en andaros viendo mundo, y más en sus cortes, que son escuelas de toda discreta gentileza. Seréis hombres tratando con los que lo son, que eso es propiamente ver mundo; porque advertid que va grande diferencia del ver al mirar, que quien no entiende no atiende: poco importa ver mucho con los ojos si con el entendimiento nada, ni vale el ver sin el notar.

 -Y así él, después de haber velado sobre el caso, traço de huírse; y no tuvo tanta dificultad como imaginaba, que en este orden de cosas el que quiere puede. Rompió con todo, que es el único medio, y saltó por el portillo de dar en la cuenta, aquel que todos cuantos abren los ojos hallan.

Hoy, como no tengo ganas de esforzarme, se lo tomo prestado a Gracián.

jueves, 14 de abril de 2011

Del caserío no me fio.

Roland Barthes era un francés de aquellos a los que no había forma de ganar a la hora de dar la impresión de que se están diciendo cosas muy bien dichas a la vez que interesantes. El tipo agarraba cualquier tema, por ejemplo el catch, y escribía todo un tratado que no dejaba resquicios a la completa comprensión del fenómeno. Ibas, lo leías, y, aparte de lo que disfrutabas con las ingeniosas asociaciones de ideas,  acababas por sentirte sabio. 

Bien, pues Roland no le ahorró comentarios al caserío vasco. Al mito del caserío vasco. Ese lugar que representa a la perfección el mito de la vida idílica y pastoril cuando lo mío y tuyo no existía. El mito de la "hidalguía universal". El lugar de la utopía: lo contemplas y es imposible sustraerse al sentimiento de posesión. Quieres ir allí a costa de lo que sea. Y como es imposible, nostalgia al canto. Pensamientos malsanos.

Cuando era joven, las circunstancias me llevaron a alquilar una habitación en un piso de la calle Ortega y Gasset de Madrid. La propietaria era una señora de Régil  que disfrutaba contando los avatares de su dilatada historia. Régil, como supongo sabrán, es un pueblecito perdido en los valles vascos de la cordillera Cantábrica. Su condición de marginalidad geográfica ha permitido que se conserve tal cual, como encanta a los nostálgicos de la mítica Edad de Oro. Y esa conservación, digamos que espontánea, es lo que llevó a las autoridades de la región a declarar a Régil como lugar intocable. O sea, Régil tal cual for ever. Y esa misma prebenda es la que convirtió el lugar en objeto del deseo más acendrado por parte de los más conspicuos representantes de la burguesía retrograda regional. Y así es que un caserío en ruinas en aquel lugar puede suponerle a su propietario una sustanciosa renta de por vida, para él y sus descendientes hasta cuarta o quinta generación por lo menos. Una vez tuve ocasión de visitar uno de esos caseríos restaurados, de los padres de un colega, y me quedé patidifuso. El salón era un templo gótico. Lo demás, por el estilo. Claro, se pueden imaginar lo que llegan a dar de sí esos volúmenes manejados por un arquitecto megalómano instigado por propietarios que no lo son menos. 

En Régil nació uno de los mitos del deporte hispano de los comienzos del XX: Paulino Uzcudum. Un boxeador que hizo las Américas sin perder por ello la cabeza. Paulino vivía por aquel entonces en Madrid y para pasar el rato no tenía mejor cosa que hacer que ir a visitar a Juli. A escuchar a Juli, porque a él no se le entendía nada cuando hablaba. Los puñetazos recibidos por profesión, supongo.

Bien, a lo que iba, Juli contaba historias de cuando niña, allí, en el caserío de Régil. A ella la levantaban mucho antes del alba con las mujeres porque era una huérfana adoptada. A la otra niña, legítima de la casa, la dejaban en la cama hasta la hora de la escuela. Se levantaban, como digo, las mujeres, y encendían el fuego y preparaban el almuerzo para los hombres que dormían todos juntos en una cámara junto al pajar. Ya el fuego y desayuno  a punto, bajaban los hombres y se sentaban alrededor del fuego para atarse las alpargatas, cosa que, por lo visto, era harto complicado ya que mientras completaban la operación les daba tiempo a interpretar un rosario, tres letanías y un ora pro novis. En fin, que no se la veía muy entusiasmada a Juli con las historias de caserío. Todo lo contrario de las que contaba a propósito de sus viajes por el mundo en calidad de ama de llaves de un embajador del Reino de España. Pero esa es otra historia que no viene a cuento ahora.

Hoy día, por imperativo de las leyes de mercado, los caseríos suelen ser mayormente esos lugares a donde va Savater a zamparse una chuleta con pimientos verdes... y luego nos lo cuenta, lo bueno que estaba todo, lo incomparable del paisaje, lástima que... ya saben a qué me refiero: a los que padecen la nostalgia de lo que sólo existió en su imaginación. El fantasma de "la provincia", en definitiva. Y por tal es que matan.  

martes, 12 de abril de 2011

Adiós con el corazón

 Me vine pacá. A la Meseta. A experimentarme mesetario. A, en definitiva, reponerme. Porque, vive dios, qué catarro. No había forma de pelarlo. Los aires de la Ferroatlántica  en nada me favorecían. La agitación vecinal, tampoco. Así que, aquí, tres días y ya soy persona. Aire puro, luz diáfana, ínfima demografía, en fin, ya saben, el remedio de la abuela.

Camargo. Lo echaré de menos. Aquella vitalidad purificadora a fuer de autodestructiva. Sin reposo ni perdón. Agitación de hormiguero amenazado. Mentalidad de istmo por donde todo pasa y nada queda salvo los envases desechables y la pose señoritil del aristocratismo sindical. ¡Ya salió el convenio, Lin!

Sí, hay que reconocerlo, aquello es inspirador. Con sus yonkis y camellos, sus horteras y chorizos, sus putas y chaperos, para dar colorido a la historieta. Y luego, cómo no, los encantos de la comunidad encaminada: el club de petanca, el baile de los jubiletas, el centro cultural...

En fin, ya saben, cada día tiene su afán. Y el mío de hoy no va a ser precisamente el de lamentarme por la seguridad dejada atrás sino el de regocijarme por la mucha incertidumbre recuperada. Porque, desengáñense, sin incertidumbre lo más, lo más que hay es simulacro de vida. 

jueves, 7 de abril de 2011

Maliaño never again




 "Soy un estratega sombrío que, habiendo perdido todas las batallas, traza ya, en el papel de sus planes, disfrutando de su esquema, los pormenores de su retirada fatal, en la víspera de cada una de sus nuevas batallas"


Cuando a uno le falta ingenio para expresar con palabras lo que se le pasa por la cabeza siempre le queda el recurso de echar mano de los poetas consagrados. Claro está que sin perder de vista que de la erudición a la pedantería se puede transcurrir con el mismo sigilo que cuando un rayo de sol pasa por un cristal, etc, etc.. Así que, una vez más que creo no será la última, recurro a mi admirado Pessoa. Espero haber acertado con la cita. Sobre todo por lo de "disfrutando de su esquema".

Y no crean que si trazo ya los pormenores de mi retirada fatal es porque me disguste Maliaño. No, ni mucho menos. Lo que pasa es que Maliaño es demasiado para mi cuerpo. Es como si quieres subir al Curavacas sin haberte sometido a un severo entrenamiento previo. Porque sí ganar altitud es costoso, lo de penetrar densidad ni les digo. Densidad humana quiero decir.

Sí, a veces sales a la calle y cuesta discernir. ¿Es que acaso estoy dentro de un cómic de Robert Crumb con guión de Bukowski? La verdad, nunca vi tanta tía bien fajada. Jóvenes, menos jóvenes e incluso viejas. Hay tanta mercancía en el escaparate que es imposible elegir. Y todo ese ejercito de jubilados vestidos para la ocasión, sin cortarse un pelo. Aquí no se hace nada sin calzarse el uniforme correspondiente al deporte que se intenta practicar. Lo mismo que los jóvenes alrededor del coche aparcado debajo de mi ventana con la música a tope y calentando la piedra entre las manos. Por no hablar de los chuchos. Pequeños, medianos, grandes y asesinos. ¿Pero es que hay alguien en Maliaño que no viva al ritmo de las deyecciones de su chucho? Y cómo les ríen lo que les parece son monerías originales. ¡Dios, qué bello sería el mundo si se quisiese así a los humanos! O quizá no, que cada vez son más y más inteligentes los que sostienen que el amor todo lo putrefacta. Como el que tiene mi vecina de arriba a sus niños, que es tan grande que todo se lo tiene que decir a gritos.

En fin, que ya les tendré informados porque, cuándo, no lo sé, pero que me voy, eso es seguro. No por nada, sino por la cosa de la intensidad. Intensidad vital que me rodea, quiero decir.

martes, 5 de abril de 2011

Me gusta Madrid.





Estuve en Madrid y regresé con un trancazo considerable. Alifafes primaverales. Pero lo pasé bien. Las grandes urbes te permiten la exploración gruesa. Y también la fina. Cada estación de metro es un mundo diferente. Y cuando más te alejas del centro más se acentúa la diferencia. Te apeas, por ejemplo, en Manoteras, un barrio obrero de los 50/60 que al haber sido construido sin tanta usura del espacio como la que se dio años después, hoy le permite tener unas avenidas ajardinadas que parecen la mar de agradables. Además, el estar en los confines de la ciudad le ha permitido la adhesión de parques de bajo coste y grandes perspectivas. Y por uno de esos parques me fui andando y pude comprobar como cambiaba de forma brusca el tipo de construcción. El aspecto modesto desaparece para adquirir aires burgueses. Y cada vez más, hasta llegar, diría, a una burguesía tirando hacia lo alto. "Metro a 500 mtros", indicaba una flecha. Para allí me fui. No tarde en llegar a la estación de Pinar de Chamartín, allí por donde la gran avenida de Arturo Soria pierde su nombre. Todo eran, en aquel entorno,  torres de 16 o 20 pisos, aisladas, de magnífico aspecto, con poco trajín por las calles y con establecimientos de calidad. Bueno, me dije que, seguramente, allí podría instalarme de buen  grado si se diese el caso de tener los recursos para ello. Así que, como todo parece indicar que nunca se va a dar ese caso, lo mejor será tomar el metro y bajarse cerca del hotel, buscar un VIPS para comer algo y, con la misma, dando algún rodeo para hacer tiempo, ir al hotel a echar la siesta. 


Me gustan los VIPS. Incluso, una vez, por tal de trabar conversación con el empleado, consentí en que me hiciesen socio. De lo único, creo, que he sido socio en esta vida. Me contó el tipo que los VIPS eran de un empresario mexicano, lo mismo que los  TheWok, TíoPepe, Ginos, y un montón más de marcas que trufan todas las calles de Madrid y supongo que de otras grandes ciudades. Así que, porque el dueño es mexicano, o por lo que sea, es normal que cuando te sirven lo hagan con el deje que aprendimos a amar viendo las películas de Cantinflas. Pero es que, además, los VIPS tienen un estilo que de puro anodino ha adquirido un carácter inconfundible. Un carácter genuinamente cosmopolita. Es decir, un lugar en el que cualquier concesión al casticismo sería sacrilegio. Y porque el casticismo es la peste y la gente huye de la peste, será, supongo, que siempre hay clientes en los VIPS, de todas las edades, de todos los orígenes y condición. Concluyendo, que comer en el VIPS, no es sólo  meterse entre pecho y espalda una hamburguesa, o unas quesadillas, o unas verduras a la plancha, o un browning, o lo que sea, todo delicioso si lo comes con salud de cuerpo y espíritu, no, es que, además, en el VIPS, a poco que tengas desarrolladas las capacidades de observación, podrás disfrutar del espectáculo de la vida propio de los lugares en donde la gente se da al disfrute de los sentidos escondido tras el más absoluto anonimato. 


En fin, Madrid, no en vano fue un mejicano el que compuso la canción que mejor te identifica. 

lunes, 4 de abril de 2011

Sostiene Hawthorne

 ...and with that lack of energy that distinguises the occupants of alms-houses, and all other humans beings who depend for subsistence on charity, on monopolised labour, or anything else but their own independent exertions.

Traduzco: ...y con esa falta de energía que distingue a los residentes de los asilos, y todos los demás seres humanos que dependen para subsistir de la caridad, o del trabajo monopolizado, o de cualquier otra cosa que no sea su propio esfuerzo.

¡Increíble! Poner en el mismo saco a los funcionarios -trabajo monopolizado- y a los mendigos. Desde luego que a dónde hemos ido a parar. No es extraño que nos rebajen el sueldo y nos quedemos tan panchos. Por esa falta de energía que nos distingue.

Ya saben, el buen consejo de madre, o en su defecto de padre: tú, hijo, o hija, a por algo seguro. Unas oposiciones a lo que sea. Las ganas y a disfrutar de la vida. Sin estridencias, pero con seguridad. Y, luego, para redondear, si quieres, siempre están las corruptelas. Pelillos a la mar. Nadie las toma en cuenta porque trampa generalizada, picaresca institucionalizada.

La sanidad pública tiene 10.000 millones de déficit. ¿Cómo no?

La enseñanza pública tiene un 30% de fracaso. ¿Cómo no?

La policía no ha podido acabar con ETA en cuarenta años. ¿Cómo no?

 En fin, para pensar un poco en lo que sostiene Hawthorne.

viernes, 1 de abril de 2011

El señor de las moscas.

Me acababa de acomodar en mi reserva del Alvia con los libros, la botella de agua y la ingenua intención de disfrutar del viaje de regreso desde la capital del Reino a mi Maliaño For Ever, cuando, suddenly, una marea humana irrumpió en el vagón con la deliberada maldad de todas las jaurías, y más si es humana. ¡Adios ilusiones! Esto habrá que reconsiderarlo, me dije, porque estos mierdas no me van a amargar el viaje. Si hay que ser el malo de la película, lo seré de buen grado.

Se trataba de los alumnos, de entre once y trece años, de un colegio de Jaén que, por razones que no se me alcanzan, venían, en plena época lectiva, a pasar unos días en Santander. O sea, a una ciudad con un interés cultural cero. Y eso, si es que alguna ciudad lo tiene para chavales de esa edad. Así que, como decía, entraron en  tromba y provistos de un verdadero arsenal de gadgets electrónicos y, con la misma, se fueron a amontonar en el extremo del vagón donde los asientos se dan la cara. Con gran alboroto, sobra decirlo. Por no hablar de promiscuidad, que eso, ¡madre mía!, para sí la hubiesen querido... en fin, mejor lo dejamos. Y el profersorcillo, en sus veintitantos, que les acompañaba, ¡qué decir de él sino que parecía ser el que más disfrutaba de aquellas ventajosas circunstancias! Asediado como estaba por aquella escuadra de lolitas.

Me duró poco el aguante. Me levanté, les solté una filípica y la cosa se calmó un poco. Por breves minutos, o quizá segundos, todo hay que decirlo. Volvieron al ataque con redoblados esfuerzos. Y yo, también. Les dije, entre otras cosas, que si no habían traído algo para leer durante el viaje. Nadie contestó. Se limitaron a lanzarse miradas y sonrisas de complicidad entre ellos. ¡Este viejo chalado! Leer..., valiente gilipollez, teniendo aquí estas tetas y estas pollas y estos culos... tan a mano todo, debían estar pensando. Les añadí que así, tal como iban, se estaban condenando  a ser obreros de por vida. A juzgar por el cambio de gesto que hicieron hacia la seriedad es probable que no les gustase. ¿A quién le va a gustar ser obrero? Y al profesor desde luego que tampoco. ¡Son niños! Me dijo con tono indignado. Precisamente por eso, le contesté. Y luego, ¿A esto es a lo que llamáis socializar? Sí, respondíó, pero con el tono visiblemente humillado. Y entonces es cuando noté que los que se estaban divirtiendo de lo lindo eran el resto de los pasajeros. Fue evidente que lo de "socializar" les había tocado el subconsciente.

Los alumnos se fueron para otro lado quedando sólo uno por asiento. El profesor se puso a leer una novela de Patricia Highsmith. Ya sólo se oía el incesante rugir de los diferentes gadgets y poco más. Hubo varios intentos de reagrupamiento, pero fueron  abortados de inmediato por otros pasajeros que tuvieron a bien tomarme el relevo.

Al llegar a Santander, a guisa de despedida, les dije algunas gracias que los chavales me sonrieron mirando para el suelo. Y al profesor le pedí matizadas disculpas. Ten en cuenta, le dije, que estos son los que nos van a tener que pagar las pensiones. Se sonrió.