El 26 de abril de 1986 salto por los aires el reactor 4 de la Central Nuclear Vladímir Ilich Lenin —todo un símbolo ese nombre—; el 9 de noviembre de 1989 se derrumbó el muro de Berlín poniendo con ello fin a uno de los episodios más siniestros de la historia de la humanidad. Tres años y medio entre lo uno y lo otro; digamos que entre el precursor y la llegada del mesías. Y es que todos los grandes acontecimientos suelen anunciarse con tiempo para que los espabilados se preparen y los tontos sigan soñando.
Lo de Chernóbil no fue más que la consecuencia del despelote generalizado que había en la Unión Soviética. Llevaban ya años cayendo en picado. Cuentan que Leonid Brézhnev, uno de los últimos padrinos de la mafia soviética, había llegado en visita de Estado a Alemania completamente borracho. Las autoridades alemanas, por aquello del cohecho y la prevaricación, le habían regalado un Mercedes Benz de los que solo se habían fabricado tres unidades. Él, entonces, se había empeñado en conducirlo con resultado de estrelle antes de haber recorrido cien metros. No pasa nada, tíos, que me den otro igual, exigió el payo. Y los alemanes, claro está, tragaron. Y no por nada, sino porque sabían que aquello no era otra cosa que la demostración palpable de que la fruta ya estaba madura... a punto de caer: solo fueron necesarios poco más de cuatro días para que las dos Alemanias volviesen a estar unidas en una sola nación.
Me acordaba de estas cosas porque, ayer, por lo visto, para seguir con la racha, hubo un terrible accidente de trenes cerca de Madrid. Y, otra vez, el ministro de la cosa, dijo: no pasa nada, tíos, a mí que me registren. Uno ve a estos tíos y se acuerda de Brézhnev: viven en la inopia, dando palos de ciego. Y es que eso es lo que tiene el poder cuando el que lo sustenta vive con la sensación de que lo tiene todo bien amarrado. Entonces, es la pura degeneración. Aquí, desde que se inició este que le dicen régimen de libertades, los mandatarios se han acostumbrado a rendir cuentas al tresbolillo. Y cuando el hedor se hace insoportable acusan a la ultra derecha, a la ultra izquierda o a quien sea que se defiende a su manera de las injusticias del sistema. Entonces, los muy ladinos, para calmar los ánimos, emiten deuda del Estado y ¡a repartir se ha dicho! Con dinero todo se calma.
El problema, claro está, es que la deuda del Estado la tiene que comprar alguien. Y es, precisamente, en quién es ese alguien en donde reside la madre del cordero. Japón, por poner un ejemplo, tiene una deuda del copón, pero se da la circunstancia de que esa deuda está en manos de pequeños inversores japoneses. Y eso es porque los japoneses creen en su país. Pero, ¿qué pasa con nuestra deuda? Pues que, como nosotros no nos fiamos de nuestro país, la hemos puesto en manos mercenarias... y ya saben lo que pasa con los mercenarios, que, cuando ven peligro, piden más sueldo con la amenaza de retirarse del negocio... que es en lo que estamos, o, si no, ¿a qué se creen que son debidas todas estas revueltas que está habiendo por Europa? Pues a eso, a que los mercenarios ya no se fían, y piden más intereses, y los gobernantes tienen que emplear el dinero que sacan de vender deuda en pagar los intereses de la deuda. Se ha entrado ya en un círculo infernal que no tiene otra salida que la quiebra del sistema, exactamente igual que pasó en Roma hace casi dos milenios o, en Moscú, pronto va a hacer medio siglo.
Sí, lo de los trenes es lo mismo que lo de Chernóbil, falta de dinero para engrasar el sistema —a los mangutas y a las máquinas— porque se lo lleva todo los intereses de la deuda que, por cierto, tendrán que pagar las generaciones venideras: son las consecuencias jodidas de los poderes absolutos camuflados tras las bonitas palabras.
Para mí que esto ya está maduro. O si quieren que lo diga de otro modo más genérico: ya resuenan los pasos de el Paco de turno que llega con la rebaja.
jueves, 29 de octubre de 2026
Chernóbil
miércoles, 28 de octubre de 2026
Un monde révolu
Un atardecer de verano en la plaza de un pueblo de Francia, quizá en la Dordogna, o el Aveyron, o el Tarn, da igual, bajo los plátanos y castaños de indias, un pequeño grupo de vecinos, autóctonos y veraneantes de toda la vida, todos bien avenidos, se reúnen a escuchar a la hija de los ingleses que un día decidieron instalarse allí. Ella, Alexandra Whittingham, con una guitarra entre las manos, es como una diosa; les está interpretando Tango en Skay, la pieza de Roland Dyens que hizo fortuna y que, por eso, ningún guitarrista que se precie puede obviar en su repertorio... siempre me digo que, quizá algún día me atreva con ella, aunque soy consciente de que, decir «algún día» a mi edad, suena un poco arriesgado.
Es como una reminiscencia de aquella joie de vivre que se decía: una sociedad cultivada, productiva, que sabía divertirse con clase. Todos teníamos mitificada a aquella Francia de la que, según he oído decir al melancólico Houellebecq, no es que quede mucho. Y es que, seguramente, la joie de vivre, prolongada en el tiempo, produce fatiga de materiales. No hay que olvidar que, aquella corriente de pensamiento que se dio en llamar estructuralismo francés, junto con otra que venía de Frankfurt, según dicen los entendidos, está en el origen de esta especie de hecatombe de los valores tradicionales que se conoce como filosofía woke o, también, marxismo cultural.
Esa imagen, contémplenla con detenimiento porque tiene mucha miga. Hay ahí algo de esa serenidad que da la cultura del esfuerzo. Todos saben lo que hay detrás de esa naturalidad con la que Alexandra interpreta a Dyens: miles de horas de trabajo y, también, un toque divino; lo uno sin lo otro pierde toda su magia. Y porque saben lo que hay detrás, es que escuchan con reverencia, como si estuviesen recibiendo un regalo de los cielos. Esa es la verdadera joie de vivre, un estado del espíritu que solo se consigue tras ganar una batalla, la de la tarea bien hecha, quizá.
Un monde révolu, dicen los franceses para expresar lo que fue y ya no es. Claro que, el que te tuvo, retuvo, y como muestra de ello, ahí está esa foto que los bárbaros venidos de otras latitudes tardarán generaciones en saber apreciar, si es que algún día lo consiguen.
martes, 27 de octubre de 2026
Los hábitos
Siempre se dijo que es el hábito el que hace al monje. Yo diría que al monje y a todas las demás condiciones. A la hora de la verdad, somos lo que son nuestros hábitos. Claro está que la palabra hábito, como por otra parte pasa con casi todas las palabras, se presta a interpretaciones varias. Nos podemos estar refiriendo, como pasa con los monjes, a una indumentaria determinada. Y, también, a una costumbre cotidiana. A veces, como pasa con el monje, el barrendero, y tantas otras profesiones, la indumentaria sirve para definir unas costumbres; cuando yo era chaval, esa correlación era omnipresente: media humanidad iba por la calle debidamente uniformada para que todo el mundo supiese a qué se dedicaba, es decir, cuáles eran sus hábitos. Hoy día, aunque todavía queda algo de ese gusto por los uniformes, la cosa está muy diluida; ya, hasta los curas se camuflan tras un traje de paisano. Claro que, aquí, tendríamos que hilar más fino, porque por mucho que se quiera camuflar un cura, o cualquier otra persona, tras cualquier indumentaria, esa misma indumentaria siempre tiene algo que delata en alguna medida los hábitos, en el sentido de costumbres, de la persona que la lleva.
Hábitos en el sentido de costumbres los hay para dar y tomar. Recuerdo que en mi pueblo había solteronas acomodadas que, con velo calzado, no perdonaban misa pequeña —la de las ocho de la mañana— así se estuviesen viniendo abajo los cielos. ¿Qué hubiese sido de ellas sin ese hábito? O aquellos varones de edad avanzada que a las siete de la mañana estaban como clavos a la puerta del bar que había en el piso bajo de la pensión en la que yo, debido a mis circunstancias del momento, me alojaba; esperaban, aparentemente pacientes, a que la ventera abriese y les llenase las copas con una pócima de su invención que devolvía a la vida a aquellos pobres desgraciados. Porque ese es el asunto, que los hábitos, sean los que sean, son fuente de vida... y también de muerte.
Y es que, uno, sin hábitos, anda por el mundo dando palos de ciego. Hoy aquí, mañana allá; hoy esto, mañana a lo que salga. Como las veletas, a merced del viento que sople. Por contra, con hábitos, uno tiene a qué agarrarse y, con ello, supuestamente, adquirir seguridad. Son dos opciones de vida que, si bien lo consideramos, no tiene por qué ser excluyentes. Uno puede ser veleta y, también, monje. De hecho, puede que todos seamos así... aunque cada cual tiré más en un sentido que el otro. En fin, como ven, el hábito de la palabrería como mero pasatiempo.
Pensaba en estas cosas porque, cuando abro el ordenador por las mañanas —hábito donde los haya— y me dirijo a YouTube —más hábito—, lo normal es que la casi totalidad de los videos que salen en pantalla sean, o bien de músicos, guitarristas por lo general, o de matemáticos. Según nos dicen, eso pasa por la cosa de los algoritmos, es decir, que me tienen fichado. Sea como sea, yo echo una ojeada y ya estoy pillado: veo un enunciado interesante y, como si fuese un yonki, ya no puedo pensar en otra cosa que en resolverlo, o, si se me resiste, dejar correr el vídeo para ver por donde soplan los vientos. Después, impepinablemente, me cuelgo de los comentarios que ha suscitado la solución. Los hay de admiración, de critica o, también, sugiriendo soluciones alternativas. En resumidas cuentas, como digo, un yonki, o sea, cuando el hábito dio en ser adicción.
De eso va la vida, de la delgada línea que separa los hábitos de las adicciones. Y es que, si los hábitos hacen a los monjes de por vida, las adicciones hacen a los dioses por un instante, el que dura, dura.
lunes, 26 de octubre de 2026
Buscar tu sitio
Las enseñanzas de Don Juan, del misterioso Carlos Castañeda, fue un libro muy preciado por los finales de los sesenta y comienzos de los setenta del siglo pasado, cuando, quién más, quién menos, andaba todo el mundo poniéndose hasta el culo de cualquier sustancia que pudiese modificar la anodina percepción de la realidad. Claro, normal, ya que éramos la primera generación de hijos de la opulencia. Yo, como no hubiera podido ser menos dada mi insustancialidad, caí en la trampa de la moda y me agencié el libro. Otra cosa fue leerlo: a duras penas pude pasar de las treinta o cuarenta primeras páginas, lo cual me indica que, por muy adoctrinado que estuviese, todavía no lo estaba lo suficiente. Fuera como fuese, hubo un detalle en lo que leí que se me quedó grabado, y ese fue que, el maestro le explica al alumno, de una forma metafórica, lo difícil que es «encontrar tu sitio». Encontrar tu sitio en la vida, pensado con la perspectiva de los muchos años, podría ser lo que Gracián llama dar con tu «realce rey», o sea, aquello para lo que estás más dotado y que, si lo cultivas, te puede arreglar la vida en la medida que la vida puede ser arreglada.
Pues bien, en eso de encontrar mi sitio, aún sin habérmelo propuesto, he seguido las enseñanzas de Don Juan al pie de la letra. Al respecto, he necesitado llegar muy a las acaballas de la vida para poder sosegar un poco. Toda la vida de aquí para allá persiguiendo siempre algo que no sabía qué era. Pero, en fin, aquí estoy, en las últimas ya, cultivando mi realce rey que no sería otro que poner en limpio mis devaneos por el mundo por si pudieran servir de enseñanza a algún incauto de entre los muchos millones que pululan por ahí. Supongo que esa pudiera ser la ilusión que nos mantiene sobre la brecha a los nos dedicamos a escribir. Sea como sea, el caso es que ya va casi para los veinte años que, estando a la sazón aposentado en un pueblo castellano, di con esta píctima y confortativo, que diría Sancho, que es tener un blog en internet. Un blog vendría a ser como una especie de púlpito desde el que lanzar homilías a diestro y siniestro con la esperanza de que alguien se haga eco de ellas. Ya saben, el santo grial del reconocimiento.
Veinte años buscando también mi sitio, o mi santo grial, sin dejar, por supuesto, de dar tumbos. Los primeros balbuceos, allí en Castilla, en la frontera entre la Tierra de Campos y la Montaña Palentina, justo donde se inicia el Canal, que por eso titulé aquel blog Las Casas del Canal, porque vivía junto a las que habían sido albergue de los obreros que lo habían construido. Años, aquellos, de intensa exploración que intenté dejar plasmada en mis primeras homilías desde el púlpito recién hallado. A los tres años o así, comencé a notar fatiga de materiales y me dispuse a cambiar de tercio, como siempre, dejándome llevar del instinto de conservación; así fue como di con mis huesos en Camargo, tierra de aiguamolls —que así llaman los catalanes a las marismas— como corresponde a cualquier fondo de bahía, en este caso la de Santander. Lugar nuevo, blog nuevo, me dije, y comencé uno bajo el título de Camargo on my mind, así, parafraseando la célebre canción Georgia on My Mind... ¿a saber cómo vine a dar en semejante composición de lugar? Fuera como fuese, aquella aventura camarguesa no duró mucho y seguí dando tumbos que me hicieron interrumpir las homilías. Hasta que el mono se hizo sentir y, estando aposentado en no sé ya dónde, inicié otro blog al que puse por título lo primero que me vino a las mientes, Gimiendo en el tostador, una expresión de una fuerte connotación sexual... a saber en qué andaba por entonces. Aquel blog duró lo duró dura. Y seguía dando tumbos a la búsqueda de mi lugar. Una temporada en seco y comencé otro que titulé A la Flor del Berro, una expresión con la que me había quedado por aquello de que tiene algo que ver con andar descuidado a lo del santo grial sin darte cuenta de que estás a punto de caerte en donde es difícil salir. También duró lo que duró dura. Y, por fin, aposentado el culo, a la fuerza ahorcan, y después de un breve silencio, comencé otro de nombre La berza y el tocino. Lo de «mirar la berza y coger el tocino» es una expresión que hoy día se entiende mal porque el tocino está muy desprestigiado por la moderna dietética, pero para los romanos estaba claro y mucho más todavía para los de nuestro Siglo de Oro que sin duda la habían copiado de los romanos. Es una expresión que sirve para retratar muy bien a un tipo de gente, por así decirlo socialista, que quiere dar la impresión de ser generoso mirando la berza, como si fuese eso lo que va a coger, dejando la sustancia, el tocino, para los otros; pero no, era solo un querer dar la impresión: a la hora de la verdad trinca el tocino y la berza para los cerdos, o sea, los otros. ¿Les suena? Y ahí sigo, aunque...
Y es que, por el querer de los cielos, o lo que sea, se da el caso de que, de todos los blogs que les he citado, el que más gancho tuvo y, curiosamente, sigue teniendo, es el de Camargo on my mind: nunca dejó de tener visitas. Seguramente tiene que ver con el nombre. Y es por eso que he decidido retomarle y publicar en él las entradas que vengo haciendo en este blog. Un experimento como otro cualquiera para ver en qué acaba la cosa. Ya saben, buscando mi sitio hasta el último suspiro.
domingo, 25 de octubre de 2026
Tubilla del Agua
Separar el grano de la paja de forma, digamos, industrial, no solo supuso poner el pan a disposición de la gente del común, también fue un procedimiento para conservar los alimentos, lo cual es el fundamento del sedentarismo. Y, con el sedentarismo, ya se tuvo la oportunidad de separar el grano de la paja no solo, literalmente, en la era, sino, también, metafóricamente hablando, dentro de la cabeza de la gente. De hecho, cuando alguien tiene el estómago servido y un razonable acomodo para el cuerpo, es inevitable que se ponga a trillar, y luego a aventar, las ideas con la intención de encontrar algo medianamente digerible.
De hecho, con tanto tiempo libre por delante como hay ahora, no solemos hacer otra cosa que trillar y aventar las ideas que encontramos por ahí a nada que nos pongamos a curiosear. Porque ese es el asunto, que el ocio nos convierte, una de dos, en borrachos o en curiosos impertinentes al mejor estilo cervantino. Así es que, nos empeñamos en querer saber lo que no tiene sentido y, además, es peligroso. Como le pasó a Candaules, aquel rey de Lidia, que de puro curioso que era se quedó sin mujer, sin reino y, por demás, sin vida. Y es que, a las ideas que hay ahora por ahí, les pasa lo mismo que le pasó al grano el siglo pasado que, del candeal —diez sacos de cosecha, por saco de semilla—, se pasó al harinero —treinta sacos de cosecha por saco de semilla—. Todo lo que se ganó en cantidad se perdió en enjundia. El que ha conocido aquellas hogazas que vendían en la panadería de Tubilla del Agua, allá por los años sesenta del siglo pasado, que no le hablen de masa madre y todas esas mierdas que nos quieren meter dobladas los panaderos de hogaño. Comprabas una hagaza y tenías para diez días y, cada día que pasaba, el pan estaba más rico.
Pensaba en estas cosas, porque al no poder ya uno agarrar la bicicleta y lanzarse a recorrer los campos de Castilla, tiene que pasar muchas horas sentado en el reclinable de Ikea curioseando por aquí y por allá, mayormente las redes sociales. Entro en YouTube y me pongo a trillar y, luego, venteo lo trillado y, lo que queda, me lo meriendo con la esperanza de que no me indigeste. Ya les he dicho hasta la saciedad que la música y las matemáticas son el grueso de mi dieta. Pero, a veces, no me puedo contener y me trago un chuche que, si solo es uno, no pasa nada, pero ese es el tema, poder parar cuando has comenzado... como el pelo de coño, los chuches tiran más que carreta de bueyes o soga de marinero. Y a la que te te descuidas estás tragándote las últimas declaraciones de fulanito que maldita la gracia que te hacen.
En fin, hay que volver a comprar el pan en Tubilla del Agua, que allí sí que sabían separar el trigo de la paja.
viernes, 23 de octubre de 2026
Estamos peleando
Estaba ayer escribiendo en este blog, cuando, porque algo toqué inadvertidamente, o por lo que fuera que fuese, de pronto apareció en pantalla un informe hecho por la IA sobre este mismo blog. Lo leí y quedé patidifuso. No sé si habrá humano que hubiese sido capaz de ser tan aquilatado e, incluso, puntilloso; lo que sí sé, a ciencia cierta, es que, si el informe lo hubiera hecho yo, por comparación, hubiese sido un churro. Me quedé un tanto mosca, preguntándome por el sentido de todo esto: ¿realmente merece la pena seguir adelante?
Nunca se me va de la cabeza aquella película protagonizada por Kirk Douglas de título "Lonely are the Brave", que fue traducido al español como "Los valientes andan solos". La película es una especie de Ingenioso Hidalgo contemporáneo en la que hasta el Sancho resulta ser un bluff. Hay una escena, creo recordar que es al inicio, en la que se ve al protagonista en su condición de vaquero, tranquilamente recostado en su silla, mascando el tallo de una yerba mientras contempla las extensas praderas que tiene por delante. En esto que levanta la vista al cielo y ¿qué es lo que ve? Pues las estelas que va dejando un avión a reacción. Es una película de los primeros sesenta del siglo pasado: un mundo que no había acabado de irse y otro que ya estaba aquí con toda su prepotencia. Al final, el vaquero, después de vivir su epopeya, acaba de mala manera, de la forma más tonta. Algo así como la aventura de los molinos de viento.
Es, salvando las distancias, como esos pobres chavales que se han apoltronado en la Puerta de Sol, con sus quechuas por toda armadura; escuchaba ayer a uno de ellos que decía: aquí estamos peleando por nuestro futuro. Ya he oído varias veces estos últimos días lo de «aquí estamos peleando». ¡Bonita manera de pelear! Me recuerdan a Guzmán de Alfarache cuanto trocaba al trascantón. Pero, en fin, el caso es ese, que no hay manera de que algunos, o muchos, bajen de las nubes o, si mejor quieren, acepten la realidad tal cual es.
En resumidas cuentas, que el mundo sigue su curso y no hay mayor tontería que ponerse de frente a él para intentar cerrarle el paso. Así, de todas, todas, te arrollará. Lo suyo es, como siempre fue, pedir la protección de la diosa Atenea para que te ayude a hacerte a un lado desde el que poder observar, meditar y, a la postre, echar mano de lo que pudiera servirte sin pagar por ello un precio excesivo. ¡Ay, el precio! ¡Qué poco lo solemos tener en cuenta cuando las ganas de joder aprietan! Ya digo, ¡estamos peleando!
domingo, 27 de septiembre de 2026
El humanismo
Cortesía del blog «La berza y el tocino» pjechanove.blogspot.com
Dice Juan: «Somos buenos. Nos fiamos de todo el mundo y eso es peligroso.»
La ecuación que tenemos en la pizarra es de las que se denominan irracionales y, como con todo lo que es irracional, hay que andarse con cuidado. Y no por nada, sino porque hay por ahí mucho profesor fatuo que resuelve con tal seguridad que deja a sus alumnos convencidos de que tienen delante a un genio. El problema es que, con lo irracional, lo mismo encuentras dos soluciones a lo que solo tiene una o, bien, solo una a lo que tiene dos o más. Por eso es por lo que dice Juan, que además de matemático es un humanista, que no hay que fiarse de cualquiera. De hecho, se ha dedicado a corregir a algunos de esos profesores que iban sobrados, lo cual le valió, en principio, no pocas acusaciones por parte, no solo de esos profesores sino, también, de su seducido alumnado. Hasta de racista le tildaron, por ser algunos de esos profesores corregidos de etnia diversa a la de Juan. Al final, como suele pasar cuando el humanismo anda por medio, la verdad prevaleció y todos quedaron muy amigos.
Me dirán ustedes, ¿y qué demonios es eso del humanismo? Pues les diré lo que yo pienso al respecto: algo muy simple y a la vez casi imposible si nos salimos del campo de las matemáticas: la búsqueda de la verdad de las cosas. Ya lo advierte Pessoa, que los únicos problemas que tienen solución son los de matemáticas. En pasando a la realidad, es tan endemoniadamente compleja que, cuando nos ponemos a desentrañarla, es prácticamente imposible no dejar multitud de cabos sueltos. Por eso hay que andarse con tanto cuidado con toda esa gentuza que anda por ahí vendiendo soluciones a problemas que, de tenerla, solo los hados la conocen.
Marañón decía que el médico que solo es médico, ni médico es. Yo diría que el noventa y nueve por ciento de los médicos con los que he tratado, ni siquiera eran médicos, precisamente porque solo sabían ser médicos. No se les ocurría que, para serlo, necesitaban interesarse por la difícil búsqueda de la verdad; de lo contrario, como sostiene Cervates, harta plaga.
Bueno, pues esa es la cuestión, que no se puede ser cualquier cosa que se pretenda ser si no ponemos en el centro de nuestros anhelos la búsqueda de la verdad por el único procedimiento a nuestro alcance: recurrir a los maestros muertos. ¿Cuántos de los maestros de los que pretenden enseñar en nuestras escuelas han leído y releído El Criticón de Gracián? No creo, siendo optimista, que sobrepasen la media docena en toda España. Pues esa, señaros y soñeras, podría ser una de las razones del estrepitoso fracaso del sistema educativo que dicen ser público, o sea, gratuito, es decir, sostenido con dinero caído del cielo. Los maestros en ejercicio no necesitan leer a Gracián porque viven convencidos de que con la verdad que les ha dado el Pedro Sánchez de turno les sobra y basta para llevar a cabo su función.
El humanismo, esa inquietud por la escurridiza verdad, es la madre de las decisiones sensatas. Reflexionar sobre el cúmulo de experiencias que nos legaron nuestros antepasados es una buena manera de aprender a conocer nuestras limitaciones, lo cual es lo que nos da alguna posibilidad de liberarnos en cierta medida de nuestra imbecilidad congénita... en fin, vete tú a saber hasta qué punto.


