domingo, 25 de octubre de 2026

Tubilla del Agua




Descubrir el procedimiento para separar el grano de la paja es algo que debió costarle al ser humano muchos siglos, o milenios, de ensayos de prueba, error. El dar con la trilla y, luego, el aventar, tuvo que suponer un avance en el proceso civilizatorio de proporciones morrocotudas. Como casi todo lo importante, me imagino que fue cosa de los sumerios o cualquiera de aquellos pueblos que, venidos de las montañas al norte, se instalaron en los valles del sur. En cualquier caso, el procedimiento no se consiguió mejorar hasta hace bien poco: en los años cincuenta del siglo pasado, todavía se seguía practicando en muchos pueblos de España. Es probable que la panificación del grano se descubriese antes que la trilla y el aventeo, pero como, por entonces, separar el grano era tan penoso, supongo que el pan estaba al alcance de los reyes y poco más.

Separar el grano de la paja de forma, digamos, industrial, no solo supuso poner el pan a disposición de la gente del común, también fue un procedimiento para conservar los alimentos, lo cual es el fundamento del sedentarismo. Y, con el sedentarismo, ya se tuvo la oportunidad de separar el grano de la paja no solo, literalmente, en la era, sino, también, metafóricamente hablando, dentro de la cabeza de la gente. De hecho, cuando alguien tiene el estómago servido y un razonable acomodo para el cuerpo, es inevitable que se ponga a trillar, y luego a aventar, las ideas con la intención de encontrar algo medianamente digerible.

De hecho, con tanto tiempo libre por delante como hay ahora, no solemos hacer otra cosa que trillar y aventar las ideas que encontramos por ahí a nada que nos pongamos a curiosear. Porque ese es el asunto, que el ocio nos convierte, una de dos, en borrachos o en curiosos impertinentes al mejor estilo cervantino. Así es que, nos empeñamos en querer saber lo que no tiene sentido y, además, es peligroso. Como le pasó a Candaules, aquel rey de Lidia, que de puro curioso que era se quedó sin mujer, sin reino y, por demás, sin vida. Y es que, a las ideas que hay ahora por ahí, les pasa lo mismo que le pasó al grano el siglo pasado que, del candeal —diez sacos de cosecha, por saco de semilla—, se pasó al harinero —treinta sacos de cosecha por saco de semilla—. Todo lo que se ganó en cantidad se perdió en enjundia. El que ha conocido aquellas hogazas que vendían en la panadería de Tubilla del Agua, allá por los años sesenta del siglo pasado, que no le hablen de masa madre y todas esas mierdas que nos quieren meter dobladas los panaderos de hogaño. Comprabas una hagaza y tenías para diez días y, cada día que pasaba, el pan estaba más rico.

Pensaba en estas cosas, porque al no poder ya uno agarrar la bicicleta y lanzarse a recorrer los campos de Castilla, tiene que pasar muchas horas sentado en el reclinable de Ikea curioseando por aquí y por allá, mayormente las redes sociales. Entro en YouTube y me pongo a trillar y, luego, venteo lo trillado y, lo que queda, me lo meriendo con la esperanza de que no me indigeste. Ya les he dicho hasta la saciedad que la música y las matemáticas son el grueso de mi dieta. Pero, a veces, no me puedo contener y me trago un chuche que, si solo es uno, no pasa nada, pero ese es el tema, poder parar cuando has comenzado... como el pelo de coño, los chuches tiran más que carreta de bueyes o soga de marinero. Y a la que te te descuidas estás tragándote las últimas declaraciones de fulanito que maldita la gracia que te hacen.

En fin, hay que volver a comprar el pan en Tubilla del Agua, que allí sí que sabían separar el trigo de la paja. 

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