viernes, 11 de septiembre de 2026

El Cálculo lo cambia todo



Cortesía del blog La berza y el tocino




Veo en YouTube el título de un video: ¿Por qué el CÁLCULO lo CAMBIA TODO? No me puedo resistir y me tiro de cabeza. De chaval, en colegio, por supuesto que aprendí a diferenciar e integrar, pero de una forma mécanica que, no más que eso, era lo que necesitaba para aprobar la asignatura. Tuve compañeros que, seguramente, llegaron mucho más allá, es decir, entendieron el concepto, porque, si no, no hubieran podido estudiar ingeniería. Supongo que por esa carencia, la de no entender el concepto, fue que acabé estudiando medicina, profesión muy apropiada para los charlatanes.

Cuando andaba por los treinta y quise dedicarme a la fisiología respiratoria, una vez apropiado, fácilmente, de unos cuantos conceptos elementales, caí en la cuenta de ahí estaba mi tope; no sabía a qué era debido el no poder progresar, así que lo mandé todo aquello a paseo para poder dedicarme a otros menesteres más acordes con mis fantasias. Muchos años después, impulsado por un a modo de inspiración divina, me puse a estudiar matemáticas y no necesité llegar muy lejos para comprender en qué había consistido el tope que me había impedido progresar: el desconocimiento del cálculo.

Como todos ustedes saben sin necesidad de que nadie se lo haya tenido que explicar, todo en la vida está en proceso de cambio; y ese cambio nunca es constante: unas veces va más lento y otras más rápido. Pues bien, con el cálculo diferencial yo puedo calcular a qué velocidad va el cambio en el momento que me interese; cuando va a pasar de más rápido a menos rápido y viciversa; cuando va a dejar de aumentar para empezar a decrecer. Ese cambio de velocidad llevado a un sistema de cordenadas que representen el tiempo y el espacio nos da una curva. Pues bien, esa curva en un momento preciso es un punto sobre el que se apoya una tangente que tiene una inclinación determinada que yo puedo calcular. ¡Eh voilà! Ya tengo la velocidad a la que está cambiando ese proceso en ese intante que a mí me interesa.

Por otra parte, está la integración, lo que los antiguos llamaban el método de agotamiento. Calcular el área de una superficie limitada por líneas rectas es tarea sencilla; basta descomponer esa superficie en figuras geométricas sencillas, triángulos y cuadrados, y luego sumar los resultados. Pero ¿y si en vez de rectas las líneas son curvas? Entonces, para acercarte lo más posible a esa curva necesitas que las figuras geométricas sencillas sean infinitas... de ahí lo del agotamiento. En resumidas cuentas, las integrales son un método ingenioso que permite sumar esas infinitas figuras geométricas que son necesarias para rellenar el espacio que hay entre una recta y una curva o entre dos curvas.

Por supuesto que se puede vivir perfectamente sin saber estas cosas. Basta con que otros las sepan. Lo que pasa es que el ser humano, por lo que sea, tiene una propensión irreprimible a querer saber el porqué de las cosas. De hecho la invención de Dios es una consecuencia de esa propensión irreprimible. En teoría, Dios sería la explicación a todo aquello que somos imcapaces de encontrarsela... casi todo, por otra parte. Y ese es el asunto, que casi todo no es todo. Hay una porción de cosas a las que les podemos encontrar una explicación de por qué son como son y, el cálculo ha resultado ser una herramiente de incalculable, valga la rebuznancia, valor para, cuando no descubrir, sí afinar esas explicaciones.

En fin, ya les conté una vez que, un ganadero de un pueblo en el viví una temporada, utilizaba el cálculo diferencial para saber cuando dejaba de ser rentable aumentar la dosis alimenticia de sus bestias. Como el tipo era pariente de la profesora de matemáticas que por entonces tenía, un día vino a clase a expicarnos cómo se lo montaba y yo quedé patidifuso. Justo como yo me lo podía haber montado si hubiese sabido cálculo cuando me dedicaba a la fisiología. En fin, como se suele decir, más vale tarde que nunca.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Lo que dura, dura


Cortesía del blog La berza y el tocino 


«Con su pan se lo coma; no le arriendo la ganancia: día de juicio hay, donde todo saldrá en la colada, y entonces se verá quién fue Callejas...»

Rinconete le ha robado la bolsa al sacristán que le había contratado para que le llevase unos paquetes. El sacristán desesperado le pregunta si sabe algo, porque, además, se da el caso de que el dinero que iba en la bolsa era del tercio de una capellanía... o sea, seamos francos, dinero robado por la Iglesia so capa de ayudar a la gente a subir al cielo.

La Iglesia fue durante siglos la mafia hegemónica. Como ahora la política; ella ayudaba a la gente a subir al cielo y esta mafia de ahora la ayuda a conseguir el paraíso en la tierra. En definitiva, curas en aquel entonces, y políticos ahora, parasitando a la gente del común. Gente que, cuando no es tonta, como es el caso de Rinconete, echa mano del cinismo y con, con cara de palo, contesta al sacristán con las armas que la propia Iglesia le ha proporcionado: el miedo al juicio del día final. ¿Cómo voy a robar yo sabiendo que llegará el día que tendré que rendir cuentas ante Dios? Ahí, el sacristán, se queda sin argumentos so pena de confesar su embuste. ¡El juicio final! ¡Ya te digo! Como decía el otro, ¡cuán largo me lo fiais!

Es lo que tiene esto de las mafias que, más antes que tarde, la gente del común cae en la cuenta de que la mejor forma de convivir con ellas es el cinismo. O sea, combatiéndolas con sus propias armas. Por ejemplo, aquí, justo enfrente, vive una pareja por los cuarenta, debidamente tatuada, con su perro a la moda, que se pasan la vida tumbados en la cama; de vez en cuando entornan las contraventanas y corren las cortinas buscando discreción para sus expansiones amorosas... terminadas las cuales, desentornan las contraventanas, descorren las cortinas y, apoyados de codos en el alfeizar, se ponen a fumar un porro al alimón. Ellos, ¡benditos!, no hacen otra cosa que hacer honor al mito que les vende la actual mafia en el poder: el Estado del Bienestar. ¿No es eso lo que queréis? Pues nosotros lo compramos y aquí paz y después gloria.

En los últimos tiempos de mi padre, a veces le acompañaba en su paseo matutino por Rosales. El hombre apenas hablaba si no era para expresar un desengaño. Yo tampoco sabía qué decir, pero recuerdo que un día pensé que a lo que me acababa de decir le venía como de molde el chiste de cuánto dura un polvo. «¿Sabes cuánto dura un polvo?», le dije. Me miró como extrañado. «Pues lo que dura, dura», remate. Lo pilló al instante y fue la última vez que le vi reírse con ganas.

Pues bien, la lógica de las mafias es la del polvo: duran lo que dura, dura; después todo queda flácido y tal, pero que me quiten lo bailao. Y siempre estamos en eso: después de un polvo, otro; después de una mafia, otra. Y para mí que, esta que está en el machito ahora, ya se está quedando muy flácida... ni con Viagra se puede neutralizar la oleada de cinismo que al presente nos está señoreando. ¡A mí me das la paguita y como si te la machacas!

sábado, 5 de septiembre de 2026

Gastar codos

Cortesía del blog La berza y el tocino

«Jehová me poseía en el principio, / Ya antiguo, antes de sus obras. / Eternamente tuve el principado, desde el principio, / Antes de la tierra.»

En la religión, si es que así se puede llamar, de los judíos, tal como yo lo veo, el asunto central sería la Sabiduría. Ese, o esa, es su único Dios al que dedican todos sus esfuerzos. Porque ellos no le adoran gastándose el dinero de los contribuyentes en construir catedrales; lo que gastan ellos es codos frente a un libro.

«Yo amo a los que me aman, / Y me hallan los que temprano me buscan. / Las riquezas y la honra están conmigo; / Riquezas duraderas, y justicia. / Mejor es mi fruto que el oro, y que el oro refinado; / Y mi rédito mejor que la plata escogida, / Por vereda de justicia guiaré, / Por en medio de sendas de juicio, / Para hacer que los que me aman tengan su heredad, / Y que yo llene sus tesoros.»

Claro, entre la farfolla de las catedrales y el sacrificio de los codos hay distancias insalvables. Eso lo puede entender cualquiera. Y es que por mucho que acudas a la catedral a postrarte de hinojos ante el sagrario nunca conseguirás la riqueza del que se queda en casa gastando codos. Y, eso, jode.

Sí, el mundo odia al que gasta codos. Y cree que persiguiéndole solucionará sus problemas. Toda la historia de la humanidad ha consistido en negar que todo aquello de lo que la humanidad puede sentirse orgullosa se ha conseguido gastando codos. Se quiere hacer creer que fue debido a un rey guerrero, o a un político visionario, o a unos sindicatos combativos, o a unas sufragistas exaltadas: todo, pura mentira de resentido. Si no hubiesen existido unos cuantos, muy pocos, como Arquímedes, Galileo, Newton y así, seguiríamos subidos en las ramas de los árboles. Fueron ellos los que nos bajaron de allí. Y si un médico no hubiese caído en la cuenta de que si te lavabas bien las manos antes de atender un parto era mucho más probable que las mujeres no muriesen de postparto... con cosas así, y no con las sufragistas, se consiguió esto que llaman liberación del sexo femenino. Ejemplos por el estilo, hay millones, pero, si los explicitas, ¿qué va a ser entonces de todos los viven de contar el cuento de la buena pipa, eso sí, postrados de hinojos ante el sagrario de la catedral?

Uno debiera estar ya cansado de tanto que repetir lo obvio, pero, convencido de que será por el bien de la descendencia, quiero morir con las botas puestas. Quiero que ellos sepan que el conocimiento es lo único que puede aumentar nuestros días a la vez que los hace mucho más llevaderos.

miércoles, 12 de agosto de 2026

El egoísmo



Del blog «La berza y el tocino»

Sería por el año sesenta, o así, del siglo pasado cuando, recién comenzados mis estudios de medicina y estando de vacaciones, me tocó acompañar a mi padre a atender un parto en una cabaña de una cabecera, que así se llamaban los lugares en la parte alta de las montañas alrededor del pueblo. Mi padre iba en un caballo al que sujetaba por la brida el marido de la parturienta; yo iba detrás echando el bofe. En esto que vemos a un tipo que baja por la ladera a toda mecha ayudándose de un palo de pasiego. Al llegar a nosotros preguntó al de la parturienta si tenía a alguien enfermo en casa. No, le contestó, es que tengo a la mujer de parto. Entonces, el otro exclamó: ¡jo, menuda mina tienes en casa!

Aquí, en esta anécdota, está, a mi juicio, la explicación de la actual debacle de nuestras sociedades: parir hijos ha dejado de ser una mina, al menos, para sus padres. Éste es otro de los efectos secundarios, y no menor, de la implantación en todo occidente de los delirios emanados de lo que se conoce como marxismo cultural. A la gente del común le costó un par de generaciones caer en la cuenta, pero una vez caídos dijeron que el marrón se lo tragase otro. Porque mira que es marrón sacar a los hijos adelante; sobre todo si los beneficios de ese esfuerzo pasan de ser privados a ser públicos. Porque es que esa es la cuestión, que el futuro esfuerzo de los hijos ya no será para los padres sino para un ente abstracto llamado Estado que distribuye los beneficios de ese esfuerzo a su conveniencia. Pues, entonces, la cosa está clara, que tenga los hijos el Estado o, en su caso, que pague adecuadamente por tenerlos... no una paguita miserable, sino un sueldo acorde con el montón de horas de dedicación que la crianza de un hijo requiere.

Eso es todo, porque ni las leyes no escritas del cielo, que vendrían a ser el sentido común, ni, si vamos más al fondo de nuestra psique, el sentir de nuestras entrañas, soporta que se privatice el esfuerzo y se redistribuyan, o colectivicen, los beneficios que reporta ese esfuerzo. Es absurdo de toda absurdidad, que el que no haya tenido hijos vaya a cobrar la misma pensión que el que los ha tenido, porque el que no los tuvo, pudo ahorrarse el ingente capital que cuesta criarlos, amén, del cúmulo de preocupaciones que la crianza supone. No, dice la gente, si yo los crío, el sobrante de los beneficios de su futuro esfuerzo tiene que ser para mí y, el que no los tuvo, que viva de lo que tuvo la oportunidad de ahorrar. Por así decirlo, esa es la lógica de la naturaleza, del sentido común, o, como les decía, de las leyes no escritas del cielo.

Así que ya saben de dónde nos viene, al menos en parte, este vivir sin vivir en mí que nos produce el ver cómo lo que éramos se va diluyendo en una todo amorfo: del puto comunismo. Sí, lo siento mucho por los puros de corazón, pero la naturaleza, entre las muchas herramientas de que nos dotó, no ahorró en la del egoísmo. Bien es verdad que el egoísmo, como todas las demás características humanas, si se sale de madre, es un grave inconveniente tanto a nivel personal como colectivo, pero, en su justa medida, es clave en la consecución del objetivo para el que aquí estamos: la conservación de la especie. ¡Y no hay más qué rascar!

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Cosas que no puedo ser.



Cosas que no podría ser nunca:

Mormón: porque no pueden fumar ni beber ni tener relaciones sexuales prematrimoniales. 

De cualquier sitio: porque me niego a aceptar cualquier cosa impuesta, aunque sea por el azar. 

Cocinero: porque dado que todo lo que como me sabe a gloria, buena gana de andarse con remilgos.Y gastos y trabajos superfluos.

Médico: porque el contacto con la enfermedad me resulta insoportable. Y no digo ya cuando los enfermos son niños. 

Dandi: porque su concepto de la elegancia y buen gusto me parecen la quinta esencia de la horterada.

Pacifista: porque estoy convencido de que sin lucha, los buenos, que son muchos más, siempre acaban dominados por los malos. 

Creyente: porque me lo impide mi religión. 

Romántico: porque pienso que no hay nada más falso y patatero en este mundo que los sentimientos. 

Alternativo: porque me divierte estudiar.

Pequeño burgués: porque me resulta insoportable la idea de para siempre, sea lo que sea de lo que se trate. 

Bloguero: porque, ya digo, no puedo ser pequeño burgués.

martes, 6 de noviembre de 2012

De veritat vols això?



Es inevitable. Estés donde estés y con quien estés, el Pisuerga siempre acaba pasando por Valladolid y cualquiera de los presentes lo aprovecha para traer a colación la cosa, es decir, Cataluña. ¡Uf, qué cruz, madre mía! Como si todo el asunto no fuese la crónica de una muerte anunciada. 

Bueno, yo, como tenía sobradas razones para conocer el asunto de primera mano, se lo solía advertir a los que querían escucharme. Y si alguien, o sea, la mayoría, mostraba escepticismo, les añadía que esperasen un poco a la primera crisis económica que nunca tarda en llegar. Bien, la crisis ya está aquí, y a los hechos me remito. Y no es que me las quiera dar de Casandro o cosa por el estilo, no, es simplemente que como me gusta enfrentar la realidad in situ, sin prejuicios, suelo ver lo que hay. 

Ya digo, viene de lejos. El año 1918, un tal Francesc Pujols publica el 'Concepte General de la Ciència Catalana', donde establece la existencia de una corriente filosófica catalana, así, sin el menor sonrojo; en esta obra figura su célebre profecía según la cual los catalanes son seres de excepción por el hecho de ser hijos de la tierra de la verdad. Una de sus frases dice, textualmente: Llegará un día en que los catalanes, por el simple hecho de serlo, iremos por el mundo y lo tendremos todo pagado (Arribarà un dia que els catalans, pel sol fet de ser catalans, anirem pel món i ho tindrem tot pagat). Por eso, añade, es mucho mejor ser catalán que millonario. 

Cosas así de divertidas las hay como para llenar un libro más largo que la Biblia. Y lo mejor de todo es que hay muchas personas que lo toman por verdadero. Nunca olvidaré una conversación de sobremesa en un piso del Eixample en la que una colega nacida en Barcelona recordaba desolada el día más triste de su infancia: el día en el que se enteró que España era mayor que Cataluña. Ya digo, para empacharse. 

Y así es como de tanto abusar de la comedia andamos ya rozando la tragedia. Aunque no creo que la cosa vaya a llegar mucho más allá del roce. Al final los catalinos acabarán como un buscalíos que había en mi pueblo que, cuando veía que las cosas se habían salido de madre y le podía caer una paliza, decía a sus compañeros de francachela: agarrarme porque si no le mato.

En fin, teniendo hoy como tenemos el mayor espectáculo del mundo a golpe de telemando, buenas ganas de preocuparse de semejantes folletines. Espectáculo y sólo espectáculo revestido de trascendencia. Ganará Obama, Ganará Romey, y, la única diferencia será que se colocarán los del uno, se colocarán los del otro. Y a efectos prácticos para el común de los mortales, nada de nada. Pero pasaremos el rato. 

lunes, 5 de noviembre de 2012

Burn after reading



Reconozco que me gusta el cine. Desde niño, por así decirlo. Pero no soy ni mucho menos uno de esos apasionados al uso. Me he tirado largas temporadas sin catarlo y no sentía sentimiento alguno de carencia. Simplemente, supongo, era que tenía otras posibilidades de entretenimiento que me atraían más. Y luego, también, que quizá llegó una época, los años ochenta o así, en la que lo poco que veía me parecía una castaña. Era aquel cine que a los que venían de los ambientes conocidos como progres les dio por decir que era "fresco". ¿Fresco? ¿Qué demonios querían decir cuando decían fresco? A lo mejor que trataba temas como el de la homosexualidad o las drogas de una forma natural. O sea, sin aspavientos y más que nada en clave de comedia. Sí, en cualquier caso, dio para mucho lo de "fresco". Bueno, últimamente he escuchado lo de "poema". Que tal película es un poema. La repanocha, vamos. El caso es sintetizarlo todo en una palabra de moda y todos contentos porque todos lo entienden. En fin, vamos a dejarlo. 

El caso es que los últimos años, circunstancias obligan, no se puede dejar de lado la menor posibilidad que se presente de robarle unas horas, o minutos, al estado de conciencia de uno mismo en el que se tiende a quedar atrapado cuando la vida está instalada en el ocio permanente. Y el cine, qué duda cabe, es un buen instrumento al respecto. Uno se puede pasar un par de horas flotando en la nubes, más, luego, el más o menos largo rastro de impresiones mientras vas descendiendo a la realidad. Una bicoca, porque, además, no cuesta un duro. O casi. 

Y estando en esas, mayormente inmerso en las delicias del clasicismo, voy y me topo con los hermanos Coen, Joel y Ethan. Veo "Fargo", veo "El Gran Lewosky" y quedo prendado. Por fin algo contemporáneo que tiene que ver con el mundo en el que vivo. Es lo que hay, más cómico que trágico por muy trágico que sea. Anoche le tocó el turno a "Burn after reading". Un disparate. Pero es que qué otra cosa es todo este tinglado que tenemos montado. Las personas no podemos poner límite a nuestras ansias de placer. El entorno nos lo exige so pena de quiebra económica. Y claro, cuando se anda por las alturas, concretamente en los alrededores de Capitol Hill, porque no se equivoquen, todos andamos por ahí, desaparecen los tapujos y se va al grano, es decir a los orgasmos. Es lo que tiene este mundo, que internet mediante y demás, no es que nos metamos en la cama con Obama y Michelle, pero casi. En fin, que aquí estamos para gozar y todo lo que se haga en ese sentido va en la dirección correcta. Y no importa que la cosa acabe en tragedia porque pesa mucho más todo lo que nos hemos reído por el camino. Es lo que hay.