martes, 27 de octubre de 2026

Los hábitos


Siempre se dijo que es el hábito el que hace al monje. Yo diría que al monje y a todas las demás condiciones. A la hora de la verdad, somos lo que son nuestros hábitos. Claro está que la palabra hábito, como por otra parte pasa con casi todas las palabras, se presta a interpretaciones varias. Nos podemos estar refiriendo, como pasa con los monjes, a una indumentaria determinada. Y, también, a una costumbre cotidiana. A veces, como pasa con el monje, el barrendero, y tantas otras profesiones, la indumentaria sirve para definir unas costumbres; cuando yo era chaval, esa correlación era omnipresente: media humanidad iba por la calle debidamente uniformada para que todo el mundo supiese a qué se dedicaba, es decir, cuales eran sus hábitos. Hoy día, aunque todavía queda algo de ese gusto por los uniformes, la cosa está muy diluida; ya, hasta los curas se camuflan tras un traje de paisano. Claro que, aquí, tendríamos que hilar más fino, porque por mucho que se quiera camuflar un cura, o cualquier otra persona, tras cualquier indumentaria, esa misma indumentaria siempre tiene algo que delata en alguna medida los habitos, en el sentido de costumbres, de la persona que la lleva.

Habitos en el sentido de costumbres los hay para dar y tomar. Recuerdo que en mi pueblo había solteronas acomodadas que, con velo calzado, no perdonaban misa pequeña —la de las ocho de la mañana— así se estuviesen vieniendo abajo los cielos. ¿Qué hubiese sido de ellas sin ese hábito? O aquellos varones de edad avanzada que a las siete de la mañana estaban como clavos a la puerta del bar que había en el piso bajo de la pensión en la que yo, debido a mis circunstancias del momento, me alojaba; esperaban, aparentemente pacientes, a que la ventera abriese y les llenase las copas con una pócima de su invención que devolvía a la vida a aquellos pobres desgraciados. Porque ese es el asunto, que los hábitos, sean los que sean, son fuente de vida... y también de muerte.

Y es que, uno, sin hábitos, anda por el mundo dando palos de ciego. Hoy aquí, mañana allá; hoy esto, mañana a lo que salga. Como las veletas, a merced del viento que sople. Por contra, con hábitos, uno tiene a qué agarrarse y, con ello, supuestamente, adquirir seguridad. Son dos opciones de vida que, si bien lo consideramos, no tiene por qué ser excluyentes. Uno puede ser veleta y, también, monje. De hecho, puede que todos seamos así... aunque cada cual tiré más en un sentido que el otro. En fin, como ven, el hábito de la palabrería como mero pasatiempo.

Pensaba en estas cosas porque, cuando abro el ordenador por las mañanas —hábito donde los haya— y me dirijo a YouTube —más hábito—, lo normal es que la casi totalidad de los videos que salen en pantalla sean, o bien de músicos, guitarristas por lo general, o de matemáticos. Según nos dicen, eso pasa por la cosa de los algoritmos, es decir, que me tienen fichado. Sea como sea, yo echo una ojeada y ya estoy pillado: veo un enunciado interesante y, como si fuese un yonki, ya no puedo pensar en otra cosa que en resolverlo, o, si se me resiste, dejar correr el vídeo para ver por donde soplan los vientos. Después, impepinablemente, me cuelgo de los comentarios que ha suscitado la solución. Los hay de admiración, de critica o, también, sugiriendo soluciones alternativas. En resumidas cuentas, como digo, un yonky, o sea, cuando el hábito dio en ser adiccion.

De eso va la vida, de la delgada línea que separa los hábitos de las adicciones. Y es que, si los hábitos hacen a los monjes de por vida, las adicciones hacen a los dioses por un instante, el que dura, dura. 

lunes, 26 de octubre de 2026

Buscar tu sitio



Las enseñanzas de Don Juan, del misterioso Carlos Castañeda, fue un libro muy preciado por los finales de los sesenta y comienzos de los setenta del siglo pasado, cuando, quién más, quién menos, andaba todo el mundo poniéndose hasta el culo de cualquier sustancia que pudiese modificar la anodina percepción de la realidad. Claro, normal, ya que éramos la primera generación de hijos de la opulencia. Yo, como no hubiera podido ser menos dada mi insustancialidad, caí en la trampa de la moda y me agencié el libro. Otra cosa fue leerlo: a duras penas pude pasar de las treinta o cuarenta primeras páginas, lo cual me indica que, por muy adoctrinado que estuviese, todavía no lo estaba lo suficiente. Fuera como fuese, hubo un detalle en lo que leí que se me quedó grabado, y ese fue que, el maestro le explica al alumno, de una forma metafórica, lo difícil que es «encontrar tu sitio». Encontrar tu sitio en la vida, pensado con la perspectiva de los muchos años, podría ser lo que Gracián llama dar con tu «realce rey», o sea, aquello para lo que estás más dotado y que, si lo cultivas, te puede arreglar la vida en la medida que la vida puede ser arreglada.

Pues bien, en eso de encontrar mi sitio, aún sin habérmelo propuesto, he seguido las enseñanzas de Don Juan al pie de la letra. Al respecto, he necesitado llegar muy a las acaballas de la vida para poder sosegar un poco. Toda la vida de aquí para allá persiguiendo siempre algo que no sabía qué era. Pero, en fin, aquí estoy, en las últimas ya, cultivando mi realce rey que no sería otro que poner en limpio mis devaneos por el mundo por si pudieran servir de enseñanza a algún incauto de entre los muchos millones que pululan por ahí. Supongo que esa pudiera ser la ilusión que nos mantiene sobre la brecha a los nos dedicamos a escribir. Sea como sea, el caso es que ya va casi para los veinte años que, estando a la sazón aposentado en un pueblo castellano, di con esta píctima y confortativo, que diría Sancho, que es tener un blog en internet. Un blog vendría a ser como una especie de púlpito desde el que lanzar homilías a diestro y siniestro con la esperanza de que alguien se haga eco de ellas. Ya saben, el santo grial del reconocimiento.

Veinte años buscando también mi sitio, o mi santo grial, sin dejar, por supuesto, de dar tumbos. Los primeros balbuceos, allí en Castilla, en la frontera entre la Tierra de Campos y la Montaña Palentina, justo donde se inicia el Canal, que por eso titulé aquel blog Las Casas del Canal, porque vivía junto a las que habían sido albergue de los obreros que lo habían construido. Años, aquellos, de intensa exploración que intenté dejar plasmada en mis primeras homilías desde el púlpito recién hallado. A los tres años o así, comencé a notar fatiga de materiales y me dispuse a cambiar de tercio, como siempre, dejándome llevar del instinto de conservación; así fue como di con mis huesos en Camargo, tierra de aiguamolls —que así llaman los catalanes a las marismas— como corresponde a cualquier fondo de bahía, en este caso la de Santander. Lugar nuevo, blog nuevo, me dije, y comencé uno bajo el título de Camargo on my mind, así, parafraseando la célebre canción Georgia on My Mind... ¿a saber cómo vine a dar en semejante composición de lugar? Fuera como fuese, aquella aventura camarguesa no duró mucho y seguí dando tumbos que me hicieron interrumpir las homilías. Hasta que el mono se hizo sentir y, estando aposentado en no sé ya dónde, inicié otro blog al que puse por título lo primero que me vino a las mientes, Gimiendo en el tostador, una expresión de una fuerte connotación sexual... a saber en qué andaba por entonces. Aquel blog duró lo duró dura. Y seguía dando tumbos a la búsqueda de mi lugar. Una temporada en seco y comencé otro que titulé A la Flor del Berro, una expresión con la que me había quedado por aquello de que tiene algo que ver con andar descuidado a lo del santo grial sin darte cuenta de que estás a punto de caerte en donde es difícil salir. También duró lo que duró dura. Y, por fin, aposentado el culo, a la fuerza ahorcan, y después de un breve silencio, comencé otro de nombre La berza y el tocino. Lo de «mirar la berza y coger el tocino» es una expresión que hoy día se entiende mal porque el tocino está muy desprestigiado por la moderna dietética, pero para los romanos estaba claro y mucho más todavía para los de nuestro Siglo de Oro que sin duda la habían copiado de los romanos. Es una expresión que sirve para retratar muy bien a un tipo de gente, por así decirlo socialista, que quiere dar la impresión de ser generoso mirando la berza, como si fuese eso lo que va a coger, dejando la sustancia, el tocino, para los otros; pero no, era solo un querer dar la impresión: a la hora de la verdad trinca el tocino y la berza para los cerdos, o sea, los otros. ¿Les suena? Y ahí sigo, aunque...

Y es que, por el querer de los cielos, o lo que sea, se da el caso de que, de todos los blogs que les he citado, el que más gancho tuvo y, curiosamente, sigue teniendo, es el de Camargo on my mind: nunca dejó de tener visitas. Seguramente tiene que ver con el nombre. Y es por eso que he decidido retomarle y publicar en él las entradas que vengo haciendo en este blog. Un experimento como otro cualquiera para ver en qué acaba la cosa. Ya saben, buscando mi sitio hasta el último suspiro.

domingo, 25 de octubre de 2026

Tubilla del Agua




Descubrir el procedimiento para separar el grano de la paja es algo que debió costarle al ser humano muchos siglos, o milenios, de ensayos de prueba, error. El dar con la trilla y, luego, el aventar, tuvo que suponer un avance en el proceso civilizatorio de proporciones morrocotudas. Como casi todo lo importante, me imagino que fue cosa de los sumerios o cualquiera de aquellos pueblos que, venidos de las montañas al norte, se instalaron en los valles del sur. En cualquier caso, el procedimiento no se consiguió mejorar hasta hace bien poco: en los años cincuenta del siglo pasado, todavía se seguía practicando en muchos pueblos de España. Es probable que la panificación del grano se descubriese antes que la trilla y el aventeo, pero como, por entonces, separar el grano era tan penoso, supongo que el pan estaba al alcance de los reyes y poco más.

Separar el grano de la paja de forma, digamos, industrial, no solo supuso poner el pan a disposición de la gente del común, también fue un procedimiento para conservar los alimentos, lo cual es el fundamento del sedentarismo. Y, con el sedentarismo, ya se tuvo la oportunidad de separar el grano de la paja no solo, literalmente, en la era, sino, también, metafóricamente hablando, dentro de la cabeza de la gente. De hecho, cuando alguien tiene el estómago servido y un razonable acomodo para el cuerpo, es inevitable que se ponga a trillar, y luego a aventar, las ideas con la intención de encontrar algo medianamente digerible.

De hecho, con tanto tiempo libre por delante como hay ahora, no solemos hacer otra cosa que trillar y aventar las ideas que encontramos por ahí a nada que nos pongamos a curiosear. Porque ese es el asunto, que el ocio nos convierte, una de dos, en borrachos o en curiosos impertinentes al mejor estilo cervantino. Así es que, nos empeñamos en querer saber lo que no tiene sentido y, además, es peligroso. Como le pasó a Candaules, aquel rey de Lidia, que de puro curioso que era se quedó sin mujer, sin reino y, por demás, sin vida. Y es que, a las ideas que hay ahora por ahí, les pasa lo mismo que le pasó al grano el siglo pasado que, del candeal —diez sacos de cosecha, por saco de semilla—, se pasó al harinero —treinta sacos de cosecha por saco de semilla—. Todo lo que se ganó en cantidad se perdió en enjundia. El que ha conocido aquellas hogazas que vendían en la panadería de Tubilla del Agua, allá por los años sesenta del siglo pasado, que no le hablen de masa madre y todas esas mierdas que nos quieren meter dobladas los panaderos de hogaño. Comprabas una hagaza y tenías para diez días y, cada día que pasaba, el pan estaba más rico.

Pensaba en estas cosas, porque al no poder ya uno agarrar la bicicleta y lanzarse a recorrer los campos de Castilla, tiene que pasar muchas horas sentado en el reclinable de Ikea curioseando por aquí y por allá, mayormente las redes sociales. Entro en YouTube y me pongo a trillar y, luego, venteo lo trillado y, lo que queda, me lo meriendo con la esperanza de que no me indigeste. Ya les he dicho hasta la saciedad que la música y las matemáticas son el grueso de mi dieta. Pero, a veces, no me puedo contener y me trago un chuche que, si solo es uno, no pasa nada, pero ese es el tema, poder parar cuando has comenzado... como el pelo de coño, los chuches tiran más que carreta de bueyes o soga de marinero. Y a la que te te descuidas estás tragándote las últimas declaraciones de fulanito que maldita la gracia que te hacen.

En fin, hay que volver a comprar el pan en Tubilla del Agua, que allí sí que sabían separar el trigo de la paja. 

viernes, 23 de octubre de 2026

Estamos peleando

Cortesía del Blog La berza y el tocino

Estaba ayer escribiendo en este blog, cuando, porque algo toqué inadvertidamente, o por lo que fuera que fuese, de pronto apareció en pantalla un informe hecho por la IA sobre este mismo blog. Lo leí y quedé patidifuso. No sé si habrá humano que hubiese sido capaz de ser tan aquilatado e, incluso, puntilloso; lo que sí sé, a ciencia cierta, es que, si el informe lo hubiera hecho yo, por comparación, hubiese sido un churro. Me quedé un tanto mosca, preguntándome por el sentido de todo esto: ¿realmente merece la pena seguir adelante?

Nunca se me va de la cabeza aquella película protagonizada por Kirk Douglas de título "Lonely are the Brave", que fue traducido al español como "Los valientes andan solos". La película es una especie de Ingenioso Hidalgo contemporáneo en la que hasta el Sancho resulta ser un bluff. Hay una escena, creo recordar que es al inicio, en la que se ve al protagonista en su condición de vaquero, tranquilamente recostado en su silla, mascando el tallo de una yerba mientras contempla las extensas praderas que tiene por delante. En esto que levanta la vista al cielo y ¿qué es lo que ve? Pues las estelas que va dejando un avión a reacción. Es una película de los primeros sesenta del siglo pasado: un mundo que no había acabado de irse y otro que ya estaba aquí con toda su prepotencia. Al final, el vaquero, después de vivir su epopeya, acaba de mala manera, de la forma más tonta. Algo así como la aventura de los molinos de viento.

Es, salvando las distancias, como esos pobres chavales que se han apoltronado en la Puerta de Sol, con sus quechuas por toda armadura; escuchaba ayer a uno de ellos que decía: aquí estamos peleando por nuestro futuro. Ya he oído varias veces estos últimos días lo de «aquí estamos peleando». ¡Bonita manera de pelear! Me recuerdan a Guzmán de Alfarache cuanto trocaba al trascantón. Pero, en fin, el caso es ese, que no hay manera de que algunos, o muchos, bajen de las nubes o, si mejor quieren, acepten la realidad tal cual es.

En resumidas cuentas, que el mundo sigue su curso y no hay mayor tontería que ponerse de frente a él para intentar cerrarle el paso. Así, de todas, todas, te arrollará. Lo suyo es, como siempre fue, pedir la protección de la diosa Atenea para que te ayude a hacerte a un lado desde el que poder observar, meditar y, a la postre, echar mano de lo que pudiera servirte sin pagar por ello un precio excesivo. ¡Ay, el precio! ¡Qué poco lo solemos tener en cuenta cuando las ganas de joder aprietan! Ya digo, ¡estamos peleando!

domingo, 27 de septiembre de 2026

El humanismo

 




Cortesía del blog «La berza y el tocino» pjechanove.blogspot.com

Dice Juan: «Somos buenos. Nos fiamos de todo el mundo y eso es peligroso.»

La ecuación que tenemos en la pizarra es de las que se denominan irracionales y, como con todo lo que es irracional, hay que andarse con cuidado. Y no por nada, sino porque hay por ahí mucho profesor fatuo que resuelve con tal seguridad que deja a sus alumnos convencidos de que tienen delante a un genio. El problema es que, con lo irracional, lo mismo encuentras dos soluciones a lo que solo tiene una o, bien, solo una a lo que tiene dos o más. Por eso es por lo que dice Juan, que además de matemático es un humanista, que no hay que fiarse de cualquiera. De hecho, se ha dedicado a corregir a algunos de esos profesores que iban sobrados, lo cual le valió, en principio, no pocas acusaciones por parte, no solo de esos profesores sino, también, de su seducido alumnado. Hasta de racista le tildaron, por ser algunos de esos profesores corregidos de etnia diversa a la de Juan. Al final, como suele pasar cuando el humanismo anda por medio, la verdad prevaleció y todos quedaron muy amigos.

Me dirán ustedes, ¿y qué demonios es eso del humanismo? Pues les diré lo que yo pienso al respecto: algo muy simple y a la vez casi imposible si nos salimos del campo de las matemáticas: la búsqueda de la verdad de las cosas. Ya lo advierte Pessoa, que los únicos problemas que tienen solución son los de matemáticas. En pasando a la realidad, es tan endemoniadamente compleja que, cuando nos ponemos a desentrañarla, es prácticamente imposible no dejar multitud de cabos sueltos. Por eso hay que andarse con tanto cuidado con toda esa gentuza que anda por ahí vendiendo soluciones a problemas que, de tenerla, solo los hados la conocen.

Marañón decía que el médico que solo es médico, ni médico es. Yo diría que el noventa y nueve por ciento de los médicos con los que he tratado, ni siquiera eran médicos, precisamente porque solo sabían ser médicos. No se les ocurría que, para serlo, necesitaban interesarse por la difícil búsqueda de la verdad; de lo contrario, como sostiene Cervates, harta plaga.

Bueno, pues esa es la cuestión, que no se puede ser cualquier cosa que se pretenda ser si no ponemos en el centro de nuestros anhelos la búsqueda de la verdad por el único procedimiento a nuestro alcance: recurrir a los maestros muertos. ¿Cuántos de los maestros de los que pretenden enseñar en nuestras escuelas han leído y releído El Criticón de Gracián? No creo, siendo optimista, que sobrepasen la media docena en toda España. Pues esa, señaros y soñeras, podría ser una de las razones del estrepitoso fracaso del sistema educativo que dicen ser público, o sea, gratuito, es decir, sostenido con dinero caído del cielo. Los maestros en ejercicio no necesitan leer a Gracián porque viven convencidos de que con la verdad que les ha dado el Pedro Sánchez de turno les sobra y basta para llevar a cabo su función.

El humanismo, esa inquietud por la escurridiza verdad, es la madre de las decisiones sensatas. Reflexionar sobre el cúmulo de experiencias que nos legaron nuestros antepasados es una buena manera de aprender a conocer nuestras limitaciones, lo cual es lo que nos da alguna posibilidad de liberarnos en cierta medida de nuestra imbecilidad congénita... en fin, vete tú a saber hasta qué punto.
 

lunes, 21 de septiembre de 2026

Hemipléjicos morales

Cortesía del blog La berza y el tocino


El otro día me apareció súbitamente en el teléfono un vídeo en el que se veía a un numeroso grupo de chiquillos con banderas de España y gritando: ¡judío que veo, judío que pateo! Me recordó mucho a aquella famosa película sobre el auge del nazismo, Cabaret. Claro, se da el caso de que el gobierno de la nazión, un acabado, donde los haya, modelo de nazismo, ha propagado por tierra, mar y aire, el venenoso bulo de que detrás de la invasión de Ceuta está el estado de Israel. O sea, ya hemos dado el siguiente paso: la manipulación de los adolescentes. A partir de ahí, ya solo hay que repartir las porras para poner a todo el mundo firme.

Todo esto, claro está, no es otra cosa que una de las consecuencias de la desesperación en la que está viviendo estos días la oligarquía de hierro que venía desde hace ya bastante tiempo metiéndosela doblada al personal sin que el personal se enterase para nada... ya saben, con la milonga esa de la democracia: ¡son ustedes más libres que nunca!, ha sido el mantra que ha estado resonando en todos los altavoces mediaticos convenientemente engrasados con el dinero sacado a la fuerza de los bolsillos de la ciudadanía sumisa.

Los judíos, el tradicional chivo expiatorio. Nunca falla. ¿A quienes van a odiar más los que nunca satisfacen sus ansias de disfrute que a los que no creen en el disfrute como meta de su vida? Una gente malvada que pone en el cento de todas sus preocupaciones la educación de sus hijos. Ellos son tan desgraciados que no creen en otro cielo que el del recuerdo que dejan a los suyos de su paso por la tierra. Es eso lo que les incita a ser respetuosos con las leyes no escritas del cielo que, vendrían a ser, poco mas o menos, las que Dios dictó a Moisés en las cumbres del monte Sinaí.

Así que, no se dejen engañar, lo de Ceuta no es más que otra artimaña de la oligarquía desesperada en busca de chivos expiatorios. ¡Nos conviene que haya tensión!, comentó a micrófono abierto un tonto del culo que, inexplicablemente, había conseguido colarse entre esa oligarquía. Porque eso es otro de los signos premonitorios del derrumbe, que los tontos del culo se cuelen entre los que habían venido moviendo los hilos sigilosamente.

Dado todo lo cual, ahora ya solo nos queda esperar a ver cuántos judíos será preciso mandar a las cámaras de gas para que todo esto se sosiegue... aunque me parece a mí que esta vez va a haber mucha frustración entre el respetable, porque, los judíos, todo parece indicar que ya no están por la labor de dejarse hacer. A lo mejor, quién sabe, si les sustituyésemos por hemipléjicos morales, que decía Ortega, la cosa podría tirar hacia delante. ¡Gasear hemipléjicos morales! ¡Qué pasada!

viernes, 11 de septiembre de 2026

El Cálculo lo cambia todo



Cortesía del blog La berza y el tocino




Veo en YouTube el título de un video: ¿Por qué el CÁLCULO lo CAMBIA TODO? No me puedo resistir y me tiro de cabeza. De chaval, en colegio, por supuesto que aprendí a diferenciar e integrar, pero de una forma mécanica que, no más que eso, era lo que necesitaba para aprobar la asignatura. Tuve compañeros que, seguramente, llegaron mucho más allá, es decir, entendieron el concepto, porque, si no, no hubieran podido estudiar ingeniería. Supongo que por esa carencia, la de no entender el concepto, fue que acabé estudiando medicina, profesión muy apropiada para los charlatanes.

Cuando andaba por los treinta y quise dedicarme a la fisiología respiratoria, una vez apropiado, fácilmente, de unos cuantos conceptos elementales, caí en la cuenta de ahí estaba mi tope; no sabía a qué era debido el no poder progresar, así que lo mandé todo aquello a paseo para poder dedicarme a otros menesteres más acordes con mis fantasias. Muchos años después, impulsado por un a modo de inspiración divina, me puse a estudiar matemáticas y no necesité llegar muy lejos para comprender en qué había consistido el tope que me había impedido progresar: el desconocimiento del cálculo.

Como todos ustedes saben sin necesidad de que nadie se lo haya tenido que explicar, todo en la vida está en proceso de cambio; y ese cambio nunca es constante: unas veces va más lento y otras más rápido. Pues bien, con el cálculo diferencial yo puedo calcular a qué velocidad va el cambio en el momento que me interese; cuando va a pasar de más rápido a menos rápido y viciversa; cuando va a dejar de aumentar para empezar a decrecer. Ese cambio de velocidad llevado a un sistema de cordenadas que representen el tiempo y el espacio nos da una curva. Pues bien, esa curva en un momento preciso es un punto sobre el que se apoya una tangente que tiene una inclinación determinada que yo puedo calcular. ¡Eh voilà! Ya tengo la velocidad a la que está cambiando ese proceso en ese intante que a mí me interesa.

Por otra parte, está la integración, lo que los antiguos llamaban el método de agotamiento. Calcular el área de una superficie limitada por líneas rectas es tarea sencilla; basta descomponer esa superficie en figuras geométricas sencillas, triángulos y cuadrados, y luego sumar los resultados. Pero ¿y si en vez de rectas las líneas son curvas? Entonces, para acercarte lo más posible a esa curva necesitas que las figuras geométricas sencillas sean infinitas... de ahí lo del agotamiento. En resumidas cuentas, las integrales son un método ingenioso que permite sumar esas infinitas figuras geométricas que son necesarias para rellenar el espacio que hay entre una recta y una curva o entre dos curvas.

Por supuesto que se puede vivir perfectamente sin saber estas cosas. Basta con que otros las sepan. Lo que pasa es que el ser humano, por lo que sea, tiene una propensión irreprimible a querer saber el porqué de las cosas. De hecho la invención de Dios es una consecuencia de esa propensión irreprimible. En teoría, Dios sería la explicación a todo aquello que somos imcapaces de encontrarsela... casi todo, por otra parte. Y ese es el asunto, que casi todo no es todo. Hay una porción de cosas a las que les podemos encontrar una explicación de por qué son como son y, el cálculo ha resultado ser una herramiente de incalculable, valga la rebuznancia, valor para, cuando no descubrir, sí afinar esas explicaciones.

En fin, ya les conté una vez que, un ganadero de un pueblo en el viví una temporada, utilizaba el cálculo diferencial para saber cuando dejaba de ser rentable aumentar la dosis alimenticia de sus bestias. Como el tipo era pariente de la profesora de matemáticas que por entonces tenía, un día vino a clase a expicarnos cómo se lo montaba y yo quedé patidifuso. Justo como yo me lo podía haber montado si hubiese sabido cálculo cuando me dedicaba a la fisiología. En fin, como se suele decir, más vale tarde que nunca.