Cortesía del blog La berza y el tocino
Cuando andaba por los treinta y quise dedicarme a la fisiología respiratoria, una vez apropiado, fácilmente, de unos cuantos conceptos elementales, caí en la cuenta de ahí estaba mi tope; no sabía a qué era debido el no poder progresar, así que lo mandé todo aquello a paseo para poder dedicarme a otros menesteres más acordes con mis fantasias. Muchos años después, impulsado por un a modo de inspiración divina, me puse a estudiar matemáticas y no necesité llegar muy lejos para comprender en qué había consistido el tope que me había impedido progresar: el desconocimiento del cálculo.
Como todos ustedes saben sin necesidad de que nadie se lo haya tenido que explicar, todo en la vida está en proceso de cambio; y ese cambio nunca es constante: unas veces va más lento y otras más rápido. Pues bien, con el cálculo diferencial yo puedo calcular a qué velocidad va el cambio en el momento que me interese; cuando va a pasar de más rápido a menos rápido y viciversa; cuando va a dejar de aumentar para empezar a decrecer. Ese cambio de velocidad llevado a un sistema de cordenadas que representen el tiempo y el espacio nos da una curva. Pues bien, esa curva en un momento preciso es un punto sobre el que se apoya una tangente que tiene una inclinación determinada que yo puedo calcular. ¡Eh voilà! Ya tengo la velocidad a la que está cambiando ese proceso en ese intante que a mí me interesa.
Por otra parte, está la integración, lo que los antiguos llamaban el método de agotamiento. Calcular el área de una superficie limitada por líneas rectas es tarea sencilla; basta descomponer esa superficie en figuras geométricas sencillas, triángulos y cuadrados, y luego sumar los resultados. Pero ¿y si en vez de rectas las líneas son curvas? Entonces, para acercarte lo más posible a esa curva necesitas que las figuras geométricas sencillas sean infinitas... de ahí lo del agotamiento. En resumidas cuentas, las integrales son un método ingenioso que permite sumar esas infinitas figuras geométricas que son necesarias para rellenar el espacio que hay entre una recta y una curva o entre dos curvas.
Por supuesto que se puede vivir perfectamente sin saber estas cosas. Basta con que otros las sepan. Lo que pasa es que el ser humano, por lo que sea, tiene una propensión irreprimible a querer saber el porqué de las cosas. De hecho la invención de Dios es una consecuencia de esa propensión irreprimible. En teoría, Dios sería la explicación a todo aquello que somos imcapaces de encontrarsela... casi todo, por otra parte. Y ese es el asunto, que casi todo no es todo. Hay una porción de cosas a las que les podemos encontrar una explicación de por qué son como son y, el cálculo ha resultado ser una herramiente de incalculable, valga la rebuznancia, valor para, cuando no descubrir, sí afinar esas explicaciones.
En fin, ya les conté una vez que, un ganadero de un pueblo en el viví una temporada, utilizaba el cálculo diferencial para saber cuando dejaba de ser rentable aumentar la dosis alimenticia de sus bestias. Como el tipo era pariente de la profesora de matemáticas que por entonces tenía, un día vino a clase a expicarnos cómo se lo montaba y yo quedé patidifuso. Justo como yo me lo podía haber montado si hubiese sabido cálculo cuando me dedicaba a la fisiología. En fin, como se suele decir, más vale tarde que nunca.
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