Cortesía del blog «La berza y el tocino» pjechanove.blogspot.com
Dice Juan: «Somos buenos. Nos fiamos de todo el mundo y eso es peligroso.»
La ecuación que tenemos en la pizarra es de las que se denominan irracionales y, como con todo lo que es irracional, hay que andarse con cuidado. Y no por nada, sino porque hay por ahí mucho profesor fatuo que resuelve con tal seguridad que deja a sus alumnos convencidos de que tienen delante a un genio. El problema es que, con lo irracional, lo mismo encuentras dos soluciones a lo que solo tiene una o, bien, solo una a lo que tiene dos o más. Por eso es por lo que dice Juan, que además de matemático es un humanista, que no hay que fiarse de cualquiera. De hecho, se ha dedicado a corregir a algunos de esos profesores que iban sobrados, lo cual le valió, en principio, no pocas acusaciones por parte, no solo de esos profesores sino, también, de su seducido alumnado. Hasta de racista le tildaron, por ser algunos de esos profesores corregidos de etnia diversa a la de Juan. Al final, como suele pasar cuando el humanismo anda por medio, la verdad prevaleció y todos quedaron muy amigos.
Me dirán ustedes, ¿y qué demonios es eso del humanismo? Pues les diré lo que yo pienso al respecto: algo muy simple y a la vez casi imposible si nos salimos del campo de las matemáticas: la búsqueda de la verdad de las cosas. Ya lo advierte Pessoa, que los únicos problemas que tienen solución son los de matemáticas. En pasando a la realidad, es tan endemoniadamente compleja que, cuando nos ponemos a desentrañarla, es prácticamente imposible no dejar multitud de cabos sueltos. Por eso hay que andarse con tanto cuidado con toda esa gentuza que anda por ahí vendiendo soluciones a problemas que, de tenerla, solo los hados la conocen.
Marañón decía que el médico que solo es médico, ni médico es. Yo diría que el noventa y nueve por ciento de los médicos con los que he tratado, ni siquiera eran médicos, precisamente porque solo sabían ser médicos. No se les ocurría que, para serlo, necesitaban interesarse por la difícil búsqueda de la verdad; de lo contrario, como sostiene Cervates, harta plaga.
Bueno, pues esa es la cuestión, que no se puede ser cualquier cosa que se pretenda ser si no ponemos en el centro de nuestros anhelos la búsqueda de la verdad por el único procedimiento a nuestro alcance: recurrir a los maestros muertos. ¿Cuántos de los maestros de los que pretenden enseñar en nuestras escuelas han leído y releído El Criticón de Gracián? No creo, siendo optimista, que sobrepasen la media docena en toda España. Pues esa, señaros y soñeras, podría ser una de las razones del estrepitoso fracaso del sistema educativo que dicen ser público, o sea, gratuito, es decir, sostenido con dinero caído del cielo. Los maestros en ejercicio no necesitan leer a Gracián porque viven convencidos de que con la verdad que les ha dado el Pedro Sánchez de turno les sobra y basta para llevar a cabo su función.
El humanismo, esa inquietud por la escurridiza verdad, es la madre de las decisiones sensatas. Reflexionar sobre el cúmulo de experiencias que nos legaron nuestros antepasados es una buena manera de aprender a conocer nuestras limitaciones, lo cual es lo que nos da alguna posibilidad de liberarnos en cierta medida de nuestra imbecilidad congénita... en fin, vete tú a saber hasta qué punto.
domingo, 27 de septiembre de 2026
El humanismo
lunes, 21 de septiembre de 2026
Hemipléjicos morales
Cortesía del blog La berza y el tocino
El otro día me apareció súbitamente en el teléfono un vídeo en el que se veía a un numeroso grupo de chiquillos con banderas de España y gritando: ¡judío que veo, judío que pateo! Me recordó mucho a aquella famosa película sobre el auge del nazismo, Cabaret. Claro, se da el caso de que el gobierno de la nazión, un acabado, donde los haya, modelo de nazismo, ha propagado por tierra, mar y aire, el venenoso bulo de que detrás de la invasión de Ceuta está el estado de Israel. O sea, ya hemos dado el siguiente paso: la manipulación de los adolescentes. A partir de ahí, ya solo hay que repartir las porras para poner a todo el mundo firme.
Todo esto, claro está, no es otra cosa que una de las consecuencias de la desesperación en la que está viviendo estos días la oligarquía de hierro que venía desde hace ya bastante tiempo metiéndosela doblada al personal sin que el personal se enterase para nada... ya saben, con la milonga esa de la democracia: ¡son ustedes más libres que nunca!, ha sido el mantra que ha estado resonando en todos los altavoces mediaticos convenientemente engrasados con el dinero sacado a la fuerza de los bolsillos de la ciudadanía sumisa.
Los judíos, el tradicional chivo expiatorio. Nunca falla. ¿A quienes van a odiar más los que nunca satisfacen sus ansias de disfrute que a los que no creen en el disfrute como meta de su vida? Una gente malvada que pone en el cento de todas sus preocupaciones la educación de sus hijos. Ellos son tan desgraciados que no creen en otro cielo que el del recuerdo que dejan a los suyos de su paso por la tierra. Es eso lo que les incita a ser respetuosos con las leyes no escritas del cielo que, vendrían a ser, poco mas o menos, las que Dios dictó a Moisés en las cumbres del monte Sinaí.
Así que, no se dejen engañar, lo de Ceuta no es más que otra artimaña de la oligarquía desesperada en busca de chivos expiatorios. ¡Nos conviene que haya tensión!, comentó a micrófono abierto un tonto del culo que, inexplicablemente, había conseguido colarse entre esa oligarquía. Porque eso es otro de los signos premonitorios del derrumbe, que los tontos del culo se cuelen entre los que habían venido moviendo los hilos sigilosamente.
Dado todo lo cual, ahora ya solo nos queda esperar a ver cuántos judíos será preciso mandar a las cámaras de gas para que todo esto se sosiegue... aunque me parece a mí que esta vez va a haber mucha frustración entre el respetable, porque, los judíos, todo parece indicar que ya no están por la labor de dejarse hacer. A lo mejor, quién sabe, si les sustituyésemos por hemipléjicos morales, que decía Ortega, la cosa podría tirar hacia delante. ¡Gasear hemipléjicos morales! ¡Qué pasada!
El otro día me apareció súbitamente en el teléfono un vídeo en el que se veía a un numeroso grupo de chiquillos con banderas de España y gritando: ¡judío que veo, judío que pateo! Me recordó mucho a aquella famosa película sobre el auge del nazismo, Cabaret. Claro, se da el caso de que el gobierno de la nazión, un acabado, donde los haya, modelo de nazismo, ha propagado por tierra, mar y aire, el venenoso bulo de que detrás de la invasión de Ceuta está el estado de Israel. O sea, ya hemos dado el siguiente paso: la manipulación de los adolescentes. A partir de ahí, ya solo hay que repartir las porras para poner a todo el mundo firme.
Todo esto, claro está, no es otra cosa que una de las consecuencias de la desesperación en la que está viviendo estos días la oligarquía de hierro que venía desde hace ya bastante tiempo metiéndosela doblada al personal sin que el personal se enterase para nada... ya saben, con la milonga esa de la democracia: ¡son ustedes más libres que nunca!, ha sido el mantra que ha estado resonando en todos los altavoces mediaticos convenientemente engrasados con el dinero sacado a la fuerza de los bolsillos de la ciudadanía sumisa.
Los judíos, el tradicional chivo expiatorio. Nunca falla. ¿A quienes van a odiar más los que nunca satisfacen sus ansias de disfrute que a los que no creen en el disfrute como meta de su vida? Una gente malvada que pone en el cento de todas sus preocupaciones la educación de sus hijos. Ellos son tan desgraciados que no creen en otro cielo que el del recuerdo que dejan a los suyos de su paso por la tierra. Es eso lo que les incita a ser respetuosos con las leyes no escritas del cielo que, vendrían a ser, poco mas o menos, las que Dios dictó a Moisés en las cumbres del monte Sinaí.
Así que, no se dejen engañar, lo de Ceuta no es más que otra artimaña de la oligarquía desesperada en busca de chivos expiatorios. ¡Nos conviene que haya tensión!, comentó a micrófono abierto un tonto del culo que, inexplicablemente, había conseguido colarse entre esa oligarquía. Porque eso es otro de los signos premonitorios del derrumbe, que los tontos del culo se cuelen entre los que habían venido moviendo los hilos sigilosamente.
Dado todo lo cual, ahora ya solo nos queda esperar a ver cuántos judíos será preciso mandar a las cámaras de gas para que todo esto se sosiegue... aunque me parece a mí que esta vez va a haber mucha frustración entre el respetable, porque, los judíos, todo parece indicar que ya no están por la labor de dejarse hacer. A lo mejor, quién sabe, si les sustituyésemos por hemipléjicos morales, que decía Ortega, la cosa podría tirar hacia delante. ¡Gasear hemipléjicos morales! ¡Qué pasada!
viernes, 11 de septiembre de 2026
El Cálculo lo cambia todo
Cortesía del blog La berza y el tocino
Cuando andaba por los treinta y quise dedicarme a la fisiología respiratoria, una vez apropiado, fácilmente, de unos cuantos conceptos elementales, caí en la cuenta de ahí estaba mi tope; no sabía a qué era debido el no poder progresar, así que lo mandé todo aquello a paseo para poder dedicarme a otros menesteres más acordes con mis fantasias. Muchos años después, impulsado por un a modo de inspiración divina, me puse a estudiar matemáticas y no necesité llegar muy lejos para comprender en qué había consistido el tope que me había impedido progresar: el desconocimiento del cálculo.
Como todos ustedes saben sin necesidad de que nadie se lo haya tenido que explicar, todo en la vida está en proceso de cambio; y ese cambio nunca es constante: unas veces va más lento y otras más rápido. Pues bien, con el cálculo diferencial yo puedo calcular a qué velocidad va el cambio en el momento que me interese; cuando va a pasar de más rápido a menos rápido y viciversa; cuando va a dejar de aumentar para empezar a decrecer. Ese cambio de velocidad llevado a un sistema de cordenadas que representen el tiempo y el espacio nos da una curva. Pues bien, esa curva en un momento preciso es un punto sobre el que se apoya una tangente que tiene una inclinación determinada que yo puedo calcular. ¡Eh voilà! Ya tengo la velocidad a la que está cambiando ese proceso en ese intante que a mí me interesa.
Por otra parte, está la integración, lo que los antiguos llamaban el método de agotamiento. Calcular el área de una superficie limitada por líneas rectas es tarea sencilla; basta descomponer esa superficie en figuras geométricas sencillas, triángulos y cuadrados, y luego sumar los resultados. Pero ¿y si en vez de rectas las líneas son curvas? Entonces, para acercarte lo más posible a esa curva necesitas que las figuras geométricas sencillas sean infinitas... de ahí lo del agotamiento. En resumidas cuentas, las integrales son un método ingenioso que permite sumar esas infinitas figuras geométricas que son necesarias para rellenar el espacio que hay entre una recta y una curva o entre dos curvas.
Por supuesto que se puede vivir perfectamente sin saber estas cosas. Basta con que otros las sepan. Lo que pasa es que el ser humano, por lo que sea, tiene una propensión irreprimible a querer saber el porqué de las cosas. De hecho la invención de Dios es una consecuencia de esa propensión irreprimible. En teoría, Dios sería la explicación a todo aquello que somos imcapaces de encontrarsela... casi todo, por otra parte. Y ese es el asunto, que casi todo no es todo. Hay una porción de cosas a las que les podemos encontrar una explicación de por qué son como son y, el cálculo ha resultado ser una herramiente de incalculable, valga la rebuznancia, valor para, cuando no descubrir, sí afinar esas explicaciones.
En fin, ya les conté una vez que, un ganadero de un pueblo en el viví una temporada, utilizaba el cálculo diferencial para saber cuando dejaba de ser rentable aumentar la dosis alimenticia de sus bestias. Como el tipo era pariente de la profesora de matemáticas que por entonces tenía, un día vino a clase a expicarnos cómo se lo montaba y yo quedé patidifuso. Justo como yo me lo podía haber montado si hubiese sabido cálculo cuando me dedicaba a la fisiología. En fin, como se suele decir, más vale tarde que nunca.
domingo, 6 de septiembre de 2026
Lo que dura, dura
Cortesía del blog La berza y el tocino
«Con su pan se lo coma; no le arriendo la ganancia: día de juicio hay, donde todo saldrá en la colada, y entonces se verá quién fue Callejas...»
Rinconete le ha robado la bolsa al sacristán que le había contratado para que le llevase unos paquetes. El sacristán desesperado le pregunta si sabe algo, porque, además, se da el caso de que el dinero que iba en la bolsa era del tercio de una capellanía... o sea, seamos francos, dinero robado por la Iglesia so capa de ayudar a la gente a subir al cielo.
La Iglesia fue durante siglos la mafia hegemónica. Como ahora la política; ella ayudaba a la gente a subir al cielo y esta mafia de ahora la ayuda a conseguir el paraíso en la tierra. En definitiva, curas en aquel entonces, y políticos ahora, parasitando a la gente del común. Gente que, cuando no es tonta, como es el caso de Rinconete, echa mano del cinismo y con, con cara de palo, contesta al sacristán con las armas que la propia Iglesia le ha proporcionado: el miedo al juicio del día final. ¿Cómo voy a robar yo sabiendo que llegará el día que tendré que rendir cuentas ante Dios? Ahí, el sacristán, se queda sin argumentos so pena de confesar su embuste. ¡El juicio final! ¡Ya te digo! Como decía el otro, ¡cuán largo me lo fiais!
Es lo que tiene esto de las mafias que, más antes que tarde, la gente del común cae en la cuenta de que la mejor forma de convivir con ellas es el cinismo. O sea, combatiéndolas con sus propias armas. Por ejemplo, aquí, justo enfrente, vive una pareja por los cuarenta, debidamente tatuada, con su perro a la moda, que se pasan la vida tumbados en la cama; de vez en cuando entornan las contraventanas y corren las cortinas buscando discreción para sus expansiones amorosas... terminadas las cuales, desentornan las contraventanas, descorren las cortinas y, apoyados de codos en el alfeizar, se ponen a fumar un porro al alimón. Ellos, ¡benditos!, no hacen otra cosa que hacer honor al mito que les vende la actual mafia en el poder: el Estado del Bienestar. ¿No es eso lo que queréis? Pues nosotros lo compramos y aquí paz y después gloria.
En los últimos tiempos de mi padre, a veces le acompañaba en su paseo matutino por Rosales. El hombre apenas hablaba si no era para expresar un desengaño. Yo tampoco sabía qué decir, pero recuerdo que un día pensé que a lo que me acababa de decir le venía como de molde el chiste de cuánto dura un polvo. «¿Sabes cuánto dura un polvo?», le dije. Me miró como extrañado. «Pues lo que dura, dura», remate. Lo pilló al instante y fue la última vez que le vi reírse con ganas.
Pues bien, la lógica de las mafias es la del polvo: duran lo que dura, dura; después todo queda flácido y tal, pero que me quiten lo bailao. Y siempre estamos en eso: después de un polvo, otro; después de una mafia, otra. Y para mí que, esta que está en el machito ahora, ya se está quedando muy flácida... ni con Viagra se puede neutralizar la oleada de cinismo que al presente nos está señoreando. ¡A mí me das la paguita y como si te la machacas!
Rinconete le ha robado la bolsa al sacristán que le había contratado para que le llevase unos paquetes. El sacristán desesperado le pregunta si sabe algo, porque, además, se da el caso de que el dinero que iba en la bolsa era del tercio de una capellanía... o sea, seamos francos, dinero robado por la Iglesia so capa de ayudar a la gente a subir al cielo.
La Iglesia fue durante siglos la mafia hegemónica. Como ahora la política; ella ayudaba a la gente a subir al cielo y esta mafia de ahora la ayuda a conseguir el paraíso en la tierra. En definitiva, curas en aquel entonces, y políticos ahora, parasitando a la gente del común. Gente que, cuando no es tonta, como es el caso de Rinconete, echa mano del cinismo y con, con cara de palo, contesta al sacristán con las armas que la propia Iglesia le ha proporcionado: el miedo al juicio del día final. ¿Cómo voy a robar yo sabiendo que llegará el día que tendré que rendir cuentas ante Dios? Ahí, el sacristán, se queda sin argumentos so pena de confesar su embuste. ¡El juicio final! ¡Ya te digo! Como decía el otro, ¡cuán largo me lo fiais!
Es lo que tiene esto de las mafias que, más antes que tarde, la gente del común cae en la cuenta de que la mejor forma de convivir con ellas es el cinismo. O sea, combatiéndolas con sus propias armas. Por ejemplo, aquí, justo enfrente, vive una pareja por los cuarenta, debidamente tatuada, con su perro a la moda, que se pasan la vida tumbados en la cama; de vez en cuando entornan las contraventanas y corren las cortinas buscando discreción para sus expansiones amorosas... terminadas las cuales, desentornan las contraventanas, descorren las cortinas y, apoyados de codos en el alfeizar, se ponen a fumar un porro al alimón. Ellos, ¡benditos!, no hacen otra cosa que hacer honor al mito que les vende la actual mafia en el poder: el Estado del Bienestar. ¿No es eso lo que queréis? Pues nosotros lo compramos y aquí paz y después gloria.
En los últimos tiempos de mi padre, a veces le acompañaba en su paseo matutino por Rosales. El hombre apenas hablaba si no era para expresar un desengaño. Yo tampoco sabía qué decir, pero recuerdo que un día pensé que a lo que me acababa de decir le venía como de molde el chiste de cuánto dura un polvo. «¿Sabes cuánto dura un polvo?», le dije. Me miró como extrañado. «Pues lo que dura, dura», remate. Lo pilló al instante y fue la última vez que le vi reírse con ganas.
Pues bien, la lógica de las mafias es la del polvo: duran lo que dura, dura; después todo queda flácido y tal, pero que me quiten lo bailao. Y siempre estamos en eso: después de un polvo, otro; después de una mafia, otra. Y para mí que, esta que está en el machito ahora, ya se está quedando muy flácida... ni con Viagra se puede neutralizar la oleada de cinismo que al presente nos está señoreando. ¡A mí me das la paguita y como si te la machacas!
sábado, 5 de septiembre de 2026
Gastar codos
Cortesía del blog La berza y el tocino
«Jehová me poseía en el principio, / Ya antiguo, antes de sus obras. / Eternamente tuve el principado, desde el principio, / Antes de la tierra.»
En la religión, si es que así se puede llamar, de los judíos, tal como yo lo veo, el asunto central sería la Sabiduría. Ese, o esa, es su único Dios al que dedican todos sus esfuerzos. Porque ellos no le adoran gastándose el dinero de los contribuyentes en construir catedrales; lo que gastan ellos es codos frente a un libro.
«Yo amo a los que me aman, / Y me hallan los que temprano me buscan. / Las riquezas y la honra están conmigo; / Riquezas duraderas, y justicia. / Mejor es mi fruto que el oro, y que el oro refinado; / Y mi rédito mejor que la plata escogida, / Por vereda de justicia guiaré, / Por en medio de sendas de juicio, / Para hacer que los que me aman tengan su heredad, / Y que yo llene sus tesoros.»
Claro, entre la farfolla de las catedrales y el sacrificio de los codos hay distancias insalvables. Eso lo puede entender cualquiera. Y es que por mucho que acudas a la catedral a postrarte de hinojos ante el sagrario nunca conseguirás la riqueza del que se queda en casa gastando codos. Y, eso, jode.
Sí, el mundo odia al que gasta codos. Y cree que persiguiéndole solucionará sus problemas. Toda la historia de la humanidad ha consistido en negar que todo aquello de lo que la humanidad puede sentirse orgullosa se ha conseguido gastando codos. Se quiere hacer creer que fue debido a un rey guerrero, o a un político visionario, o a unos sindicatos combativos, o a unas sufragistas exaltadas: todo, pura mentira de resentido. Si no hubiesen existido unos cuantos, muy pocos, como Arquímedes, Galileo, Newton y así, seguiríamos subidos en las ramas de los árboles. Fueron ellos los que nos bajaron de allí. Y si un médico no hubiese caído en la cuenta de que si te lavabas bien las manos antes de atender un parto era mucho más probable que las mujeres no muriesen de postparto... con cosas así, y no con las sufragistas, se consiguió esto que llaman liberación del sexo femenino. Ejemplos por el estilo, hay millones, pero, si los explicitas, ¿qué va a ser entonces de todos los viven de contar el cuento de la buena pipa, eso sí, postrados de hinojos ante el sagrario de la catedral?
Uno debiera estar ya cansado de tanto que repetir lo obvio, pero, convencido de que será por el bien de la descendencia, quiero morir con las botas puestas. Quiero que ellos sepan que el conocimiento es lo único que puede aumentar nuestros días a la vez que los hace mucho más llevaderos.
«Jehová me poseía en el principio, / Ya antiguo, antes de sus obras. / Eternamente tuve el principado, desde el principio, / Antes de la tierra.»
En la religión, si es que así se puede llamar, de los judíos, tal como yo lo veo, el asunto central sería la Sabiduría. Ese, o esa, es su único Dios al que dedican todos sus esfuerzos. Porque ellos no le adoran gastándose el dinero de los contribuyentes en construir catedrales; lo que gastan ellos es codos frente a un libro.
«Yo amo a los que me aman, / Y me hallan los que temprano me buscan. / Las riquezas y la honra están conmigo; / Riquezas duraderas, y justicia. / Mejor es mi fruto que el oro, y que el oro refinado; / Y mi rédito mejor que la plata escogida, / Por vereda de justicia guiaré, / Por en medio de sendas de juicio, / Para hacer que los que me aman tengan su heredad, / Y que yo llene sus tesoros.»
Claro, entre la farfolla de las catedrales y el sacrificio de los codos hay distancias insalvables. Eso lo puede entender cualquiera. Y es que por mucho que acudas a la catedral a postrarte de hinojos ante el sagrario nunca conseguirás la riqueza del que se queda en casa gastando codos. Y, eso, jode.
Sí, el mundo odia al que gasta codos. Y cree que persiguiéndole solucionará sus problemas. Toda la historia de la humanidad ha consistido en negar que todo aquello de lo que la humanidad puede sentirse orgullosa se ha conseguido gastando codos. Se quiere hacer creer que fue debido a un rey guerrero, o a un político visionario, o a unos sindicatos combativos, o a unas sufragistas exaltadas: todo, pura mentira de resentido. Si no hubiesen existido unos cuantos, muy pocos, como Arquímedes, Galileo, Newton y así, seguiríamos subidos en las ramas de los árboles. Fueron ellos los que nos bajaron de allí. Y si un médico no hubiese caído en la cuenta de que si te lavabas bien las manos antes de atender un parto era mucho más probable que las mujeres no muriesen de postparto... con cosas así, y no con las sufragistas, se consiguió esto que llaman liberación del sexo femenino. Ejemplos por el estilo, hay millones, pero, si los explicitas, ¿qué va a ser entonces de todos los viven de contar el cuento de la buena pipa, eso sí, postrados de hinojos ante el sagrario de la catedral?
Uno debiera estar ya cansado de tanto que repetir lo obvio, pero, convencido de que será por el bien de la descendencia, quiero morir con las botas puestas. Quiero que ellos sepan que el conocimiento es lo único que puede aumentar nuestros días a la vez que los hace mucho más llevaderos.
miércoles, 12 de agosto de 2026
El egoísmo
Del blog «La berza y el tocino»
Sería por el año sesenta, o así, del siglo pasado cuando, recién comenzados mis estudios de medicina y estando de vacaciones, me tocó acompañar a mi padre a atender un parto en una cabaña de una cabecera, que así se llamaban los lugares en la parte alta de las montañas alrededor del pueblo. Mi padre iba en un caballo al que sujetaba por la brida el marido de la parturienta; yo iba detrás echando el bofe. En esto que vemos a un tipo que baja por la ladera a toda mecha ayudándose de un palo de pasiego. Al llegar a nosotros preguntó al de la parturienta si tenía a alguien enfermo en casa. No, le contestó, es que tengo a la mujer de parto. Entonces, el otro exclamó: ¡jo, menuda mina tienes en casa!
Aquí, en esta anécdota, está, a mi juicio, la explicación de la actual debacle de nuestras sociedades: parir hijos ha dejado de ser una mina, al menos, para sus padres. Éste es otro de los efectos secundarios, y no menor, de la implantación en todo occidente de los delirios emanados de lo que se conoce como marxismo cultural. A la gente del común le costó un par de generaciones caer en la cuenta, pero una vez caídos dijeron que el marrón se lo tragase otro. Porque mira que es marrón sacar a los hijos adelante; sobre todo si los beneficios de ese esfuerzo pasan de ser privados a ser públicos. Porque es que esa es la cuestión, que el futuro esfuerzo de los hijos ya no será para los padres sino para un ente abstracto llamado Estado que distribuye los beneficios de ese esfuerzo a su conveniencia. Pues, entonces, la cosa está clara, que tenga los hijos el Estado o, en su caso, que pague adecuadamente por tenerlos... no una paguita miserable, sino un sueldo acorde con el montón de horas de dedicación que la crianza de un hijo requiere.
Eso es todo, porque ni las leyes no escritas del cielo, que vendrían a ser el sentido común, ni, si vamos más al fondo de nuestra psique, el sentir de nuestras entrañas, soporta que se privatice el esfuerzo y se redistribuyan, o colectivicen, los beneficios que reporta ese esfuerzo. Es absurdo de toda absurdidad, que el que no haya tenido hijos vaya a cobrar la misma pensión que el que los ha tenido, porque el que no los tuvo, pudo ahorrarse el ingente capital que cuesta criarlos, amén, del cúmulo de preocupaciones que la crianza supone. No, dice la gente, si yo los crío, el sobrante de los beneficios de su futuro esfuerzo tiene que ser para mí y, el que no los tuvo, que viva de lo que tuvo la oportunidad de ahorrar. Por así decirlo, esa es la lógica de la naturaleza, del sentido común, o, como les decía, de las leyes no escritas del cielo.
Así que ya saben de dónde nos viene, al menos en parte, este vivir sin vivir en mí que nos produce el ver cómo lo que éramos se va diluyendo en una todo amorfo: del puto comunismo. Sí, lo siento mucho por los puros de corazón, pero la naturaleza, entre las muchas herramientas de que nos dotó, no ahorró en la del egoísmo. Bien es verdad que el egoísmo, como todas las demás características humanas, si se sale de madre, es un grave inconveniente tanto a nivel personal como colectivo, pero, en su justa medida, es clave en la consecución del objetivo para el que aquí estamos: la conservación de la especie. ¡Y no hay más qué rascar!
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