domingo, 27 de septiembre de 2026

El humanismo

 




Cortesía del blog «La berza y el tocino» pjechanove.blogspot.com

Dice Juan: «Somos buenos. Nos fiamos de todo el mundo y eso es peligroso.»

La ecuación que tenemos en la pizarra es de las que se denominan irracionales y, como con todo lo que es irracional, hay que andarse con cuidado. Y no por nada, sino porque hay por ahí mucho profesor fatuo que resuelve con tal seguridad que deja a sus alumnos convencidos de que tienen delante a un genio. El problema es que, con lo irracional, lo mismo encuentras dos soluciones a lo que solo tiene una o, bien, solo una a lo que tiene dos o más. Por eso es por lo que dice Juan, que además de matemático es un humanista, que no hay que fiarse de cualquiera. De hecho, se ha dedicado a corregir a algunos de esos profesores que iban sobrados, lo cual le valió, en principio, no pocas acusaciones por parte, no solo de esos profesores sino, también, de su seducido alumnado. Hasta de racista le tildaron, por ser algunos de esos profesores corregidos de etnia diversa a la de Juan. Al final, como suele pasar cuando el humanismo anda por medio, la verdad prevaleció y todos quedaron muy amigos.

Me dirán ustedes, ¿y qué demonios es eso del humanismo? Pues les diré lo que yo pienso al respecto: algo muy simple y a la vez casi imposible si nos salimos del campo de las matemáticas: la búsqueda de la verdad de las cosas. Ya lo advierte Pessoa, que los únicos problemas que tienen solución son los de matemáticas. En pasando a la realidad, es tan endemoniadamente compleja que, cuando nos ponemos a desentrañarla, es prácticamente imposible no dejar multitud de cabos sueltos. Por eso hay que andarse con tanto cuidado con toda esa gentuza que anda por ahí vendiendo soluciones a problemas que, de tenerla, solo los hados la conocen.

Marañón decía que el médico que solo es médico, ni médico es. Yo diría que el noventa y nueve por ciento de los médicos con los que he tratado, ni siquiera eran médicos, precisamente porque solo sabían ser médicos. No se les ocurría que, para serlo, necesitaban interesarse por la difícil búsqueda de la verdad; de lo contrario, como sostiene Cervates, harta plaga.

Bueno, pues esa es la cuestión, que no se puede ser cualquier cosa que se pretenda ser si no ponemos en el centro de nuestros anhelos la búsqueda de la verdad por el único procedimiento a nuestro alcance: recurrir a los maestros muertos. ¿Cuántos de los maestros de los que pretenden enseñar en nuestras escuelas han leído y releído El Criticón de Gracián? No creo, siendo optimista, que sobrepasen la media docena en toda España. Pues esa, señaros y soñeras, podría ser una de las razones del estrepitoso fracaso del sistema educativo que dicen ser público, o sea, gratuito, es decir, sostenido con dinero caído del cielo. Los maestros en ejercicio no necesitan leer a Gracián porque viven convencidos de que con la verdad que les ha dado el Pedro Sánchez de turno les sobra y basta para llevar a cabo su función.

El humanismo, esa inquietud por la escurridiza verdad, es la madre de las decisiones sensatas. Reflexionar sobre el cúmulo de experiencias que nos legaron nuestros antepasados es una buena manera de aprender a conocer nuestras limitaciones, lo cual es lo que nos da alguna posibilidad de liberarnos en cierta medida de nuestra imbecilidad congénita... en fin, vete tú a saber hasta qué punto.
 

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