sábado, 5 de septiembre de 2026

Gastar codos

Cortesía del blog La berza y el tocino

«Jehová me poseía en el principio, / Ya antiguo, antes de sus obras. / Eternamente tuve el principado, desde el principio, / Antes de la tierra.»

En la religión, si es que así se puede llamar, de los judíos, tal como yo lo veo, el asunto central sería la Sabiduría. Ese, o esa, es su único Dios al que dedican todos sus esfuerzos. Porque ellos no le adoran gastándose el dinero de los contribuyentes en construir catedrales; lo que gastan ellos es codos frente a un libro.

«Yo amo a los que me aman, / Y me hallan los que temprano me buscan. / Las riquezas y la honra están conmigo; / Riquezas duraderas, y justicia. / Mejor es mi fruto que el oro, y que el oro refinado; / Y mi rédito mejor que la plata escogida, / Por vereda de justicia guiaré, / Por en medio de sendas de juicio, / Para hacer que los que me aman tengan su heredad, / Y que yo llene sus tesoros.»

Claro, entre la farfolla de las catedrales y el sacrificio de los codos hay distancias insalvables. Eso lo puede entender cualquiera. Y es que por mucho que acudas a la catedral a postrarte de hinojos ante el sagrario nunca conseguirás la riqueza del que se queda en casa gastando codos. Y, eso, jode.

Sí, el mundo odia al que gasta codos. Y cree que persiguiéndole solucionará sus problemas. Toda la historia de la humanidad ha consistido en negar que todo aquello de lo que la humanidad puede sentirse orgullosa se ha conseguido gastando codos. Se quiere hacer creer que fue debido a un rey guerrero, o a un político visionario, o a unos sindicatos combativos, o a unas sufragistas exaltadas: todo, pura mentira de resentido. Si no hubiesen existido unos cuantos, muy pocos, como Arquímedes, Galileo, Newton y así, seguiríamos subidos en las ramas de los árboles. Fueron ellos los que nos bajaron de allí. Y si un médico no hubiese caído en la cuenta de que si te lavabas bien las manos antes de atender un parto era mucho más probable que las mujeres no muriesen de postparto... con cosas así, y no con las sufragistas, se consiguió esto que llaman liberación del sexo femenino. Ejemplos por el estilo, hay millones, pero, si los explicitas, ¿qué va a ser entonces de todos los viven de contar el cuento de la buena pipa, eso sí, postrados de hinojos ante el sagrario de la catedral?

Uno debiera estar ya cansado de tanto que repetir lo obvio, pero, convencido de que será por el bien de la descendencia, quiero morir con las botas puestas. Quiero que ellos sepan que el conocimiento es lo único que puede aumentar nuestros días a la vez que los hace mucho más llevaderos.

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