Siempre se dijo que es el hábito el que hace al monje. Yo diría que al monje y a todas las demás condiciones. A la hora de la verdad, somos lo que son nuestros hábitos. Claro está que la palabra hábito, como por otra parte pasa con casi todas las palabras, se presta a interpretaciones varias. Nos podemos estar refiriendo, como pasa con los monjes, a una indumentaria determinada. Y, también, a una costumbre cotidiana. A veces, como pasa con el monje, el barrendero, y tantas otras profesiones, la indumentaria sirve para definir unas costumbres; cuando yo era chaval, esa correlación era omnipresente: media humanidad iba por la calle debidamente uniformada para que todo el mundo supiese a qué se dedicaba, es decir, cuales eran sus hábitos. Hoy día, aunque todavía queda algo de ese gusto por los uniformes, la cosa está muy diluida; ya, hasta los curas se camuflan tras un traje de paisano. Claro que, aquí, tendríamos que hilar más fino, porque por mucho que se quiera camuflar un cura, o cualquier otra persona, tras cualquier indumentaria, esa misma indumentaria siempre tiene algo que delata en alguna medida los habitos, en el sentido de costumbres, de la persona que la lleva.
Habitos en el sentido de costumbres los hay para dar y tomar. Recuerdo que en mi pueblo había solteronas acomodadas que, con velo calzado, no perdonaban misa pequeña —la de las ocho de la mañana— así se estuviesen vieniendo abajo los cielos. ¿Qué hubiese sido de ellas sin ese hábito? O aquellos varones de edad avanzada que a las siete de la mañana estaban como clavos a la puerta del bar que había en el piso bajo de la pensión en la que yo, debido a mis circunstancias del momento, me alojaba; esperaban, aparentemente pacientes, a que la ventera abriese y les llenase las copas con una pócima de su invención que devolvía a la vida a aquellos pobres desgraciados. Porque ese es el asunto, que los hábitos, sean los que sean, son fuente de vida... y también de muerte.
Y es que, uno, sin hábitos, anda por el mundo dando palos de ciego. Hoy aquí, mañana allá; hoy esto, mañana a lo que salga. Como las veletas, a merced del viento que sople. Por contra, con hábitos, uno tiene a qué agarrarse y, con ello, supuestamente, adquirir seguridad. Son dos opciones de vida que, si bien lo consideramos, no tiene por qué ser excluyentes. Uno puede ser veleta y, también, monje. De hecho, puede que todos seamos así... aunque cada cual tiré más en un sentido que el otro. En fin, como ven, el hábito de la palabrería como mero pasatiempo.
Pensaba en estas cosas porque, cuando abro el ordenador por las mañanas —hábito donde los haya— y me dirijo a YouTube —más hábito—, lo normal es que la casi totalidad de los videos que salen en pantalla sean, o bien de músicos, guitarristas por lo general, o de matemáticos. Según nos dicen, eso pasa por la cosa de los algoritmos, es decir, que me tienen fichado. Sea como sea, yo echo una ojeada y ya estoy pillado: veo un enunciado interesante y, como si fuese un yonki, ya no puedo pensar en otra cosa que en resolverlo, o, si se me resiste, dejar correr el vídeo para ver por donde soplan los vientos. Después, impepinablemente, me cuelgo de los comentarios que ha suscitado la solución. Los hay de admiración, de critica o, también, sugiriendo soluciones alternativas. En resumidas cuentas, como digo, un yonky, o sea, cuando el hábito dio en ser adiccion.
De eso va la vida, de la delgada línea que separa los hábitos de las adicciones. Y es que, si los hábitos hacen a los monjes de por vida, las adicciones hacen a los dioses por un instante, el que dura, dura.
martes, 27 de octubre de 2026
Los hábitos
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