jueves, 29 de octubre de 2026

Chernóbil

El 26 de abril de 1986 salto por los aires el reactor 4 de la Central Nuclear Vladímir Ilich Lenin —todo un símbolo ese nombre—; el 9 de noviembre de 1989 se derrumbó el muro de Berlín poniendo con ello fin a uno de los episodios más siniestros de la historia de la humanidad. Tres años y medio entre lo uno y lo otro; digamos que entre el precursor y la llegada del mesías. Y es que todos los grandes acontecimientos suelen anunciarse con tiempo para que los espabilados se preparen y los tontos sigan soñando.

Lo de Chernóbil no fue más que la consecuencia del despelote generalizado que había en la Unión Soviética. Llevaban ya años cayendo en picado. Cuentan que Leonid Brézhnev, uno de los últimos padrinos de la mafia soviética, había llegado en visita de Estado a Alemania completamente borracho. Las autoridades alemanas, por aquello del cohecho y la prevaricación, le habían regalado un Mercedes Benz de los que solo se habían fabricado tres unidades. Él, entonces, se había empeñado en conducirlo con resultado de estrelle antes de haber recorrido cien metros. No pasa nada, tíos, que me den otro igual, exigió el payo. Y los alemanes, claro está, tragaron. Y no por nada, sino porque sabían que aquello no era otra cosa que la demostración palpable de que la fruta ya estaba madura... a punto de caer: solo fueron necesarios poco más de cuatro días para que las dos Alemanias volviesen a estar unidas en una sola nación.

Me acordaba de estas cosas porque, ayer, por lo visto, para seguir con la racha, hubo un terrible accidente de trenes cerca de Madrid. Y, otra vez, el ministro de la cosa, dijo: no pasa nada, tíos, a mí que me registren. Uno ve a estos tíos y se acuerda de Brézhnev: viven en la inopia, dando palos de ciego. Y es que eso es lo que tiene el poder cuando el que lo sustenta vive con la sensación de que lo tiene todo bien amarrado. Entonces, es la pura degeneración. Aquí, desde que se inició este que le dicen régimen de libertades, los mandatarios se han acostumbrado a rendir cuentas al tresbolillo. Y cuando el hedor se hace insoportable acusan a la ultra derecha, a la ultra izquierda o a quien sea que se defiende a su manera de las injusticias del sistema. Entonces, los muy ladinos, para calmar los ánimos, emiten deuda del Estado y ¡a repartir se ha dicho! Con dinero todo se calma.

El problema, claro está, es que la deuda del Estado la tiene que comprar alguien. Y es, precisamente, en quién es ese alguien en donde reside la madre del cordero. Japón, por poner un ejemplo, tiene una deuda del copón, pero se da la circunstancia de que esa deuda está en manos de pequeños inversores japoneses. Y eso es porque los japoneses creen en su país. Pero, ¿qué pasa con nuestra deuda? Pues que, como nosotros no nos fiamos de nuestro país, la hemos puesto en manos mercenarias... y ya saben lo que pasa con los mercenarios, que, cuando ven peligro, piden más sueldo con la amenaza de retirarse del negocio... que es en lo que estamos, o, si no, ¿a qué se creen que son debidas todas estas revueltas que está habiendo por Europa? Pues a eso, a que los mercenarios ya no se fían, y piden más intereses, y los gobernantes tienen que emplear el dinero que sacan de vender deuda en pagar los intereses de la deuda. Se ha entrado ya en un círculo infernal que no tiene otra salida que la quiebra del sistema, exactamente igual que pasó en Roma hace casi dos milenios o, en Moscú, pronto va a hacer medio siglo.

Sí, lo de los trenes es lo mismo que lo de Chernóbil, falta de dinero para engrasar el sistema —a los mangutas y a las máquinas— porque se lo lleva todo los intereses de la deuda que, por cierto, tendrán que pagar las generaciones venideras: son las consecuencias jodidas de los poderes absolutos camuflados tras las bonitas palabras.

Para mí que esto ya está maduro. O si quieren que lo diga de otro modo más genérico: ya resuenan los pasos de el Paco de turno que llega con la rebaja.
   

No hay comentarios:

Publicar un comentario