
Ahí está toda esa chusma parasitaria luchando por un trozo lo mayor posible del pastel. Cualquiera de ellos, por supuesto, se cree el mejor dotado por los dioses para pastorear a los indefensos mortales. Ellos se lo guisan y se lo comen; su único problema es que son tantos que el pastel ya no da para todos. Para mí, el problema estriba en que desde pequeñitos nos han metido en la cabeza la idea de que no puede ser de otra manera: alguien con el monopolio de la violencia tiene que poner orden o nos mataríamos entre nosotros, los de a pie. Sencillamente, pienso que eso no tiene por qué ser así ni de lejos, pero no voy a entrar ahora en teorías sobre cómo debieran ser las cosas si las cosas fuesen como debieran ser. Esa es la tarea de los aspirantes a parásito. A mí, lo único que me interesa es que los parásitos me toquen los cojones lo menos posible y, a ello, precisamente, es lo que dedico mis esfuerzos. Como me dijo un cubano, percusionista él del cabaret Tropicana, que a la sazón andaba de gira por Europa y al que traté en mi etapa salmantina: «yo, cuando al salir de casa, me topo con un vecino comunista, le digo: buenos días compañero; usted por ahí y yo por aquí». O sea, mundos paralelos. Ese es el secreto, acostumbrarse a los mundos paralelos.
Yo me entero de cosas sin querer, que es como no enterarse. No me va a afectar que haya políticos en la televisión pública hablando de comer el coño y ordinarieces por el estilo, porque ya hace mucho que leí El Asno de Oro y tengo asumido que big is not better —aquella millonaria que no se nos satisfacía con nada; ni siquiera con la del asno—. Hay procedimientos mucho mejores para obtener placer, pero tampoco voy a entrar ahora en ellos porque sería ponerme a su nivel... escolta, dijo el catalán, y el chino, que andaba por allí, le contestó: es colta, pero golda. Hay mucho que aprender de los chinos en eso de los mundos paralelos.
Sigo con la Ilíada. ¡Cuánta tela para cortar hay en ese libro! Cien veces que lo leyeses y todas tendrían el sabor de ser la primera vez. La primera vez de cualquier cosa. ¡Qué torpeza! En fin, bueno, lo que sea. Salgo a dar mi paseo vespertino por el muelle y me parece diferente del de ayer... esos colores del cielo reflejados en el agua. Es todo tan, ¿cómo decirlo?, crepuscular... ¡me identifico tanto! Todo efímero; en un visto y no visto las sombras lo cubren todo.
Yo me entero de cosas sin querer, que es como no enterarse. No me va a afectar que haya políticos en la televisión pública hablando de comer el coño y ordinarieces por el estilo, porque ya hace mucho que leí El Asno de Oro y tengo asumido que big is not better —aquella millonaria que no se nos satisfacía con nada; ni siquiera con la del asno—. Hay procedimientos mucho mejores para obtener placer, pero tampoco voy a entrar ahora en ellos porque sería ponerme a su nivel... escolta, dijo el catalán, y el chino, que andaba por allí, le contestó: es colta, pero golda. Hay mucho que aprender de los chinos en eso de los mundos paralelos.
Sigo con la Ilíada. ¡Cuánta tela para cortar hay en ese libro! Cien veces que lo leyeses y todas tendrían el sabor de ser la primera vez. La primera vez de cualquier cosa. ¡Qué torpeza! En fin, bueno, lo que sea. Salgo a dar mi paseo vespertino por el muelle y me parece diferente del de ayer... esos colores del cielo reflejados en el agua. Es todo tan, ¿cómo decirlo?, crepuscular... ¡me identifico tanto! Todo efímero; en un visto y no visto las sombras lo cubren todo.
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