viernes, 6 de noviembre de 2026

El intelectualismo


Ya les conté que ando a vueltas, por enésima vez, con El Árbol de la Ciencia de Baroja. Se nota de lejos que, cuando el autor escribió esta novela, tenía muy frescas las lecturas de Kant y, Schopenhauer. De hecho, si no me equivoco, a propósito de las conversaciones que tienen el Dr. Iturrioz y su sobrino Andrés Hurtado —que vendrían a ser una vez más las de Critilo y Andrenio en El Criticón de Gracián—, intercala párrafos sacados de sus obras. Así es como esa novela adquiere cierto aire abstruso, muy lejano, por cierto, del que suelen tener las de ese autor. En realidad, si no ando equivocado, es una novela sobre el intelectualismo, esa patología.

El intelectualismo, vendría a ser un a modo de obsesión por comprender la verdadera naturaleza de las cosas... como si eso fuese posible.

Dice Iturrioz Critilo:

«Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo, en el fondo, estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía de la Naturaleza que se llama la vida necesita estar basad en el capricho, quizá en la mentira.»

«En eso estoy conforme —dijo Andrés Andrenio—. La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre cuya necesidad es conocer es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo, vivo, sano, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación.»

No es extraño que el intelectualismo haya sido considerado por muchas mentes lúcidas como el cáncer del mundo. El intelectual vive persiguiendo la quimera de la verdad e intentando trasmitir al mundo sus falsos, y muchas veces envenenados, hallazgos. El intelectual, o intelectualoide, como decía mi madre con desprecio, nunca dice: «lo que tengo que hacer...», no, él siempre dirá: «lo que hay que hacer...». Él siempre intentará implicar al mundo en sus fantasías.

Si bien lo consideramos, Baroja, que era médico, quiso especializarse en la que consideró la peor enfermedad de todas: el intelectualismo. Nos quiso advertir de las incoercibles pulsiones de suicidio, personal y colectivo, que se esconden tras esa persecución de la verdad que no existe. Limítate, nos exhorta el Dr. Iturrioz, a aceptar, por el momento, lo que tiene demostrado su utilidad, porque esa es la única verdad que existe. Y punto, pelota.

En resumidas cuentas, que hay que andarse con mucho cuidado con toda esa gente que se hace entrevistar con un fondo de estanterías abarrotadas de libros. Personalmente, prefiero mil veces escuchar a esos pasiegos que, en sus cuadras, o en sus prados, le explican al entrevistador como, a su entender, funciona el negocio de las vacas. Es lo que va de la pulsión suicida al instinto de supervivencia... y para eso estamos los médicos, para avisar.

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