miércoles, 4 de noviembre de 2026

El mejor


Por las tardes, a eso de las siete, enciendo la televisión y me voy al canal 13, el de la Iglesia, para ver de qué va la película del oeste que emiten todos los días a esa hora. La mayoría de los días, apago sobre la marcha porque la que van a poner ya me la sé de memoria. Claro, el número de ellas, como pasa con los evangelios, es limitado y, por mucha enjundia que tengan, llega un momento en el que ya no sacas nada por mucho que te empeñes en exprimirla. Ya he comentado muchas veces que esas películas son todas de cariz bíblico: son las pasiones humanas desmedidas castigadas siempre, en última instancia, por la justicia divina que utiliza para ello al chico de la película que, aunque toma forma de humano, en realidad es un dios menor que ha sido enviado por el padre supremo para restablecer el orden.

La de ayer, por supuesto, ya la había visto más de una vez, pero, por lo que fuese, me colgué un rato de ella. Iba de la pasión de no soportar que haya alguien que te aventaje; de solo poder soportar la vida si eres el mejor, lo cual te obliga a un estado perpetuo de confrontación para comprobarlo. Convendrán conmigo que hay demasiada gente afectada de semejante patología y, también, convendrán, que hay pocas pasiones que contribuyan más que ésta a hacer del mundo un lugar desagradable. Supongo que esa patología es a lo que llamamos narcisismo.

Como ya he comentado múltiples veces, Gracián insiste en que todos tenemos nuestro «realce rey», es decir, que hemos nacido dotados para algún tipo de habilidad que solo necesitamos cultivar para sobresalir en ella. En definitiva, todos podemos ser buenos en algo si descubrimos el qué y, después, nos lo trabajamos. Con eso, nos sobra para defendernos en la vida divinamente. Pero, ¡ay!, el demonio no descansa y, te dice a la oreja que ser bueno no basta, que hay que ser el mejor para poder follártelas a todas... y entonces se te va la olla y ya todo es posible: te conviertes en un peligro, no solo para ti mismo, sino, también, para el público en general.

Nadie está libre, desde luego; todos, en alguna medida, tenemos una propensión al narcisismo porque no hay oreja a la que no susurre el diablo. Pero ahí está, también, el temor de Dios, para echarnos una mano. Claro, en esto del temor, seguramente, tiene mucho que ver los padres que has tenido. Es decir, si te han vareado o no las espaldas cuando eras un tierno infante. Porque, de no ser por falta de vareo, ¿de dónde creen ustedes que puede venir ese afán por creerse con derecho a follárselas a todas? ¡Vacunas dicen ustedes! Desengáñense, la única que funciona es el vareo de los lomos. Todas las demás son la obra del diablo.

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