domingo, 1 de noviembre de 2026
Barojiana
Cuando estoy ahito, cansado, nervioso o, como quiera que sea que llamemos a esos estados en los que el espíritu no puede sosegar, lo mismo que otros cogen, agarran y se van a un balneario a que les den masajes o cosas por el estilo, yo lo que hago es agenciarme una novela de Baroja y me enfrasco en su lectura. Es mano de santo. La verdad es que desde que en mis años de estudiante en Madrid me enganché con sus novelas, ya, nunca quise ser otra cosa que Baroja. Y, a la postre, a veces doy en pensar que soy él; por ejemplo, cuando leo sus novelas, que, me identifico tanto con ellas que es como si las hubiese escrito yo.
Ayer, como, por lo que fuera, andaba un poco con uno de esos alifafes del espíritu que les decía, me puse con El Árbol de la Ciencia. Lo he leído tantas veces que se díría que me lo debiera saber de memoria, pero el caso es que ni mucho menos. Siempre encuentro matices nuevos que entroncan con mis inquietudes espirituales del momento. Comienza esta novela por el encuentro de tres jóvenes el primer día que acceden a la universidad. Enseguida surge el mal rollo entre dos de ellos. ¿Por qué? Por la puta ideología. Los espiritus pequeños e inseguros necesitan, no solo de la ideología, sino, también, de llevarla siempre por delante para que aquel con el que se topan sepa a qué atenerse. Así se montan las mafias: uno de los nuestros. El resto, enemigos.
La ideología es un cáncer del espíritu. O una hemiplejia moral, como decía el gran amigo de Baroja, Ortega. Da igual que sea una cosa u otra, porque en los dos casos la vida está echada a perder. Lo que usted piense, querido señor, sobre como debieran ser las cosas si las cosas fuesen como debieran ser, me importa una mierda porque eso es lo que vale y no le dé más vueltas. Yo en lo único que me fijo es en lo que usted hace. De hecho, pienso que, el hacer y la ideología funcionan como la presión y el volumen en la ley de Boyle-Mariotte, es decir, su producto es una constante, para lo cual es imprescindible que si lo uno aumenta, lo otro, por fuerza, tiene que disminuir. En el caso que nos ocupa, cuanto más se hace, menos ideología. Y si no se lo creen, miren con detenimiento a su alrededor.
Claro, lo mismo Baroja que Ortega eran hombres de acción, de hacer, y, por eso, precisamente, fue que se ganasen la enemiga de los vagos por antonomasia, o sea, de los refugiados tras una ideología, los curas, por poner un ejemplo paradigmático. ¿Y qué es un cura? Pues un señor que tiene un cáncer del espíritu en fase terminal y cree, cual le pasara a Melmot el Errabundo, que traspasándoselo a los otros se va a curar. El mundo está lleno de ellos y por eso no hay nada mejor que salir poco al espacio público. ¡Dios! ¡Cuánto me costó caer en esta cuenta!
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