lunes, 2 de noviembre de 2026

Untable de boníato / con sabor a sobreasada


Salgo de paseo sin moverme del sillón y mi vista cae sobre un titular con ritmo de romance: «Untable de boníato / con sabor a sobreasada». ¡Leches!, me digo, qué buen invento. Porque, resulta que servidor viene de descubrir el boniato como quien dice ayer mismo. A lo largo de la vida, lo de la comida me ha dado bastante igual; siempre me guié por la máxima de Teresa Panza que sostiene que la mejor salsa es el hambre. Así, como casi nunca he comido por comer, siempre lo he hecho con hambre y todo me ha sabido a gloria. De hecho, las tres cuartas partes de mi vida he comido a salto de mata, en restaurantes que muchos considerarían de mala muerte, pero que, para mí, han sido fuente de satisfacción, de anécdotas e, incluso, de amistades y, también, todo hay que decirlo, de alguna cagalera y no pocas dispepsias. O sea, el típico quid pro quo: todo lo que tiene ventajas tiene sus inconvenientes y el asunto consiste en que las unas superen a los otros... y ahí está el punto y la fineza de este negocio, que a medida que vas haciéndote viejo los inconvenientes van superando a las ventajas con descaro y, a la postre, no ganas para bicarbonato. En cualquier caso, que le quiten a uno lo bailado.

Así que, resignado ya, he procurado mantener algún tipo de metodología para aliviar los muchos desvelos que el arte de la comida sana exige. Afortunadamente, tuve el privilegio de conocer desde muy joven el libro «Dietética y dietoterapia» de Luis Felipe Pallardo. Por ello ha sido que, cuando me he visto precisado a hacerme cargo de mi manduca, no me ha costado mucho saber a qué atenerme sin, por encima de todo, complicarme la vida, ya sea con exquisiteces, que para mí lo son todo lo que como, o, también, persiguiendo el no morirte nuca por medio del encaje de bolillos gastronómico... es decir, de lo que tratan más de la mitad de los vídeos que hay colgados en las redes sociales.

Por supuesto, que no me pasó por la cabeza el ponerme a ver el vídeo acerca de la sobreasada de boniato. Porque sé que, coges, agarras un boniato, le metes un rato al horno y, cuando ya esté blando —no tarda mucho—, le echas un chorro de aceite de oliva, una cucharada de pimentón, al ser posible de la Vera, y ya tienes la sobreasada para untarla donde quieras. Y seguro, de toda seguridad, que es más digerible que la mallorquina que, a todos los efectos, es una bomba... muy rica, sí, pero bomba al fin y al cabo.

Pensaba en estas cosas esta mañana porque me pareció que, lo del untable de boniato, es la prueba fehaciente de que hay gente y gente y no toda es lo mismo y, eso, por mucho que algunos nos quieren hacer creer lo contrario. Hay gente que se pone a investigar a ver qué es lo que se puede sacar del boniato y, mientras está en ello, no da el coñazo a nadie y, si por casualidad sonase la flauta, incluso podría hacer una contribución significativa al bienestar de la humanidad. Y, por lo mismo, hay otra gente que sale corriendo de casa a la búsqueda de alguien a quien poder contarle, ya sea sus dolencias, ya, las dolencias del mundo... o sea, socializando que es gerundio.

Hacer o no hacer, esa es la real cuestión de la vida. Da igual que sea sobreasada de boniato o cohetes reutilizables; porque de lo que en definitiva se trata en esta vida es de no tener que caer en el perniciosísimo vicio de la socialización... que así es como llaman a chuparse la sangre los unos a los otros la gente que no hace nada.

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